La Fiesta del Jardín Rojo
Nunca imaginé que terminaría desnuda en el jardín de una mansión colonial, rodeada de cuerpos que se movían como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros. Fue en Cusco, durante una de esas fiestas privadas que circulan entre boca de copa en boca, en aquellas noches donde el vino y el deseo se mezclan como si fueran lo mismo. Yo fui por curiosidad, por el aburrimiento de una relación que ya no me encendía, por ese vacío que uno siente entre las piernas y el alma cuando lleva demasiado tiempo fingiendo que todo está bien.
La casa estaba en lo alto de San Blas, escondida tras un muro de piedra antigua y una puerta de madera que crujía como si tuviera secretos que contar. Me recibió un hombre de traje negro, sin corbata, con los primeros botones desabrochados. No dijo mi nombre, pero asintió como si me hubiera estado esperando. Me entregó una máscara ligera, de terciopelo rojo, con bordados dorados. No era obligatoria, pero todos la usaban. Yo la tomé con manos temblorosas, como si aceptarla fuera un pacto.
—Adentro —dijo—, todo es consenso. Si algo no te gusta, lo dices. Si te vas, nadie te detiene. Pero una vez que empieces, no hay vuelta atrás.
Pasé al jardín. El aire olía a jazmín y a sudor suave. Había luces bajas, velas en el suelo, música instrumental que flotaba entre los árboles. Gente desnuda o semidesnuda caminaba con lentitud, bebiendo vino directo de la botella, tocándose con naturalidad, como si el cuerpo fuera un idioma común. Nadie gritaba, nadie forzaba. Todo era lento, como un río que conoce su cauce.
Yo llevaba un vestido largo, de seda negra, que me llegaba hasta los tobillos. No me lo quité de inmediato. Me senté en una banca de piedra, con una copa en la mano, observando. Una mujer rubia, delgada, de caderas estrechas y senos pequeños, se acercó a mí. Tenía los labios pintados de carmín oscuro, como si hubiera estado comiendo frutas rojas.
—¿Primera vez? —preguntó, con una sonrisa que no era burlona, sino cálida.
Asentí.
—Relájate. No tienes que hacer nada. Solo sentir.
Se sentó a mi lado, sin tocar aún, pero su calor me llegaba como una caricia. Luego, con dos dedos, me acarició el muslo, despacio, por encima del vestido. No dije nada. Solo cerré los ojos. Su tacto era firme, seguro. No había prisa.
—Me llamo Lucía —dijo.
—Natalia —respondí.
—Bienvenida, Natalia.
Entonces me besó. Fue un beso húmedo, profundo, con lengua, pero sin urgencia. Sentí sus manos bajo mi falda, subiendo, rozando la piel hasta que encontraron mi ropa interior. Me la bajó con una sola mano, como si fuera un gesto cotidiano. Yo abrí las piernas, sin pedir permiso, sin pedir más. Ella se arrodilló frente a mí, entre las sombras y la luz de las velas, y me lamió como si fuera un manjar que había estado esperando años.
Gemí. Bajo, profundo. No por teatro, sino porque no pude evitarlo. Su lengua sabía moverse, encontrar el punto exacto, jugar con él hasta que mis caderas comenzaron a moverse solas. Detrás de mí, alguien se acercó. Sentí una mano en mi espalda, bajando hasta mis nalgas, acariciándolas con lentitud. Me volví. Era un hombre, alto, de piel morena, ojos oscuros, el pecho cubierto de vello rizado. Sin decir nada, se quitó la camisa y me ofreció su torso. Lo lamí, con ansia, con hambre. Su piel sabía a sal y a sudor limpio.
Lucía no paró. Seguía lamiéndome, con los dedos ahora dentro de mí, dos, luego tres, moviéndose como si conociera mi cuerpo desde siempre. El hombre me besó, me mordió el cuello, me agarró los senos con fuerza. Yo gemía, entre sus bocas, entre sus manos. Sentí que alguien más se acercaba. Una mujer joven, de pelo corto y mirada intensa, se arrodilló frente al hombre y le desabrochó el pantalón. Lo sacó, duro, grueso, y comenzó a chuparlo sin mirar a nadie, como si fuera un acto sagrado.
Yo seguía allí, en el centro, con el orgasmo creciendo como una ola que no sabía cuándo rompería. Lucía me miró, con los labios brillantes, y dijo:
—Quiero que lo sientas todo.
Me levantó, me llevó a una cama baja, de madera, cubierta con sábanas de seda. Me acostó boca arriba. El hombre se colocó detrás de mí, me separó las piernas, y me penetró de un solo movimiento. Fue fuerte, profundo. Yo grité. No de dolor, sino de placer, como si algo dentro de mí se hubiera roto para renacer. Lucía subió a la cama, se sentó sobre mi cara. No lo pensé. Comencé a lamerla, a saborearla, a sentir su humedad en mi lengua. Ella gemía, moviéndose sobre mí, mientras el hombre me embestía con ritmo creciente.
Y entonces entró otro. Un hombre mayor, de barba canosa, cuerpo fuerte. Se desnudó despacio, con dignidad, y se acostó a mi lado. Me tomó una mano, la guió hacia su erección. Yo la acaricié, con los ojos cerrados, mientras seguía lamiendo a Lucía, mientras el otro me llenaba por dentro. Sentí que su semen se derramaba en mi muslo, cálido, espeso. No importó. Todo era parte del ritual.
Luego, me dieron vuelta. Ahora estaba de rodillas, con el trasero al aire. El hombre mayor me penetró por detrás, lento, profundo, mientras el otro me lamía los senos, me mordía los pezones. Lucía se acostó frente a mí, se abrió con dos dedos, y me obligó a mirarla. Yo gemía, entre lágrimas y risas, entre placer y algo que no sabía nombrar.
Al final, cuando ya no podía más, cuando el orgasmo me sacudió como un terremoto, me dejaron caer sobre las sábanas. Todos estaban a mi alrededor, sudorosos, desnudos, respirando con fuerza. Nadie hablaba. Solo el sonido de la música, del jazmín, del viento.
Me quedé allí, con el cuerpo entumecido, el alma liviana. No me sentí culpable. No me sentí usada. Me sentí viva. Como si por primera vez hubiera tocado una verdad que siempre estuvo allí, escondida bajo las normas, bajo el miedo.
Cuando salí, el cielo comenzaba a clarear. Me puse la máscara en el bolsillo. No la necesitaba más. Ya no tenía que esconderme.
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