La Cena del Conde Oscuro

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La primera vez que lo vi, supe que iba a tenerlo arrodillado. No por fuerza, sino por hambre. Por eso me gusta el poder: no se impone, se saborea. Y yo, desde el trono de terciopelo negro en mi salón privado, lo observé avanzar con paso inseguro, como un ciervo entre lobos. Llevaba un traje de noche ajustado, de seda oscura, como si fuera un noble de alguna corte olvidada. Pero yo no soy noble por sangre, soy condesa por derecho: por el sudor, por el cuero, por el modo en que los hombres se deshacen cuando les ordeno abrir la boca.

—Pasá, Lucio —le dije, sin levantarme. Solo moví un dedo, indicándole el suelo frente a mí.

Él vaciló. Mal empezás, pensé. Un hombre que duda no merece placer. Pero tenía buen culo, prieto, alto, y la pija le colgaba gruesa bajo el pantalón. Eso ya era un punto a favor.

—Vení acá —insistí, más duro—. Arrodillate. Quiero verte la cara cuando te diga qué voy a hacer con tu cuerpo.

Entró despacio, con esa mezcla de miedo y excitación que me pone la concha caliente. Cerró la puerta con un clic que resonó como un disparo en la sala. Las velas temblaron. Yo me recosté, abrí las piernas lentamente, sin dejar de mirarlo. Llevaba medias de red sujetas con ligueros rojos, y mi concha rapada brillaba entre las sombras.

—Mirá —le dije—, acá es donde vas a terminar. ¿Ves cómo se humedece solo de verte temblar?

Él se arrodilló. Por fin. Con la cabeza baja, como corresponde.

—Levantá los ojos, pendejo —ordené—. Quiero que veas todo. No voy a cogerme a un cordero asustado. Quiero un macho que sepa que está siendo dominado, no un imbécil que se hace el sumiso por costumbre.

Alzó la vista. Tenía los ojos húmedos, las pupilas dilatadas. El deseo lo ahogaba.

—Desvestite —dije—. Todo. Quiero verte la pija dura, los huevos llenos, el culo apretado. Y no te atrevas a tocarte. Si te corrés sin permiso, te voy a hacer llorar.

Se sacó el saco, luego la camisa. Era delgado, pero con músculos tensos, como de boxeador joven. Cuando se bajó el pantalón, su pija saltó libre, gruesa, con una vena palpitante que subía desde la base hasta la punta. Los huevos, grandes, colgaban pesados. Me relamí.

—Parate derecho —ordené—. Deme la espalda. Quiero ver tu culo.

Obedeció. Tenía un culo redondo, prieto, con las nalgas separadas por un valle oscuro que me hizo salivar. Me acerqué. Pasé un dedo por su raja, lento, desde la nuca hasta el hoyo.

—Estás caliente —murmuré—. Pero no por mí. Por el miedo. Eso es lo que te pone, ¿no? Que no sepas si te voy a coger o te voy a romper.

No respondió. Bien. No le había dado permiso.

Volví a mi asiento, crucé las piernas. Mi concha palpitaba.

—Vení acá. Arrodillate otra vez. Ahora quiero que me chupes los dedos. Los que te pasé por el culo. Quiero que saborees lo que sentís cuando estás frente a mí.

Se acercó, temblando. Tomó mi dedo índice entre los labios y lo chupó como si fuera una pija. Con ansia. Con hambre. Pero no lo castigué. Lo dejé hacer. Luego, uno por uno, se tragó mis dedos, los lamía, los mojaba, los besaba. Sentí un calambre desde el clítoris hasta el estómago.

—Pará —dije de golpe—. No quiero que me des placer todavía. Quiero que sufras.

Me paré. Caminé hasta la mesita de caoba. Tomé el látigo de cuero negro, fino, con puntas suaves. No para lastimar. Para marcar.

—Dame tu espalda —ordené.

Se dio vuelta, desnudo, con la pija dura, los pezones tiesos. Levantó los brazos, se agarró los codos, como si ya supiera. Lo azoté. Una vez. Un trazo leve, rojizo, que le cruzó el pecho.

Gimió. Bajó la cabeza.

—¿Te gusta? —pregunté.

—Sí... —susurró.

—¿Cómo me tenés que decir?

—Sí, mi condesa.

Sonreí. Por fin.

—Otra vez.

Lo azoté en la espalda. Un trazo más fuerte. La piel se enrojeció. Su pija botaba líquido preseminal.

—¿Querés que te coja? —pregunté, acercándome.

—Sí... mi condesa.

—¿Cómo?

—Como vos quieras.

—¿Y si quiero que me chupes el culo primero?

Se estremeció. Pero asintió.

—Como vos quieras.

—Vení.

Lo llevé al sillón. Me senté de espaldas, con las piernas abiertas. Le señalé mi ano.

—Laméme. Profundo. Con la lengua entera. Y si no te gusta, no importa. A mí sí me gusta.

Se acercó. Me separó las nalgas con las manos. Soltó un jadeo al ver el agujero oscuro, contraído. Luego, sin más, pasó la lengua. Lento. Húmedo. Caliente.

—Así —gemí—. Más fuerte. Quiero sentir que me estás comiendo el culo como si fuera tu puta.

Gimió contra mí. Me lamía, me chupaba, me metía la lengua con ansia. Sentía el calor, la humedad, el temblor de sus manos en mis muslos. Me corrí. Fuerte. Un espasmo que me subió desde el vientre y me explotó en la concha. Grité.

—Pará —dije, empujándolo.

Se alejó, jadeante, con la boca brillante de saliva y mis jugos.

—Ahora —dije—, quiero que te pongas de cuatro. Y yo voy a cogerme tu culo como si fuera mío. Porque lo es.

No discutió. Se puso en posición, con la espalda arqueada, el culo al aire. Tomé el frasco de aceite de jazmín. Me unté los dedos. Le separé las nalgas. Pasé un dedo por su hoyo, lo sentí temblar.

—Relajá —dije—. O te voy a hacer gritar.

Empujé. Un dedo. Luego dos. Lo abrí con lentitud, escuchando sus gemidos. Estaba apretado, caliente. Perfecto.

Tomé mi consolador de cristal negro, largo, grueso, frío. Lo lubricé bien. Me paré detrás de él.

—Vas a gritar —anuncié—. Pero no vas a moverte. Si te corrés, te voy a castigar.

Y empujé.

Entró de a poco. Él gritó. Un grito largo, roto. Pero no se movió.

—¡Sí! —grité yo—. ¡Así! ¡Aguantá!

Comencé a moverme. Lento al principio, luego más fuerte. Lo cogí con furia, con poder, con dominio. Sentía su culo apretándome el cristal, su cuerpo temblando, sus manos clavadas en el sillón. Gemía, lloraba, gritaba. Yo reía.

—¿Quién te tiene? —pregunté, azotándole una nalga con la mano.

—¡Vos! —gritó—. ¡Mi condesa!

—¿Y quién sos?

—¡Tu esclavo!

Lo cogí más fuerte. Hasta que sentí que se corría sin tocarse, un chorro caliente que cayó al suelo. Me detuve. Estaba exhausto, sudado, rojo.

Me retiré. Me senté de nuevo, con las piernas abiertas.

—Vení —dije—. Terminá como corresponde. Chupame la concha. Hasta que me hagas gritar otra vez.

Se arrastró. Se arrodilló. Me abrió con los dedos y hundió la cara. Chupó, lamió, mordió suave mi clítoris. Y yo, con el culo aún palpitando por lo que acababa de hacerle, me corrí por tercera vez, gritando su nombre como una maldición.

Cuando terminó, le permití besar mis pies.

—Mañana —dije— volvés. Y si te portás bien, quizás deje que me cogerás.

Pero hoy, fue mío. Como debe ser.

También en: BDSMDominaciónOral

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Fantasía