La Fiesta de los Tres

La Fiesta de los Tres

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 10 min de lectura

El sol se había escurrido ya tras los cerros de Cuernavaca, dejando en el cielo un rastro de naranja quemado y púrpura profundo, como si el propio día hubiera dejado su marca sobre el horizonte. En el jardín trasero de la casa colonial reformada, con sus muros de cantera iluminados por faroles de papel recortado y luces de hada colgadas entre los árboles, tres figuras se movían con la gracia de quienes saben exactamente cuánto espacio ocupan y cómo hacerlo sentir.

Elena —rubia dorada, piel morena bronceada por meses de sol mediterráneo y ojos verdes que cambiaban de tono según la luz— estaba recostada sobre una tumbona de mimbre, con una copa de mezcal con hielo y rodaja de naranja agria en la mano. Llevaba un vestido de seda blanca, ajustado en la cintura y abierto hasta la mitad del muslo, con un escote en V que dejaba entrever la curva suave de sus pechos y el fino chain de oro con un pequeño colgante de luna creciente. Sus pies descansaban descalzos, pintados con esmalte negro mate, y sus piernas estaban ligeramente separadas, como si ya anticipara algo que aún no ocurría.

A su lado, de pie, con una botella de tequila 1800 Reposado en la mano, estaba Mateo. Alto, corpulento, de cabello castaño oscuro recogido en una coleta deshecha, barba bien cuidada y una sonrisa que no siempre llegaba a sus ojos —pero cuando lo hacía, era como un rayo de sol en medio de una tormenta. Llevaba una camisa de lino abierta hasta el ombligo, dejando ver un pecho velludo y fuerte, y pantalones negros que le quedaban como un guante, marcando la curva de su verga sin ser exigente. Sus manos —anchas, con venas marcadas— sostenían la botella con firmeza, pero con una delicadeza que hablaba de quien sabe cuándo hay que apretar y cuándo hay que soltar.

—¿Te da miedo que se enfade? —preguntó Mateo, sin mirarla directamente, como si la pregunta fuera un simple commentario sobre el clima.

—¿A quién? —Elena sonrió, llevándose la copa a los labios y dejando una marca roja en el borde—. ¿Alguien más sabe que no estamos en Acapulco esta semana?

Mateo rio suavemente, con un sonido grave que resonó en el aire como un tambor lejano. —No. Pero tu novio es de esos que notan cuando el perfume cambia.

—A él le gusta el jazmín —dijo Elena, encogiéndose de hombros—. A ti te gusta el tabaco y la sal. Y a él le gusta... lo que sea que le gusta. Yo solo sé que esta semana me pertenece.

Fue entonces cuando la puerta del fondo se abrió con un suave *crack* de madera, y apareció Lucas.

Lucas no entraba nunca como cualquier otro. Entraba como quien abre una puerta hacia lo inesperado, pero con tal seguridad que lo inesperado se convierte en inevitable. Alto, pero más esbelto que Mateo, con hombros estrechos y una cintura marcada por años de natación y senderismo. Tenía el cabello oscuro, casi negro, recogido en un *ponytail* bajo, y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda —de una caída en la sierra de Guanajuato, a los dieciséis años— que brillaba como un diamante bajo la luz tenue. Su camiseta blanca, sin mangas, se pegaba ligeramente al pecho por el calor húmedo del atardecer, y sus pantalones cortos de lino color crema dejaban ver piernas largas, definidas, con músculos que se movían con naturalidad, sin esfuerzo.

—Llegué justo a tiempo para la parte divertida —dijo Lucas, con una sonrisa tranquila, los ojos fijos en Elena.

—O para la parte que se está preparando —corrigió Mateo, pasándole la botella.

Lucas la aceptó, dio un trago corto, y luego la devolvió con una inclinación de cabeza.

—Está perfecta. Reposado. No me lo esperaba de ti, Mateo.

—Te esperas menos de mí. Eso es lo lindo.

Elena se incorporó lentamente, dejando la copa vacía sobre la mesa auxiliar. Se levantó con una elegancia que no era forzada, sino natural: como si su cuerpo supiera exactamente cuánta gravedad quería ceder. Se acercó a Mateo primero, y le quitó la camisa de la mano, dejándola caer sobre la silla más cercana. Con los dedos, trazó el contorno de su pecho, descendiendo hasta el borde del pantalón, donde el elástico marcaba el inicio de algo que ya empezaba a endurecerse.

—¿Te gusta que yo lo controle? —susurró, acercando su boca al oído de Mateo.

—Me gusta que lo hagas bien —respondió él, con la voz más áspera, ya.

Elena rio, un sonido bajo, vibrante, como un violonchelo que se calienta. Se dio vuelta y extendió la mano hacia Lucas, que la tomó sin dudar. Sus dedos se entrelazaron, y ella lo jaló suavemente hacia adelante, hasta que sus cuerpos quedaron frente a frente, a pocos centímetros.

—Tú siempre llegas como si supieras que aquí hay algo que te espera —dijo ella, acariciándole el cuello con el pulgar.

—Porque siempre hay algo —respondió Lucas.

—¿Sí? —Elena sonrió—. ¿Y qué es lo que hay esta noche?

—Tú —dijo Lucas—. Y él. Y esto. —Señaló con la cabeza hacia la casa, hacia la habitación principal, iluminada con velas y sábanas blancas colgadas como cortinas en la ventana abierta.

—Entonces —dijo Mateo, acercándose—. Vamos a ver si lo que hay es suficiente.

Elena los tomó por las manos y los llevó hacia la casa, no con prisa, sino con una deliberación que ya era un acto de dominio. Subieron las escaleras de madera que crujían como un suspiro, y entraron a la habitación. El aire estaba cargado de humo de incienso y calor. La cama era gigante, con sábanas de algodón egipcio, blancas, suaves, como nieve recién caída.

—Quítate la camiseta —le dijo Elena a Lucas, sin soltar la mano de Mateo.

Él lo hizo con lentitud, pasando la tela por la cabeza, dejando al descubierto un torso estilizado, con un leve vello oscuro que descendía hacia el ombligo y desaparecía bajo el borde del pantalón. Su verga no estaba tan dura como la de Mateo, pero sí más alta, más recta, como una promesa contenida.

—Y vos, Mateo —dijo Elena—. Pantalón abajo. Todo.

Mateo no dudó. Se desabrochó el cinturón con un *click* seco, bajó la cremallera y empujó el tejido hacia abajo, dejando al descubierto sus calzoncillos negros, ya visiblemente marcados por la protuberancia que crecía en su interior. Se los quitó con una mano, y entonces las dos mujeres lo vieron: una verga gruesa, de veintidós centímetros cuando estaba flácida, con la cabeza rosada y un pequeño nudillo en el borde del glande.

—Mierda —dijo Lucas, sin malicia, solo asombro—. Esa sí que es una verga de las que se sienten en los huesos.

Mateo rio, con una sonrisa de perrito feliz, pero no se ruborizó. Sabía cuánto valía su cuerpo, y no lo ocultaba.

—Y la tuya —dijo Elena a Lucas—. Pantalones. Ahora.

Lucas lo hizo, y cuando sus pantalones cayeron, se reveló una verga más delgada, pero larga, curvada hacia arriba, con un glande redondeado y una glándula prepuce bien desarrollada. Un pene de natación, de movimiento constante, de piel tersa y tersura.

—Tú eres más suave —dijo Mateo, acariciándole el muslo a Lucas—. Ella te va a querer así. Lento. Profundo.

Elena se acercó a Mateo y puso su boca cerca de su oreja.

—Y tú —susurró—. Tú me vas a coger como si supieras que esta es la última vez que vamos a estar juntos. Como si tu verga no tuviera nombre, pero yo sí.

Mateo no respondió. Solo la tomó por la cintura y la giró hacia Lucas. Y entonces, con una lentitud que era un ritual, Elena empezó a desabrocharse el vestido. No con prisa, sino con intención. Cada botón era una promesa que se deshacía, cada tirador una confesión. Cuando el vestido se deslizó por sus caderas y cayó al suelo, quedó de pie, en ropa interior: una tanga de satén negro, con tirantes finos y un pequeño lazo en la entrepierna. Sus pechos eran firmes, redondos, con pezones pequeños y oscuros que se erguían al contacto con el aire fresco.

—Vengan —dijo ella.

Se sentaron en la cama, los tres. Mateo a un lado, Lucas al otro, y Elena en medio, con las piernas abiertas, los pies juntos, como si estuviera en un trono. Con la mano derecha, tomó la verga de Mateo. Con la izquierda, la de Lucas. Las sintió, las acarició, las apretó suavemente, como si las estuviera midiendo, como si estuviera aprendiendo su peso, su textura, su latido.

—Tú primero —dijo, mirando a Mateo—. La primera entrada va a ser tuya. Pero no en la boca. No en el pecho. No en la vulva. En la boca de Lucas.

Lucas arqueó una ceja. —¿En serio?

—En serio —dijo Elena—. Él no ha estado en mí desde que llegaste. Y tú ya me has estado tocando desde que entraste. Es hora de que me toques de verdad. Pero no como siempre. Hoy, Lucas va a sentir lo que yo siento cuando tú me coges.

Mateo asintió. Se levantó, se acercó a Lucas y lo tumbó suavemente sobre la cama. Lo miró a los ojos mientras se colocaba entre sus piernas, y con una mano sujetó su cadera, mientras con la otra le separaba los glúteos.

—¿Estás listo? —le preguntó.

—Sí —dijo Lucas, con la voz un poco entrecortada.

—No —dijo Mateo—. No me lo dijiste así. Di: *Sí, cuate. Cógeme por atrás como duele*.

Lucas rio, pero asintió. —Sí, cuate. Cógeme por atrás como duele.

Elena, que estaba arrodillada detrás de Mateo, le pasó los brazos por los hombros y le besó el cuello.

—Hazlo lento —dijo—. Y no lo dejes entrar rápido. Que sienta todo.

Mateo se humedeció la punta de su verga con saliva y con el líquido preseminal que ya brillaba en la cabeza. Se colocó frente al ano de Lucas, que estaba tenso, pero no cerrado. Respiró hondo, y empezó a empujar, con una presión constante, como si estuviera abriendo una puerta que no quería rendirse.

—Ahh —dijo Lucas, con los ojos cerrados.

—Sí —dijo Mateo—. Sí, así. Me gusta cómo te abres. Me gusta cómo te duele.

—No es duele —dijo Lucas, abriendo los ojos y sonriendo—. Es como cuando te estiras después de un sueño largo. Como si tu cuerpo dijera: *ah, aquí estás*.

Elena se acercó y puso su mano sobre el trasero de Lucas, frotándole la piel con movimientos circulares, mientras con la otra mano jugueteaba con el pene de Lucas, que ya estaba semiduro de nuevo.

—Mírame —le dijo ella a Mateo—. Mírame cuando lo metas todo.

Y Mateo lo hizo. Con un último empuje, con un gemido sordo que le salió de la garganta, su verga entró por completo en Lucas. Se quedaron así, inmóviles, sudando, respirando juntos, como si el cuerpo de Lucas hubiera aceptado de una vez por todas al cuerpo de Mateo.

Elena se levantó y se colocó detrás de Mateo, poniendo sus manos sobre sus caderas. Con la cabeza, le indicó que empezara a moverse.

—Lento —repitió—. Que sienta cada centímetro.

Mateo empezó a sacar su verga, con lentitud, hasta que solo quedó la punta, y luego la volvió a meter, hondo, con una presión que hizo que Lucas arqueara la espalda y soltara un gemido agudo.

—Elena —dijo Mateo, con la voz rota—. Ven aquí.

Ella se acercó y se sentó sobre las rodillas de Mateo, con su vulva apretada contra la parte baja de su vientre. Se inclinó hacia adelante y besó el cuello de Lucas, mientras Mateo seguía moviéndose dentro de él, con un ritmo que ya era propio, ya no forzado.

—Tú no estás cayendo —dijo Elena a Lucas—. Estás subiendo. Y cuando yo te toque, vas a llegar más alto que nunca.

Lucas asintió, con la respiración cortada. Elena le pasó la mano por el pecho, bajó hasta su ombligo, y luego bajó más, hasta su verga, que ya estaba dura como una roca. Con la yema de los dedos, le acarició la cabeza, bajó hasta el cuerpo, y lo apretó suavemente, con una presión que lo hacía gemir.

—Sí —dijo Lucas—. Sí, por favor.

Elena lo miró a los ojos mientras lo hacía.

—Y tú —dijo, mirando a Mateo—. Mira cómo se me hincha la vulva cuando lo veo entrar. Mira cómo se me pone húmeda

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