La corriente bajo la piel

@marco_vidal ·30 de diciembre de 2025 · ★ 4.5 (35) · 746 lecturas

El aire en la casa flotaba espeso, como si la humedad no viniera del río cercano, sino de los cuerpos que se movían dentro de ella. No había música, solo el crujido tenue del piso de madera y el jadeo contenido de dos bocas que se buscaban con urgencia. Él se llamaba Mateo, ella era Lucía, y entre ellos, el tercero, el que lo cambiaba todo, era Sebastián. Tres nombres, tres cuerpos, tres latidos que ya no latían por separado.

Mateo estaba sentado en el borde del sofá, descalzo, con la camisa desabrochada y los ojos clavados en lo que ocurría frente a él. Lucía, de espaldas a la ventana, se desabrochaba el vestido sin prisa, como si supiera que cada segundo de espera encendía más. La tela cayó al suelo con un susurro. Llevaba solo un sostén negro, de encaje fino, y bragas del mismo tono. Su piel morena brillaba bajo la luz amarillenta de la lámpara. Sebastián, de pie frente a ella, no tocaba nada. Solo observaba. Sus manos colgaban a los lados, pero su mirada ya la había recorrido entera, desde los tobillos hasta la nuca.

—¿Tienes miedo? —preguntó Lucía, sin apartar los ojos de Sebastián.

—No —respondió él, con voz baja, casi ronca—. Tengo hambre.

Mateo sonrió. No era celoso. Al contrario, sentía que su deseo crecía más con cada palabra, con cada gesto que no era suyo. Hacía meses que lo imaginaba: verlos juntos, no como espectador, sino como parte del fuego. Habían hablado, claro. Todo estaba pactado, todo consensuado. Nada de sorpresas, nada de dudas. Solo cuerpos libres, sin etiquetas, sin miedo.

Sebastián dio un paso. Lucía retrocedió otro, jugando. La distancia entre ellos se volvió eléctrica. Él alargó la mano, no para tomarla, sino para rozarle apenas la clavícula con la yema del índice. Ella cerró los ojos. El contacto fue leve, pero hizo que todo su cuerpo se tensara. Mateo se levantó. No podía seguir sentado. Caminó hasta ellos, despacio, como si temiera romper el hechizo. Se detuvo a un costado, sin tocar, solo mirando.

—¿Puedo? —preguntó, y su voz sonó distinta, más grave.

Lucía abrió los ojos. Asintió.

Sebastián no se movió. Solo extendió una mano hacia Mateo, sin mirarlo. Mateo la tomó. La piel de Sebastián era cálida, seca. Sus dedos eran largos, fuertes. Cuando lo atrajo, el beso no fue suave. Fue profundo, exigente. Mateo sintió la lengua de Sebastián contra la suya, el sabor de vino tinto y algo más, algo salvaje. No fue un beso de prueba. Fue un beso de reconocimiento, como si ya se hubieran encontrado antes en otra vida.

Lucía se acercó por detrás. Sus manos subieron por la espalda de Sebastián, luego por la de Mateo. Los tocó a ambos al mismo tiempo, como si los estuviera midiendo, comparando. Sus dedos se enredaron en los cabellos de Mateo, luego en los rizos cortos de Sebastián. Los tres se fundieron en un abrazo que no tenía nombre, pero que ardía como una hoguera.

—Quiero verlos —dijo Lucía—. Quiero ver cómo se miran.

Sebastián se separó apenas, el aliento entrecortado. Mateo sintió el calor de su boca todavía en los labios. Ambos miraron a Lucía. Ella se deshizo del sostén con un solo movimiento. Sus pechos eran firmes, con los pezones oscuros y erguidos. No había vergüenza en su gesto, solo deseo puro.

—Tócalos —dijo, mirando a Sebastián.

Él obedeció. Sus manos, antes dudas, ahora eran seguras. Tomó un pecho con cada mano, lo levantó, lo apretó con suavidad. Lucía gimió, bajo, como si el sonido saliera del fondo de su vientre. Mateo se acercó por detrás, pegó su cuerpo al de ella. Sintió la calidez de su espalda contra su pecho, el roce de su trasero contra su entrepierna ya dura. Deslizó las manos por su cintura, luego subió hasta sus pechos, superponiendo sus dedos a los de Sebastián.

Tres manos, dos cuerpos, un solo latido.

Lucía se giró, despacio. Besó a Mateo primero, con lengua, con hambre. Luego se apartó, y besó a Sebastián. Mateo no sintió celos. Sentía más bien una especie de plenitud, como si algo dentro de él se hubiera roto para renacer. Sebastián, por primera vez, lo miró con los ojos abiertos, sin miedo. Y Mateo supo que también él había cruzado una frontera.

—Quiero sentirlos —dijo Lucía—. A los dos. Ahora.

Se sentó en el sofá, despacio. Mateo se arrodilló frente a ella. Sebastián se quedó de pie, mirando. Mateo le deslizó las bragas por las piernas, lentamente, como si deshojara una flor. Lucía abrió las piernas. Su sexo brillaba, húmedo, abierto. Mateo acercó la boca, sin dudar. El primer contacto fue suave, apenas un roce con la lengua. Luego, más profundo. Lucía echó la cabeza atrás, sus manos se enterraron en el cabello de Mateo.

Sebastián se quitó la camisa. Su torso era ancho, con un vello oscuro que descendía desde el pecho hasta el pantalón. Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones. Su miembro, ya erecto, se alzó libre. No era pequeño, ni excesivo. Era real, palpitante. Caminó hasta el sofá, se arrodilló al otro lado de Lucía. Ella lo miró, sonrió, y tomó su pene con la mano. Lo acarició despacio, arriba y abajo, mientras Mateo seguía lamiéndola.

—Ven aquí —dijo, mirando a Mateo.

Mateo se levantó. Sebastián se puso de pie también. Lucía los tomó de la mano, los acercó. No hubo palabras. Mateo miró a Sebastián a los ojos. Este asintió. Entonces, Mateo se arrodilló, y sin vacilar, tomó el miembro de Sebastián con la boca.

Fue un acto simple, natural. No fue teatro, no fue exhibición. Fue deseo. Puro, sin máscaras. Sentir la textura, el sabor salado, el calor. Sebastián puso una mano en su cabeza, pero sin forzar, solo sosteniendo. Mateo subió y bajó, con ritmo lento, profundo. Lucía los miraba, con los pezones endurecidos, con el sexo palpitante.

—Quiero que me folles —le dijo a Sebastián, sin dejar de mirar a Mateo.

Sebastián se separó. Mateo lo soltó con un último lametón. Lucía se acostó en el sofá, boca arriba. Sebastián se colocó entre sus piernas. Mateo se sentó a un costado, viéndolo todo. Sebastián entró en ella con una sola estocada. Lucía gritó, un sonido agudo, liberador. Mateo sintió que su propia polla se endurecía más, si eso era posible.

Sebastián empezó a moverse. Rápido, profundo. Lucía gemía con cada embestida. Mateo se acercó, tomó su pecho, lo mordió suavemente. Luego, sin pedir permiso, se inclinó y lamió el cuello de Sebastián, luego su hombro. Sebastián no se detuvo. Solo gimió, bajo, como un animal.

—Sí —dijo Lucía—. Así. Los dos. A los dos.

Mateo se acostó a su lado, pegó su cuerpo al de ella. Su miembro rozaba su cadera. Entonces, Sebastián, con un gruñido, se corrió dentro de ella. Se quedó quieto, jadeando. Lucía lo abrazó, apretó sus nalgas, no lo dejó salir.

Mateo los miró. No sentía vacío. Sentía plenitud. Se acercó, besó a Lucía, luego a Sebastián. Tres bocas, tres alientos, un solo latido.

La noche seguía. Y el deseo, también.

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