La fiesta de los cuarenta y cinco grados

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (30) · 11 lecturas · 6 min de lectura

La casa de la calle Serrano estaba ardiendo. No por el calor del sol de enero que pegaba fuerte en los vidrios, sino por el cuerpo a cuerpo que se desató alrededor de la pileta. El agua, tibia, brillaba bajo el sol a punto de ocaso, pero nadie la usaba para refrescarse. Había cuatro parejas ya en el agua, pero la que mandaba era Florencia: pelvis alta, tetas duras bajo el bikini de lycra negra, y una sonrisa que prometía desastre. A su lado, agarrado por la cintura, estaba Matías, que ya llevaba veinte minutos con la lengua metida hasta la base de su cuello.

—¡Che, Flo! ¡Vamos a joder antes de que se apague el asado! —gritó Leandro, que estaba parado en la pasarela de madera, con el pene colgando flácido y la mano derecha metida en el buzo de su novia, apretando un pezón.

Florencia se separó de Matías, se secó la boca con el dorso de la mano y se giró. Miró a Leandro, luego a su novia, que ya se había despojado del top del bikini y se frotaba los pezones con los pulgares, con los ojos cerrados.

—Vení, che —dijo, señalando con el dedo índice hacia la escalera de al lado, la que daba al fondo, donde había una hamaca gigante colgada de dos árboles—. Vamos a ver cómo garchás en seco.

Leandro no se hizo rogar. Soltó a su novia y se acercó, caminando con paso seguro, la verga ya medio dura. En la hamaca, dos mujeres lo esperaban: Lucía y Sofía. Lucía, morena, pelvis ancha, ya se había separado los labios de la concha con dos dedos y los movía en círculos lentos, como si ya se estuviera metiendo algo. Sofía, rubia, con tatuajes de estrellas en los muslos, lo miró con los ojos medio cerrados y le hizo un gesto con la mano: *acercate, pibe*.

Matías y Florencia los siguieron, pero Florencia no entró. Se sentó en el borde de la hamaca, con las piernas abiertas, y se pasó la lengua por los labios mientras miraba cómo Leandro se quitaba el short. Su verga, ahora bien dura, se levantaba como un asta de bandera, la punta húmeda, el capuchón rojizo.

—Andá, meté esa pija en la concha de Lucía —dijo Florencia, con la voz gruesa—. Que la garche de a poco, que la sienta toda.

Leandro se puso de rodillas frente a Lucía, que ya se había acostado de lado en la hamaca, la pierna izquierda levantada, el culo apoyado en el borde de madera. La empujó con la punta de su verga contra su entrance, sintiendo la humedad pegajosa, los vellos húmedos, el calor que emanaba de su concha.

—¿Estás dura, che? —le preguntó Lucía, sin moverse, solo con la respiración entrecortada.

—Sí, gorda —respondió Leandro—, pero no la voy a romper. La voy a meter con cuidado.

Empujó. Un centímetro. Lucía soltó un gemido bajo, profundo, como de alguien que ya lo esperaba. Otro centímetro. El pene se hundía, los labios se estiraban alrededor del glande. Sofía, sentada a su lado, le acarició los testículos con la mano, masajeándolos suavemente, como para que no se corriera demasiado pronto.

—Ahora, che —dijo Florencia, con voz de mando—. Meté todo, que se la garche de una.

Leandro empujó con fuerza. La verga entró hasta la raíz, los testículos pegados al culo de Lucía. Ella gritó, pero no de dolor: fue un grito de satisfacción, de entrega. Sofía soltó una risita ahogada, se inclinó y metió dos dedos en la boca de Lucía, para que mordiera y no gritara más.

—¿Sí te gusta, gorda? —preguntó Leandro, moviendo las caderas, sacando la verga hasta la mitad y volviendo a meterla.

—Sí, sí —gimió Lucía—. ¡Me la estás clavando toda! ¡Garchame más fuerte!

Florencia se puso de pie, se acercó a Matías, que ya tenía el pene medio duro por la tensión, y le apretó los testículos con la mano.

—¿Querés ver cómo se caga en la verga de Leandro? —le dijo al oído—. Vení, sentate ahí, en el borde de la hamaca, y mirá.

Matías se sentó, con las piernas separadas, la verga ya dura. Florencia se puso frente a él, se agachó, le separó los labios de la concha con los dedos y se la acercó a su boca. La chupó, con la lengua rozando el clítoris, con los dientes rozando los labios internos. Matías soltó un gruñido, se agarró del borde de la hamaca y se inclinó hacia atrás.

—¡Che, Flo! —gritó Leandro—. ¡Me voy a correr, che!

—¡Coréte, gordo! —le respondió Lucía—. ¡Que te corras en mi concha!

Leandro empujó con furia, con las caderas saltando, la verga saliendo y entrando, los testículos golpeando contra el culo de Lucía, los dedos de ella clavados en su pecho. Sofía, ahora sentada sobre la hamaca, con las piernas abiertas, se frotaba contra la madera, buscando su propio placer, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

—¡Ahora! —gritó Lucía—. ¡Que me la corras adentro!

Leandro sintió el estremecimiento en su columna. Apretó los dientes, se arqueó, y disparó. La verga se llenó de semilla, los corrimientos salían en oleadas, empujando contra el fondo del útero de Lucía, que gritó, con los ojos blancos, el cuerpo temblando. Leandro la abrazó, la besó en la boca, y se desplomó sobre ella, agotado.

Florencia, que seguía chupándole el pene a Matías, se levantó de golpe, se sacó la lengua de la boca y se giró hacia la pileta.

—¡Che, todos a la pileta! —gritó—. ¡Ahora! ¡El agua está fría, pero la verga no!

Se oyeron risas, gritos, el splash del agua. Matías, que ya estaba duro otra vez, se puso de pie y caminó hacia la pileta, seguido por Sofía, que aún se frotaba la concha con la mano.

En el agua, todo se mezcló. Cuerpos se enredaban, manos buscaban vergas duras, bocas buscaban conchas húmedas. Se formaron tríos, se separaron, se volvieron a juntar. Alguien le metió la lengua a otro en la boca, mientras con la mano le masajeaba los testículos. Otros dos se abrazaban con fuerza, con las vergas pegadas al abdomen del otro, moviéndose al unísono, como si fueran un solo animal.

Florencia, en el centro, se agachó y se puso de cuatros sobre un chiringuito de hule. Matías se le acercó, la separó los labios de la concha con los dedos y empujó su verga, que ya estaba dura como el hierro, hasta el fondo. Ella gritó, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en el hule.

—¡Garchame, che! —le dijo—. ¡Que me la corras hasta en el alma!

Matías no necesitó más. Empezó a empujar, con ritmo, con fuerza, la verga saliendo y entrando, los testículos golpeando contra su culo, el agua mojando sus cuerpos, el sol ya casi se había ido, pero la fiesta seguía ardiendo.

Cuando Matías se corrió, fue como una explosión. La verga se llenó de semilla, los corrimientos salían a chorros, empujando contra el fondo de la concha de Florencia. Ella gritó, con los ojos blancos, el cuerpo temblando, y soltó un gemido largo, profundo, como de alguien que ya lo esperaba.

Y así, bajo el cielo oscureciendo, con el olor a asado y a sudor y a sexo, la fiesta siguió. Hasta que el último se corrió, hasta que la última verga se ablandó, hasta que el último grito se ahogó en el agua de la pileta.

La fiesta de los cuarenta y cinco grados.

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