La cena del duque

La cena del duque

@la_condesa ·10 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (28) · 108 lecturas · 7 min de lectura

La sala de estar del castillo de Montalvo olía a cera de abeja, madera envejecida y el ligero perfume de jazmín que la duquesa usaba siempre. Luces tenues proyectaban sombras largas sobre los tapices bordados en oro, y el fuego de la chimenea crepitaba con un ritmo lento, casi hipnótico. Sentada en un diván de terciopelo púrpura, la duquesa Isabela observaba al hombre que acababa de entrar. No era un sirviente ni un invitado cualquiera: era Rafa, el nuevo mayordomo, recién llegado de la capital con recomendaciones impecables y una mirada que no temblaba ante su rango.

—Pase, Rafa —dijo ella, sin levantarse, con voz suave pero firme como el mármol—. Cierre la puerta tras de sí.

Él obedeció con lentitud deliberada, cerrando cada cerrojo con cuidado, como si estuviera sellando un pacto. Tenía treinta y tantos años, espalda ancha, brazos marcados por el trabajo, y una barba bien recortada que ocultaba apenas la dureza de su mandíbula. Su ropa era impecable: camisa blanca, chaleco de lana oscura, pantalones ajustados que marcaban la curva de sus muslos. Pero lo que más llamaba de él no era su presencia física, sino el modo en que caminaba: sin prisas, sin exceso de confianza, pero sin titubear tampoco.

—Me ha hecho llamar —dijo él, deteniéndose a un metro de ella.

—Sí. Tengo una solicitud especial —respondió Isabela, inclinándose ligeramente hacia adelante. El escote de su vestido de seda negra se hundió aún más, dejando al descubierto la curva de sus pechos, redondeados y firmes, con pezones ya endurecidos por la temperatura del ambiente y por la expectativa que llenaba la habitación—. Usted me ha demostrado eficiencia. Lealtad. Y, lo más raro de todo… silencio.

Rafa no parpadeó. Sabía que los duques no pedían favores. Ordenaban.

—Diga, mi duquesa.

Ella se puso de pie con lentitud, dejando caer el abrigo de piel que llevaba sobre los hombros. Debajo, el vestido era ajustado hasta la cintura, pero se abría con un corte profundo en la espalda, dejando al descubierto la curva de su columna y la suave curvatura de sus glúteos. Se acercó a él, sin prisa, hasta que su aliento rozó su oreja.

—Esta noche no soy la duquesa. Tú no eres mi sirviente. Somos dos adultos que comparten un deseo… y un pacto de silencio.

Rafa giró la cabeza, sus ojos oscuros encontrándose con los suyos. No había reverencia en su mirada, sino una chispa de deseo contenido, como el fuego tras el cual se escondía una forja.

—¿Y si deseo romper ese pacto?

—Entonces —dijo ella, acercando sus labios a los suyos, sin tocarlos—, me arriesgaría a perder el control. Y yo no permito que eso suceda. Por eso, Rafa, tú decides. ¿Sí o no?

Él no respondió con palabras. En su lugar, puso una mano en su nuca, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso firme, profundo, con lengua que exploraba con seguridad, sin piedad. Isabela gimió apenas, pero suficiente para que él sintiera el temblor que recorrió su cuerpo.

—Tú tienes la boca más dulce de todo el reino —murmuró ella al separarse.

—Entonces déjeme probar el resto —respondió él, y la tomó de la mano.

La condujo hacia la cama monumental del castillo, con postes de roble tallado y colchas bordadas. La dejó sentarse con cuidado, y luego se arrodilló ante ella. Con movimientos pausados, desabotonó su blusa, bajó la cremallera lateral y deslizó las mangas por sus brazos. Cada gesto era un acto de reverencia y dominio a la vez: él la desnudaba, sí, pero era ella quien lo permitía, quien lo dirigía.

Cuando el vestido cayó al suelo, Isabela estaba desnuda. Sus pechos eran perfectos, redondos, con areolas grandes y oscuras que se erizaron al sentir el aire frío de la habitación. Su vientre plano descendía hacia una pubis cubierta de vello rubio claro, que ocultaba apenas la hendidura entre sus labios, ya húmeda y ligeramente abierta.

—Mírame —dijo ella, colocando una mano sobre su cabeza.

Él la miró, fijamente, sin bajar la vista ni un milímetro.

—Me gustas así. Como un perro que sabe que puede morder, pero espera la orden para hacerlo.

Rafa sonrió, apenas. Luego, con una mano, separó los labios de su vagina, y con la lengua, trazó un círculo lento sobre su clítoris. Isabela arqueó la espalda, soltando un gemido bajo que se perdió en el murmullo del fuego. Él repitió el movimiento, más profundo, más lento, mientras con los dedos abría y cerraba su entrada, simulando lo que vendría.

—Tú no sabes lo que es esperar —le susurró ella—. Yo esperé veinte años para que alguien me tocase como merezco. Ahora que has llegado… no pienso soltarte.

Él no respondió. En su lugar, se inclinó y hundió dos dedos en su vagina, metiéndolos hasta las falanges, con un movimiento firme y constante. Isabela gritó su nombre, pero él ya no la llamaba “duquesa”. La llamaba “mía”.

—Mía —repitió, y la sacudió con la mano abierta en la nalga izquierda, marcándola con un rojo vivo.

Ella no se retiró. Al contrario, apretó sus muslos alrededor de su cabeza y le pidió más.

—Sígueme. Muerde mi lengua. Llévame hasta donde no pueda volver.

Rafa se levantó entonces, desabrochándose la camisa con un gesto brusco, dejando al descubierto su pecho musculoso, marcado por cicatrices antiguas y tatuajes que narraban batallas perdidas y victorias ganadas. Se deshizo de los pantalones y los calzoncillos, y Isabela vio su pene: grueso, erecto, con la cabeza morena y ligeramente hinchada, con el prepucio parcialmente retraído.

—¿Lo ves? —preguntó él, tomando su pene con la mano y frotándolo contra su propio vientre—. Está hirviendo por ti desde que entré.

Ella se puso de rodillas frente a él, sin temor, sin timidez. Lo agarró por la base, sintiendo su calor, su textura áspera y vibrante. Lo frotó contra sus pechos, lo besó en la punta, lo lamía con lentitud, saboreando el sabor salado que ya empezaba a salir de su meato.

—Voy a tomarte hasta que te olvides de tu nombre —dijo ella, y lo empujó hacia atrás sobre la cama.

Él se dejó caer, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Isabela se subió sobre él, con las rodillas a los lados de su cabeza, y se bajó despacio, hasta que su vagina envolvió su pene por completo. Se detuvo un instante, con el cuerpo tembloroso, sintiendo cómo él la rellenaba, cómo su glande rozaba su punto más sensible.

—Sube —dijo él, con voz ronca—. Mueve las caderas. Hazme sentir que eres mía.

Ella lo hizo. Se alzó hasta la punta, hasta sentir su pubis contra el suyo, y luego descendió de nuevo, con un movimiento lento, constante, hasta que su vagina se llenó de él. Rafa le agarró las caderas y la ayudó, empujando hacia abajo, hundiéndose en ella con fuerza, con desesperación. Ella se inclinó hacia adelante, con las manos sobre su pecho, y lo miró a los ojos mientras se movía.

—¿Así te gusta? —preguntó ella, con una sonrisa cruel—. ¿Así te gusta sentirme?

—Sí —respondió él, con la voz rota—. Sí, duquesa. Sí, mía.

Ella se movió más rápido, con golpes secos, con movimientos cortos y profundos. Él le agarró los pechos, los apretó, los rodó entre sus dedos mientras la penetraba sin descanso. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en la habitación, mezclándose con el crepitar del fuego y el grito ahogado de Isabela, que se acercaba al clímax con una intensidad que no había sentido en años.

—Voy a venir —dijo ella, con los dientes apretados.

—No te detengas —ordenó él, y la giró sobre su vientre, tomándola por las caderas desde atrás—. Te voy a embestir hasta que llores.

Y lo hizo. La tomó con fuerza, con un ritmo salvaje, golpeando su vagina con la punta de su pene, rozando su clítoris con cada embestida. Isabela gritó, pidiéndole que no parara, que la rompiera, que la poseyera como

¿Qué tanto te calentó?

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@la_condesa

El poder es el mejor afrodisíaco. Lujo, control y juegos donde yo pongo las reglas. Pasen, si se atreven.

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