La casa del cerro

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En lo alto del cerro de Tepozán, donde el aire huele a tierra mojada y el canto de los grillos no se calla ni en diciembre, había una casa vieja de piedra y teja roja que nadie recordaba quién la construyó. La gente del pueblo decía que estaba encantada, que de noche se oían risas y gemidos que no venían del viento. Pero nadie subía, salvo doña Lupe, que llevaba flores a la Virgen del altar del rincón, y los que venían a coger allí, como Lucía y Raúl aquella tarde de agosto.

Lucía llegó primero, con el vestido floreado pegado a la espalda por el sudor. Había caminado cuesta arriba con los tacones en la mano, descalza sobre las piedras calientes. Tenía los tobillos blancos, el pelo enredado por el aire del cerro, y una mirada que no necesitaba decir nada. Raúl la esperaba sentado en el umbral, con la camisa desabotonada y los ojos clavados en ella como si ya la estuviera desnudando. No se dijeron nada al principio. Solo se miraron, como quien encuentra agua en medio del desierto.

—Llegaste sudada —dijo él, sin burla, con voz grave.

—Y tú, sentado como si fueras el dueño del mundo —respondió ella, sonriendo apenas.

Raúl se levantó, lento. Le tomó una mano, la jaló suave hacia adentro. La casa olía a humedad vieja, a madera quemada, a sexo antiguo. Las cortinas de encaje estaban corridas, pero la luz del atardecer se colaba por los bordes, dibujando rayas doradas en el piso de terracota. Lucía cerró la puerta con el pie, sin quitarle los ojos de encima.

—¿Vas a seguir viéndome como si no me hubieras chingado ya mil veces? —dijo ella, acercándose.

—Por eso te veo —respondió Raúl—. Porque ya sé lo que se siente cuando te abres.

Se besaron como si fuera la primera vez: profundo, con hambre. Las lenguas se encontraron, los dientes chocaron suave. Lucía le mordió el labio inferior, él le agarró el culo con ambas manos, apretándole las nalgas como si quisiera hundirla en su cuerpo. El vestido cayó al piso en un solo movimiento, sin desabrochar, como si la tela no tuviera derecho a estar entre ellos.

Raúl se arrodilló frente a ella, le besó el vientre, el ombligo, la línea del pubis por encima de la ropa interior. Lucía echó la cabeza atrás, respirando fuerte. Él le bajó las bragas con los dientes, despacio, como si estuviera deshaciendo un regalo. Luego le separó los muslos con las manos, le lamió el sexo con calma, como quien reza.

—Ay, cabrón… —dijo ella, agarrándose del marco de la puerta—. Así, no pares…

Él no paró. Le chupó el clítoris como si fuera una fruta madura, con succión lenta, con lengua larga, con paciencia. Lucía gemía bajo, como un animal herido, con las piernas temblando. Cuando sintió que iba a correrse, le jaló el pelo, le dijo “para”, y se apartó apenas un segundo.

—No quiero venirme así —dijo—. Quiero sentir tu verga.

Raúl se levantó, se desabrochó el cinturón con dedos seguros. La ropa interior cayó, y su verga, dura y gruesa, apuntó directo al cielo. Lucía se arrodilló frente a él, le tomó el miembro con la mano, lo besó en la punta, lo chupó como si fuera un caramelo que no quiere terminarse. Le mordió suave el glande, lo lamió por debajo, le succionó los huevos uno por uno. Raúl gruñó, le agarró el pelo con fuerza, pero sin daño.

—Chíngame —dijo Lucía, levantándose—. Ahora.

Él la tomó de la cintura, la cargó contra la pared. Ella le rodeó la cintura con las piernas, y él, con una sola embestida, entró hasta el fondo. Ambos gritaron. El eco se fue por toda la casa, como si las paredes también se corrieran con ellos.

—Dios… qué cabrón —dijo ella, apretándolo con las piernas.

—Y tú qué chingona —respondió él, moviéndose con ritmo lento, profundo.

Se cogieron así, pegados a la pared, con el sudor resbalando, con los gemidos que no querían callar. Lucía le clavó las uñas en la espalda, él le mordió el cuello, le chupó un pezón mientras seguía entrando y saliendo. El aire del cerro entraba por las rendijas, frío, pero ellos ardían.

Cuando Lucía se vino, fue con un grito largo, con el cuerpo temblando, con el sexo apretando el de Raúl como si no quisiera soltarlo. Él aguantó, se salió, se corrió sobre su vientre, con chorros gruesos que brillaron en la penumbra.

Se dejaron caer al piso, desnudos, jadeando. El silencio volvió, pero ahora era otro: más pesado, más sabio.

—Mañana subo otra vez —dijo Lucía, sin abrir los ojos.

—Y yo te espero —dijo Raúl, besándole el hombro.

Afuera, el cerro callaba. Pero la casa, no. La casa siempre recordaba.

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