La fiesta de fin de año
4 minLa fiesta de fin de año
La música latía fuerte, mezclándose con las risas y el sonido de los cubos de hielo chocando en los vasos. En la terraza del depto 12B, donde el viento del mar entraba fresco pero no suficiente para enfriar la temperatura del cuerpo, Lucas observaba cómo Mariana se movía entre los invitados. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas, desde los pechos redondos y firmes hasta las caderas anchas, y su pelo castaño ondulado le acariciaba los hombros cada vez que giraba. Lucas, de 32 años, lo había notado desde que llegó: ella no lo miraba a él, pero tampoco lo ignoraba. Y esa ambigüedad lo hacía arder.
—¿Te gusta la música? —le preguntó ella, acercándose con una copa de vino en la mano—. O al menos… ¿te gusta *aquí*?
Él sonrió, sintiendo el calor subirle por el cuello. —Depende. ¿Y tú?
—Depende de *con quién* —respondió, y le tendió el vaso. Lucas se lo tomó sin soltarle la mirada. Sus dedos se rozaron, y los dos sintieron ese chispazo eléctrico, suave pero insistente.
Fue ella quien lo condujo hacia el cuarto de huéspedes. La puerta se cerró tras ellos con un clic seco, y el ruido de la fiesta se volvió lejano, como si perteneciera a otro mundo. Mariana se volvió lentamente, apoyando la espalda contra la pared, y con un solo movimiento se quitó las sandalias. Lucas notó cómo su pecho subía y bajaba con más intensidad, y los pechos, bien modelados bajo el vestido, parecían anticipar lo que vendría.
—¿Te parece si te quito ese suéter? —preguntó ella con voz ronca—. Estás sudando.
—Sí —susurró él, ya con la lengua atada por la expectativa.
Ella se puso de rodillas frente a él, sin prisa, y desabrochó cada botón de su camisa con una lentitud deliberada. Cuando ya no hubo tela entre ellos, Lucas la atrajo hacia arriba y besó su cuello. Huele a vainilla y a sudor salado, y la piel de su cuello estaba suave y cálida. Ella gimió, bajando los labios hasta su clavícula, y luego mordisqueó su pezón con los dientes, apenas presionando, lo suficiente para que Lucas soltara un gruñido bajo.
—Quiero verte —dijo ella, empujándolo hacia la cama—. Quiero verte desnudo.
Lucas se deshizo del resto de la ropa con movimientos rápidos, mostrándole su pene ya endurecido, grueso y ligeramente curvado hacia arriba, la cabeza rosada y brillante por la pre-cum que lo mojaba. Mariana se acercó lentamente, le rozó con la punta de los dedos el glande, y luego lo envolvió todo con la palma, frotando suavemente de base a punta. Lucas jadeó, arqueando la espalda.
—Tú también… —murmuró él, quitándole el vestido con un solo movimiento. Cayó al suelo como una cascada oscura, y debajo no llevaba nada. Sus pechos, más pequeños pero firmes, oscilaban ligeramente con cada respiración. Entre sus muslos, la vulva estaba ya húmeda, los labios mayores ligeramente abiertos, los menores rosados y visibles, brillantes de excitación.
Lucas se inclinó y lamió su clítoris, una pequeña protuberancia hinchada que retrepó bajo su lengua. Ella soltó un grito ahogado, agarrándole el pelo con fuerza. Él la abrió con los dedos, explorando su humedad, y cuando metió uno, luego dos, ella se tensó, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Quiero que me jodas —dijo, con los dientes apretados—. Ahora.
Lucas se levantó, tomó un condón del cajón de la mesita de luz y se lo puso con rapidez. Se posicionó entre sus piernas, separándolas con las manos, y empujó la punta de su pene contra su entrada. Mariana gimió, arqueando las caderas hacia él.
—Sí… sí… —musitó—. Más adentro.
Él empujó con fuerza, y el pene se hundió en su interior hasta la raíz, llenándola por completo. Ella gritó, no de dolor, sino de puro placer. Lucas comenzó a moverse, entrando y saliendo con ritmo constante, sintiendo cada latido de su vagina, cada contracción alrededor de su miembro. Mariana le agarró los glúteos, juntándolos para hundirlo más hondo, y con la otra mano buscó su clítoris, frotándolo con los dedos al ritmo de sus embestidas.
—Me voy… —gimió ella, el cuerpo tensándose—. ¡Me voy ahora!
Él apretó sus caderas, clavó sus dedos en su piel y la embistió con una última oleada de fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía, cómo su vagina se contraía en espasmos, apretándole el pene como un puño vivo. Lucas se dejó llevar, y al poco, su pene latió dentro del condón, eyaculando con fuerza, llenándola de su semilla caliente.
Se derramaron juntos, sudados y jadeantes, sus cuerpos entrelazados en la cama, mientras la música de la fiesta seguía latiendo al otro lado de la puerta, como un eco lejano del placer que acababan de vivir.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.