La Danza de las Manos Entrelazadas

La Danza de las Manos Entrelazadas

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (24) · 49 lecturas · 6 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, dibujando listas doradas sobre el suelo de madera pulida del estudio. Afuera, el viento arrastraba hojas de árboles ancianos por la acera silenciosa, pero allí dentro, el tiempo se volvía espeso, casi palpable. Clara sentía el calor de su propia piel como una promesa incumplida: el algodón suave de su camiseta se pegaba ligeramente a la espalda, y el aire, cargado de olor a café recién hecho y lavanda, parecía respirar con ella.

—¿Estás lista? —preguntó Mateo desde el sofá, con la voz apagada como un susurro de seda, pero sin mover los ojos del lienzo que tenía frente a sí. Había estado pintando durante horas: un retrato abstracto, manchas de azul y púrpura entrelazadas como raíces bajo tierra.

Clara asintió, aunque no lo miró. Estaba de pie junto a la ventana, con los pies descalzos sobre la madera tibia. Llevaba puesta una falda larga de lino color crema, sencilla, pero que se movía con una gravedad propia cada vez que daba un paso. Se había quitado las sandalias hacía rato, dejando que los dedos se hundieran suavemente en la alfombra.

—¿Por qué no te acercas? —insistió Mateo, esta vez con una sonrisa apenas perceptible—. No voy a morderte.

Ella soltó una risa baja, contenida, como si la palabra *morder* hubiera despertado algo en su pecho. Caminó hasta él, lentamente, con intención de no precipitar nada, aunque cada paso era una confesión. Se sentó a un lado del sofá, no muy cerca, pero sí lo suficiente para que el calor de su cuerpo se sintiera como una brisa cálida.

—¿Y si te muerdo yo primero? —respondió, y la voz le tembló ligeramente, no por miedo, sino por anticipación.

Mateo cerró el cuaderno que tenía en el regazo y lo dejó a un lado. Sus ojos, de un verde casi aguamarina, se fijaron en los de Clara con una atención que no parecía de artista, sino de alguien que llevaba mucho tiempo esperando que alguien le ofreciera su mano.

—¿Te acuerdas de aquella vez, en el taller de cerámica? —preguntó, y su mano derecha se posó suavemente sobre la mesa auxiliar, como si esperara una respuesta física, no solo verbal.

Clara recordó. Había sido un domingo cualquiera, de esos en los que el sol entra por la ventana y te obliga a quitarte la chaqueta. Mateo, con las manos cubiertas de barro, había ayudado a Clara a estabilizar una pieza que se desmoronaba. Sus dedos se habían rozado sin querer, y ambos se habían quedado inmóviles. Él había retirado la mano al instante, con una sonrisa torcida, y ella había sentido el vacío donde antes había contacto.

—Me acordaba —dijo Clara, y esta vez lo miró directamente—. Pero esta vez no te moverás.

Mateo exhaló, lento, como si hubiera estado conteniendo el aire desde entonces. Lentamente, levantó su mano derecha y la extendió hacia ella, palma hacia arriba, como una ofrenda. Clara no dudó. Apoyó su mano izquierda sobre la suya, con la delicadeza de quien coloca una flor sobre una mesa de madera antigua.

Los dedos se entrelazaron al instante. No con fuerza, sino con una precisión que parecía haberse ensayado antes. Clara sintió la textura de sus nudillos, un poco ásperos por la arcilla seca, y la suavidad de su pulgar, que se movió lentamente sobre el dorso de su mano. Mateo no apretó, no tiró, no se adelantó. Solo dejó que su cuerpo respondiera, que el pulso en su muñeca latiera más fuerte contra la piel de Clara.

—Esto… esto es nuevo —dijo él, casi en un susurro.

—Sí —asintió ella—. Pero no es nuevo para nosotros. Solo lo habíamos olvidado.

La luz del atardecer se deslizó más hacia el interior del estudio, acariciando sus hombros, sus cabellos, sus manos unidas. Clara inclinó la cabeza un poco, dejando que una mecha de pelo oscuro le cayera sobre la mejilla. Mateo la empujó suavemente con el pulgar, moviéndosela detrás de la oreja, y su dedo rozó el lóbulo de su oreja, apenas un instante, pero suficiente para que Clara sintiera una descarga eléctrica en la nuca.

—¿Y si te acercas más? —preguntó Mateo, esta vez con la voz más grave, casi ronca, como si cada palabra costara un esfuerzo—. ¿Te parece si lo probamos así?

Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante, con lentitud, como si el mundo dependiera de que no cometiera un error. Su muslo tocó el de él, y luego su rodilla, y finalmente su torso, apenas apoyado, como si estuviera midiendo la distancia entre lo posible y lo deseado.

Clara sintió el calor de su respiración en el cuello, cálido y regular. Mateo había cerrado los ojos. Sus dedos seguían entrelazados, pero ahora su mano derecha había subido, con una timidez calculada, hasta la nuca de ella, donde los cabellos se volvían más cortos. No apretó, solo se posó allí, como si fuera una ancla.

—¿Te gusta esto? —preguntó él, con los labios apenas a un centímetro de su oreja.

Clara no respondió de inmediato. En su lugar, inclinó la cabeza hacia un lado, ofreciéndole más superficie, más acceso, como una flor que se abre al sol. Sentía el pulso de Mateo en su muñeca, ahora acelerado, y también el suyo propio, latiendo en el hueco de su garganta.

—Me gusta que preguntes —dijo, y esta vez su voz sí tembló, pero de placer—. Me gusta que lo hagas así.

Mateo soltó un suspiro, largo, como si hubiera estado esperando ese momento desde la primera vez que la vio. Y entonces, con una lentitud que hacía daño y placer al mismo tiempo, volvió a rozar su oreja con el pulgar, pero esta vez mantuvo la mirada fija en la suya, como si quisiera que ella supiera: esto es real. Esto es tuyo. Esto es *nuestro*.

Pero no se atrevió a besarlo aún. No ahora. Prefirió guardar ese instante para después, cuando la espera se hubiera vuelto más dulce, cuando el aire entre ellos ya no fuera solo oxígeno, sino algo más denso, más cargado.

Clara sintió cómo su mano izquierda, aún entrelazada con la de él, se volvía más tibia, como si la sangre hubiera empezado a fluir con más intensidad. Y entonces, como si fuera la primera vez, Mateo giró su muñeca con suavidad, llevando sus palmas hacia arriba, hacia el cielo, y apretó ligeramente. Una promesa silenciosa.

—Prometo no correrme —dijo él, con una sonrisa—. Esta vez, esperaré.

Clara sonrió, y por primera vez en horas, dejó que el aire entrara en sus pulmones con libertad. Porque en ese momento, sabía que lo que estaba empezando no era una carrera, ni una huida, ni un error. Era una canción lenta, que merecía ser aprendida nota por nota, dedo por dedo, respiración por respiración.

Y cuando finalmente Mateo se inclinó para besarla, no fue un estallido, sino un despertar: un beso húmedo, suave, con sabor a café y a sal, que prometía seguir creciendo, día tras día, en la quietud de un estudio lleno de luz y barro, donde el tiempo no corría, sino que se dejaba sentir.

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