La Calidez del Cobre
6 minLa Calidez del Cobre
La tarde se derramaba como miel espesa por las ventanas del taller de joyería, dorando el polvo de bronce y el humo de los tornos. Lucas ya no oía el zumbido de las máquinas; lo había dominado hace años. Lo que sí escuchaba era el crujido de la suela de Mateo contra el suelo de madera, el leve suspiro que soltaba cuando se sacaba el delantal de cuero, y el calor que emanaba de su cuerpo, casi tangible, como si estuviera ardiendo desde adentro. Mateo tenía manos anchas, nudosas, con cicatrices de quemaduras leves y arrugas de tanto apretar pinzas y pulir piezas. Lucas, en cambio, tenía dedos más finos, nervudos, capaces de tallar filigranas imposibles con un solo trazo de buril. Se miraron. Solo eso. Un segundo. Dos. Mateo se limpió la frente con el dorso de la mano, dejando una marca oscura de hollín. Lucas se levantó, se acercó despacio, sin prisa, como quien se acerca a una fogata en invierno.
—Viste qué calor se puso, ¿no? —dijo Mateo, voz ronca, como si hubiera estado callando mucho rato.
—Sí —respondió Lucas, y ya no hubo más palabras. Se conocían desde hacía tres años, desde que Mateo llevó la primera pieza rota: un colgante de plata con una serpiente entrelazada, quebrada en el cuello. Lucas lo arregló. Y después volvió. Y después volvió. Y cada vez se quedaba más, ayudando con las limas, con el soplete, con la pulidora. Hasta que un día, en la última hora, cuando la ciudad ya se volvía violeta y las luces del taller se encendían solas, Mateo le pasó la mano por el antebrazo, con la yema de los pulgares, y Lucas no se movió.
Mateo lo tomó por la cintura. Lucas apoyó una mano en su pecho, sintiendo el latido rápido, desbocado, como el tambor de un tamborilero en Carnaval. Mateo lo empujó contra el mostrador de acero, frío, y Lucas sintió el metal a través de la camiseta de algodón. Se besaron. No con timidez. Con hambre. La lengua de Mateo entró, fuerte, húmeda, como una llave que encaja por fin en su cerradura. Lucas gimió, bajó la cabeza, le mordió el labio inferior, y Mateo soltó una carcajada ahogada, entrecortada.
—Cojéme ya, piña —dijo, y Lucas no esperó más.
Lo desabrochó el pantalón, rápido, sin pausas, y Mateo ayudó, levantando la cadera. El pene de Mateo saltó fuera, grueso, tieso, la punta ya húmeda, la piel del prepucio brillante. Lucas lo agarró con ambas manos, lo frotó de arriba abajo, sintiendo la textura, el calor, el peso real, tangible, no imaginario. Mateo cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, dejó salir un gruñido bajo, como un perro que no sabe si ladrar o gemir.
—Mierda… —susurró.
Lucas no le dio tiempo. Se agachó, le separó las nalgas con los dedos, hundió la nariz en el hueco entre ellas, inhaló el olor a sudor, a metal, a Mateo puro. Se lamió el ano, una pasada rápida, húmeda, y Mateo estremeció, apretó los puños contra el mostrador. Lucas volvió, esta vez metió la lengua adentro, rotó, buscó el anillo, lo mordisqueó con suavidad, lo lamía como si fuera un caramelo de miel.
—Vas a hacerme gemir como una vieja, ¿sabés? —dijo Mateo, jadeando.
Lucas se paró, se sacó la propia camiseta, dejó al descubierto su pecho, plano, con el ombligo profundo, y los pezones oscuros, erizados. Mateo lo tomó por la nuca, lo acercó, le chupó uno, con fuerza, y Lucas sintió el dolor agradable, el tirón directo al pene, que ya estaba tieso contra su vientre. Lo soltó con un *pop*, y lo besó de nuevo. Esta vez, Lucas le metió la mano en el pantalón, lo agarró por los testículos, los sostuvo suaves, los masajeó con los pulgares, y Mateo gritó, un grito corto, ahogado, como si le hubieran clavado un alfiler en el nervio.
—Coño… Lucas… Coño… —repetía, y Lucas, con la otra mano, le buscó el culo, le lubricó el dedo con su propia saliva, lo metió hasta la primera falange, luego la segunda, y Mateo lo miró, con los ojos semicerrados, con una mezcla de dolor y placer que Lucas conocía bien.
—Ya no más —dijo Mateo, y Lucas entendió: *Ya no más dedos. Ahora el pene*. Mateo se sacó el pantalón y la ropa interior de una patada, quedó de pie, desnudo, con el pene colgando pesado, la piel de las piernas peluda hasta la rodilla, las venas del pubis hinchadas. Lucas se quitó la ropa también, se puso frente a él, puso su pene contra el culo de Mateo, rozó la cabeza contra el ano, lo frotó con suavidad, y Mateo lo empujó hacia adentro con una fuerza repentina.
El choque fue seco, profundo. Lucas gritó, no de dolor, sino de sorpresa, de plenitud. Mateo lo sostuvo por las caderas, lo clavó contra su cuerpo, lo metió hasta la base, y Lucas sintió el calor de su próstata, esa sensación de que le habían abierto una puerta trasera al cuerpo, y alguien estaba entrando a limpiar todo lo que había adentro. Mateo empezó a sacar y meter, con un ritmo lento, profundo, cada vez más fuerte, y Lucas lo agarró por los hombros, por el pelo, lo besó en el cuello, mordió su piel, y Mateo respondió, le chupó el lóbulo de la oreja, le mordió el pezón, le lamía el sudor del pecho.
—Garcháme bien, gordo —dijo Mateo, voz rota—. Garcháme que me vas a dejar sin aliento.
Lucas no respondió. Solo lo cogió con más fuerza, lo levantó un poco, lo clavó contra el espejo del taller, y Mateo se rindió, dejó que lo tomara, que lo empujara, que lo sacudiera como un tambor. El espejo temblaba, y en él se veían los dos: Lucas, moreno, flaco, con el pene hundido en el culo de Mateo, y Mateo, moreno también, pero más grueso, más pesado, con los muslos sudados, los glúteos apretados, la verga de Lucas saliendo y entrando con un sonido húmedo, *plas-plas-plas*, como una piel mojada contra otra piel mojada.
Mateo se tocó el pene, se lo frotó con la mano temblorosa, y Lucas lo sintió: el cuerpo de Mateo se tensó, los músculos se contrajeron, el culo se cerró alrededor de su verga, apretándola como un puño. Mateo gritó, un grito largo, desgarrado, y Lucas lo siguió, segundos después, sintiendo el chorro caliente, espeso, que le salía del vientre, que le llenaba el culo, que le subía hasta la garganta.
Se quedaron así, pegados, sudados, sin aliento, con el pene de Lucas aún dentro, con el semen de Mateo manchándole el abdomen, con el espejo empañado y los restos de bronce flotando en el aire como polvo dorado.
—Mierda… —dijo Mateo, esta vez con una sonrisa.
—Sí —dijo Lucas, y le besó la nuca, con la lengua, con cuidado.
Se lavaron en el grifo del taller, con agua fría, con jabón de manos, y se secaron con los trapos de algodón que usaban para limpiar las piezas. Se pusieron otra vez la ropa, pero no se fue. Se quedaron hablando, sentados en un banquito, con las piernas cruzadas, tomando mate cocido de una termo que Mateo había traído. Lucas lo miró. Mateo lo miró. Y en ese silencio, con el olor a metal y a semen y a sudor aún en el aire, se dieron cuenta de que eso no era solo sexo. Era algo más fuerte. Algo que no se arreglaba con un tornillo ni con una soldadura.
—Mañana volvés —dijo Mateo.
—Sí —dijo Lucas—. Vengo temprano.
—Bien —dijo Mateo—. Te voy a esperar. Con el soplete encendido.
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