La Calor del Amanecer en la Cocina
6 minLa Calor del Amanecer en la Cocina
La luz del sol aún no había subido del todo por la cuesta de Montecristi, pero en la cocina de la casa vieja de El Poblado ya se sentía el calor. No el del sol, sino el que lleva tiempo ardiendo en la sangre: el de dos cuerpos que se conocen desde hace quince años, pero que hoy se volvían a descubrir como si no hubieran hecho otra cosa desde la última vez.
María estaba de pie junto al fregadero, con la camiseta mojada por la humedad de la mañana y el pelo recogido en una coleta deshecha. Tenía los pies descalzos y las uñas de los dedos pintadas de un rojo oscuro, medio desgastado por el trabajo. A su lado, sobre la encimera, una taza de café humeaba, y al lado, una mantequilla derretida sobre una tostada que ya nadie iba a comer.
—¿Todavía estás ahí? —dijo, sin voltear.
—Sí —respondió Tomas, sentado en el taburete, los codos apoyados en las rodillas, los ojos clavados en la curva de su espalda, bajo la camiseta pegada por el sudor.
Ella se giró entonces, lento, como si el movimiento le costara. La tela se le subió un poco más por el muslo, dejando al descubierto la cicatriz de una cesárea, la piel suave del estómago, y el borde del bikini que usaba debajo. No era la primera vez que lo hacía a propósito. Pero hoy no era un atractivo casual. Hoy era una invitación.
—¿Me estás mirando? —preguntó, y esta vez sí le sonrió. No con picardía, sino con una seguridad que venía de saberse deseada, de saber que el tiempo no había gastado lo que había empezado.
—Te miro desde hace quince minutos, María. Pero no con los ojos. Con las manos. Con la lengua. Con todo.
Ella se acercó, sin prisa, como quien se acerca a una fogata en invierno: con cuidado, pero sin dudar. Se detuvo frente a él, con las manos en las caderas, y bajó la mirada hasta su entrepierna.
—Aún está duro —dijo, y se inclinó hasta rozar con los labios el borde del pantalón, sin tocar.
Tomas respiró hondo. No por miedo. Por respeto. Porque sabía que cuando María jugaba así, no era para seducirlo, sino para demostrarle que ella también tenía control.
—¿Te acuerdas de aquella vez en la casa de Santa Fe? —preguntó él, con la voz un poco más ronca—. Cuando te dije que no te movieras ni un centímetro.
—Me acordé. Y me puse los calcetines que me dijiste. Los blancos. Y te los dejé en la cara cuando terminaste.
—No terminé. Te lo dije. No hasta que tú quisieras.
Ella se puso de rodillas entonces, sin apuro, como si el suelo fuera de terciopelo. Tomas se desabrochó el pantalón, pero no se lo sacó. Se limitó a bajar la cremallera y empujar la tela hacia abajo, dejando que el aire entrara, que el calor se expandiera.
—Estás más grande que en la última vez —dijo, con una sonrisa casi invisible—. O yo me he acostumbrado.
—O te acostumbraste a mí —respondió él, y la mano le tembló al acariciar su cabello—. Pero no lo voy a forzar. Si no quieres, me levanto. Me voy.
Ella no respondió. Solo puso la palma de la mano sobre él, a través de la tela de los calzoncillos, y apretó con suavidad. Una presión breve. Suficiente.
—No te muevas —dijo ella, esta vez con orden.
Y se inclinó.
La primera vez fue apenas un roce. Labios contra la punta, sin más. Un suspiro húmedo. Un gemido que no salió, pero que se sintió en el aire, en la luz que entraba por la ventana, en el goteo del grifo. Tomas cerró los ojos. No por placer. Por necesidad. Porque si los abría, se iba a correr antes de lo que quería.
María sabía eso.
Así que lo hizo de nuevo. Pero esta vez, con más intención. La lengua rozó, lenta, trazando un círculo alrededor del orificio, bajando un poco más, subiendo, sin apretar, sin morder. Solo saborear. Como si él fuera un café recién hecho, una arepa recién sacada del comal, algo que se quería disfrutar a pequeños sorbos, no de golpe.
—¿Te gusta? —le preguntó, sin soltarlo.
—Me matas —respondió él, con la voz rota.
Ella soltó una risita corta, sin pausa.
—No. Solo te hago esperar.
Y volvió a bajar. Esta vez, abrió la boca, dejó que los labios se estiraran, que la lengua se asomara. No fue rápido. No fue agresivo. Fue profundo. Profundo como la paciencia de una madre cocinando sancocho a fuego lento. Profundo como el silencio que hay antes de que empiece la tormenta.
Tomas apretó los puños. Los nudillos blancos. Las uñas clavadas en las palmas. Pero no se movió. No se corrió. Dejó que ella marcara el ritmo.
Ella se retiró entonces, lentamente, como si desenrollara una cinta de seda. Se puso de pie, se sacudió el cabello, y se acercó a él con la cara a la altura de sus ojos.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —le preguntó.
—No.
—Que sabes esperar. Que no te apresuras. Que me dejas escoger. Que me dejas sentir.
—Y tú —dijo él, y pasó el pulgar por su labio inferior— sabes hacerme perder el control sin siquiera moverte.
Ella sonrió.
—Entonces —dijo, y volvió a arrodillarse— te voy a hacer perder la cabeza.
Esta vez, lo tomó de golpe. Todo. Hasta la raíz. Tomas soltó un grito contenido, una exclamación que quedó atrapada en su garganta. No por dolor. Por sorpresa. Por intensidad. Porque María no lo hacía así. María era pausada. María no era de los arrebatos.
Pero hoy sí.
Subió. Lento. Con control. Pero con hambre. Bajó. Más rápido. Con ganas. Con hambre de verdad. Tomas ya no resistía. Su mano buscó su cabeza, no para detenerla, sino para sostenerla. Para guiarla. Pero ella lo detuvo con una mirada.
—No —dijo—. Déjame.
Y siguió.
Cada movimientos era una promesa. Cada succión, una confesión. Cada vez que sus labios rozaban su piel, era como si dijera: *aquí estoy. aquí te tengo*.
Tomas sintió que se deshacía. Que su cuerpo ya no le pertenecía. Que todo lo que quedaba era el calor, el sabor, el sonido de su propia respiración.
—María —dijo, con la voz rota—. María… no puedo más.
Ella lo soltó entonces, con un sonido suave, casi animal. Se puso de pie, se limpió la boca con el dorso de la mano, y lo miró a los ojos.
—Ya no estás duro —dijo, con una sonrisa—. Estás *lleno*.
Tomas la abrazó entonces, sin pedir permiso, sin esperar. La levantó, la sentó sobre la encimera, y se puso entre sus piernas. Ella no dijo nada. Solo le abrió las rodillas, y lo dejó entrar.
Y cuando lo hizo, cuando él la sintió por primera vez en mucho tiempo, cuando sintió su calor, su humedad, su apretón suave, supo que no había nada más que esperar.
Que el amanecer ya había llegado.
Y que hoy, en esa cocina, entre ollas y tazas de café frío, habían vuelto a encender el fuego.
Sin prisa. Sin miedo.
Solo con ganas.
Con ganas de sentir.
Con ganas de recordar.
Con ganas de volver a ser jóvenes, aunque el tiempo ya no les sonriera tanto.
Solo con ganas.
Y con mucho, mucho calor.
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