La clase de salsa en el salón comunal
El salón comunal del barrio olía a cera de piso y a sudor reciente. Las paredes amarillas, desconchadas en las esquinas, sostenían un espejo largo que ya no reflejaba con claridad, y las sillas plegables estaban alineadas contra la pared, olvidadas. A las siete en punto, la música empezó a sonar desde un parlante viejo conectado al celular de Yael, el instructor. Él entró con una camisa roja abierta hasta el tercer botón, pantalones negros ajustados, y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo. Alto, delgado, piel oscura como el café tostado, y una voz grave que decía “hola” como si fuera una caricia.
Camila llegó tarde, como siempre. Veintinueve años, pelo castaño ondulado hasta los hombros, jeans gastados y una blusa blanca que se le pegaba un poco al pecho con cada paso. Traía una botella de agua y una sonrisa nerviosa. No conocía a nadie, salvo al portero del edificio de enfrente, que asistía por las noches de aire acondicionado gratis.
—Pasa, pasa —dijo Yael, señalándole un lugar en la fila del fondo—. Hoy empezamos con el básico de salsa. No importa si no sabes, lo importante es sentir.
Camila asintió, pero sus pies se quedaron quietos mientras los demás ya marcaban el ritmo con las manos. Ella miraba los movimientos, intentaba seguir, pero sus caderas no querían responder. Un paso adelante, uno atrás, lateral… y allí se le trababa todo.
—Oye —dijo Yael, acercándose sin tocarla—, no pienses tanto. La salsa no se piensa, se siente. Como si tuvieras fuego en la sangre, ¿sabes?
Ella rio bajito, sin mirarlo del todo. —Pues mi sangre está helada hoy.
Él sonrió. —Entonces hay que calentarla.
Le tomó la mano con suavidad, sin pedir permiso, pero sin imponer. Su piel era cálida, lisa, segura. La guió al centro del salón, donde el piso brillaba más. —Vamos a hacerlo juntos. Un paso, dos pasos… y giro. No te suelto.
Camila sintió el calor subir desde la palma de la mano hasta el cuello. No era solo el ejercicio. Era la cercanía, la forma en que él se movía tan cerca, como si bailaran un secreto. Sus cuerpos no se tocaban, pero el aire entre ellos se espesaba con cada giro, con cada cambio de peso.
—¿Ves? Ya lo llevas —dijo Yael, bajando la voz—. Solo necesitabas un poco de guía.
Ella asintió, pero no dijo nada. Solo lo miró. Y en ese instante, algo cambió. No fue un beso, no fue un roce prohibido. Fue la forma en que él sostuvo su mirada un segundo más de lo normal, como si supiera que algo había pasado entre ellos, aunque nadie más lo hubiera notado.
Las semanas siguientes, Camila fue puntual. Llegaba con su botella, su blusa un poco más descotada, sus jeans un poco más ajustados. Yael ya no la guiaba al centro. Ella iba sola, pero él siempre aparecía a su lado, corrigiéndole el paso, rozándole la cintura con la punta de los dedos, diciéndole al oído: “más lento… así… perfecta”.
Una tarde, llovió fuerte. El salón no abrió. Camila miró el reloj, decepcionada. Ya se había arreglado, se había puesto perfume, había pensado en cómo decirle que quería practicar en su casa. Justo cuando iba a salir del edificio, vio a Yael bajo el toldo de la panadería, con su mochila mojada y una sonrisa tranquila.
—¿Te llevo? —preguntó él, sin más.
Ella dudó. —No tengo paraguas.
—Yo sí —dijo, sacando uno pequeño de la mochila—. Pero solo cubre a uno.
Camila rio. —Entonces mejor caminamos rápido.
—O… —empezó él, bajando la voz—… compartimos.
Y así, bajo un paraguas que apenas los cubría, caminaron tres cuadras. Sus hombros se rozaban, sus brazos se tocaban con cada paso. Camila sentía el calor de él a través de la tela mojada. Y él, de vez en cuando, le decía: “cuidado con el charco”, y la tomaba del codo, su mano firme, cálida, durando un segundo más de lo necesario.
Al llegar a su edificio, ella dijo: —Puedes pasar a secarte. Tengo toallas.
Él la miró. No dijo sí ni no. Solo la siguió.
Dentro, el departamento era pequeño, acogedor. Camila le dio una toalla, le ofreció té. Él se quitó la camisa mojada, quedándose en camiseta blanca, pegada al pecho por el agua. No dijo nada. Solo la miró.
—¿Quieres… bailar? —preguntó ella, de pronto.
Yael sonrió. —¿Aquí?
—Sí. Aquí. Sin música. Sin público. Solo nosotros.
Él se acercó. —Entonces necesito sentirte. No solo verte.
Camila cerró los ojos cuando él le tomó la cintura. Esta vez no fue un paso de baile. Fue un acercamiento lento, un peso compartido, un respirar al mismo ritmo. Sus cuerpos se encontraron sin prisa, como si ya se conocieran. Él bajó una mano por su espalda, hasta la cadera, y la atrajo con suavidad.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No —dijo ella—. Solo tengo calor.
—Entonces es bueno —susurró él—. La salsa siempre empieza con calor.
No hubo más palabras. Solo el roce de la ropa, el jadeo contenido, las manos que exploran sin pedir permiso, pero sin imponer. Él le besó el cuello, luego la boca, con una lentitud que encendía más que cualquier prisa. Camila sintió el sabor de la lluvia en sus labios, y el sabor de algo nuevo, profundo, prohibido solo por lo intenso.
Se dejó guiar hasta el sillón, donde cayó sentada, y él se arrodilló frente a ella. Le desabrochó los jeans con cuidado, como si deshiciera un regalo. Ella no dijo nada. Solo abrió más las piernas, solo lo miró con los ojos brillantes.
—¿Puedo? —preguntó él, con la mano en la cintura del pantalón.
—Sí —dijo ella—. Por favor.
Y entonces, con una devoción que parecía salida de un sueño, él la tocó. No fue brusco. Fue lento, como si estuviera aprendiendo su cuerpo nota por nota. Camila arqueó la espalda, contuvo el aliento, y luego gimió, bajito, como si temiera que alguien más lo escuchara.
Pero no había nadie más. Solo ellos. Un hombre negro, alto, seguro, y una mujer latina, tímida, curiosa, deseando ser descubierta.
Cuando todo terminó, él se sentó a su lado, la abrazó sin decir nada. El silencio no era incómodo. Era necesario. Como si lo que había pasado no necesitara palabras.
—Mañana hay clase —dijo él, al rato.
—Sí —dijo ella—. Iré temprano.
Yael sonrió. —Yo también.
Y aunque no lo dijeron, ambos sabían que la clase ya había empezado. Y que el baile apenas comenzaba.
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