La curva del río

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche caía sobre el valle como un manto de terciopelo húmedo, con ese aire tibio que solo se encuentra en las laderas de Antioquia, donde el calor del día se queda pegado a la piel y el silencio de los cerros habla más fuerte que las palabras. En una cabaña de madera al borde de un riachuelo, con el murmullo del agua corriendo como fondo, Santiago encendió una vela sobre la mesa de madera rústica. El fuego tembló un segundo antes de estabilizarse, dibujando sombras que bailaban en las paredes de pino sin pulir.

—¿Te da miedo el agua fría? —preguntó él, mirando a Carla, que estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con los pies jugando con la alfombra de lana.

—No —respondió ella, con una sonrisa que le nació en los ojos antes que en la boca—. Pero me da cosa entrar sola.

Santiago se acercó, despacio, con los pies descalzos hundiéndose en la madera un poco gastada. Llevaba solo un pantalón corto de algodón, sin camisa, el pecho bronceado por el sol de la tarde, el vello apenas visible, como una sombra suave. Carla lo miró subir por su cuerpo con los ojos, desde los dedos de los pies hasta el cuello, donde latía una vena que siempre le daba ganas de besar.

—Entonces no entres sola —dijo él, ofreciéndole la mano.

Ella la tomó. Sus dedos se entrelazaron con naturalidad, como si ya hubieran hecho eso mil veces, aunque solo fuera la segunda noche que pasaban juntos. Salieron al porche, bajaron los escalones de piedra y caminaron hasta la orilla. El río brillaba bajo la luz de la luna, como si alguien hubiera esparcido pedazos de espejo sobre el agua.

Carla se desvistió sin prisa, con una calma que a Santiago le encendía más que cualquier gesto apurado. Primero el vestido, luego el sostén, luego las bragas. Quedó desnuda, con la piel morena iluminada por el reflejo del agua, los senos firmes, el ombligo hondo, el vello del pubis como una sombra precisa. Santiago no se quitó más que el pantalón. Su pito ya se levantaba, duro, con esa forma de cuchara que a ella le volvía loca.

Entraron juntos. El agua los recibió fría, pero no tanto como para hacerlos gritar. Carla soltó una risita nerviosa cuando sintió el primer escalofrío subirle por las piernas.

—Ay, qué fría está la chimba —dijo, agarrándose de su brazo.

—Pero rica —respondió él, acercándose—. Como tú.

Se besaron. Lento, profundo. Las lenguas se encontraron como si se reconocieran de otra vida. Santiago le pasó las manos por la espalda, bajando hasta agarrarle el culo con ambas manos, apretándolo como si quisiera memorizarlo. Carla gimió dentro del beso, y él sintió el calor de su boca, el temblor de su cuerpo bajo el agua.

Salieron del río, chorreando, riendo, con el corazón acelerado. Santiago la cargó en brazos, con facilidad, como si no pesara más que una bolsa de yuca. La llevó de vuelta a la cama, la acostó con cuidado, y se puso sobre ella, sin entrar aún, solo mirándola.

—¿Quieres que te mame? —preguntó Carla, con la voz baja, ronca.

—No —dijo él—. Hoy quiero entrar por atrás.

Ella no dijo nada. Solo abrió más las piernas, levantó las rodillas, y apoyó los pies en el colchón. Santiago le acarició la raja con un dedo, despacio, mojándola con sus propios jugos. Luego, con el pulgar, rozó el agujerito del ano, pequeño, cerrado, tibio. Ella contuvo el aliento.

—¿Te gusta? —preguntó él.

—Sí —susurró—. Pero no me vayas a hacer daño.

—No te voy a hacer daño —dijo él—. Pero vas a sentir.

Se inclinó, y con la lengua, lamió desde el culo hasta el clítoris, una vez, dos veces, despacio, como si estuviera probando un postre. Carla se arqueó, gimió, y dijo su nombre como si fuera una plegaria.

Santiago se levantó, se puso un condón, y se mojó el pito con saliva. Luego, con el dedo índice, volvió a presionar el ano, esta vez con más fuerza, abriendo poco a poco. Carla respiró hondo, se relajó, y él sintió cómo el anillo cedía, cómo el dedo entraba hasta el nudillo.

—Ay, Dios —dijo ella, con los ojos cerrados—. Qué rico.

Él sacó el dedo, y puso la punta de su pito en la misma entrada. Empujó suave, con paciencia. Carla gritó, pero no de dolor, sino de placer, como si algo dentro de ella se hubiera partido en dos y hubiera encontrado el cielo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, mientras ella gemía, mientras le clavaba las uñas en la espalda, mientras le decía “más, más, no pares”. Santiago se hundió hasta el fondo, y quedó quieto, respirando con ella, sintiendo cómo el calor de su cuerpo lo envolvía como un guante.

—¿Te duele? —preguntó, aunque sabía que no.

—No —dijo ella, con la voz quebrada—. Es que me siento tan llena… tan completa.

Él empezó a moverse. Lento al principio, luego con más fuerza, con más ritmo. El sonido de sus cuerpos al chocar se mezclaba con el murmullo del río, con el crujido de la cama, con los gemidos que ya no podía contener. Carla gritaba sin vergüenza, con la boca abierta, con los ojos cerrados, como si estuviera rezando o muriendo.

—Dame más —dijo—. Clávamelo todo.

Santiago obedeció. Cada embestida era más profunda, más certera. Sentía el culo de ella apretándolo, masajeándolo, como si no quisiera soltarlo. Sudaba, jadeaba, sentía que iba a correrse en cualquier momento, pero se aguantaba, por ella, por el placer de verla así, deshecha, entregada.

Carla se corrió primero. Un espasmo largo, profundo, que la hizo gritar como si estuviera en otro mundo. Santiago siguió moviéndose, hasta que no pudo más. Se corrió dentro del condón, con un gemido ronco, con el cuerpo tenso, con la frente pegada a la de ella.

Se quedaron así, quietos, respirando juntos, con el calor del sexo aún en la piel. Santiago salió despacio, con cuidado, y se quitó el condón. Carla se dio vuelta, lo miró, y le sonrió.

—¿Y? —preguntó él.

—Fue la mejor cosa que me ha pasado en la vida —dijo ella, y lo besó en la boca, lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Fuera, el río seguía corriendo. La luna seguía brillando. Y en la cabaña, dos cuerpos cansados, satisfechos, se abrazaron hasta que el sueño los venció.

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