Esa vez que me quedé con la vecina de al lado

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me fuera a pasar a mí, de verdad. Si me hubieran dicho hace un mes que iba a terminar desnudo en la cama de mi vecina, riéndome entre besos, con el corazón a mil y las manos sudadas de tanto tocarle el culo, me hubiera partido de la risa. Pero así fue. Y no lo cambio por nada.

Doña Clemencia, la dueña de la casa, me alquiló el apartamento desde que llegué a Medellín. Un segundo piso, sencillo, con rejas por fuera y una ventana que da al patio de atrás, donde siempre cuelga la ropa. Ella vive en el primero, y al lado, en el otro segundo, vive su sobrina, Juliana. La conocí el día que me ayudó a subir la nevera. Iba en zapatillas, con un vestido corto y el pelo recogido en una coleta desordenada. Me saludó con esa voz suave, de gente que no grita, y me dijo: “¿Necesita ayuda con eso, vecino?”. Y yo, como idiota, solo atiné a decir “Pues sí, gracias”, sin poder quitarle la vista de las piernas.

Desde entonces, nos saludábamos todos los días. Un “buenas”, un “¿cómo amaneció?”, a veces un “¿le apetece un café?”. Nada más. Hasta ese viernes.

Había llovido toda la tarde. El cielo se puso gris temprano y el aire traía esa humedad que se te mete en los huesos. Yo estaba viendo una película, en pijama, con una cerveza en la mano, cuando escuché un golpe seco en la pared. Luego, un “¡Ay!”. Me asomé por la ventana y vi a Juliana, en bata, con el cabello mojado, tratando de cerrar una ventana que se le había zafado. El viento la abría de nuevo, y ella forcejeaba como si estuviera peleando con un animal.

—¿Necesita ayuda? —le grité desde mi balcón.

Ella me miró, sonrió, y asintió con la cabeza.

Salí con un impermeable que ni siquiera me puse, solo lo llevaba sobre el hombro. Subí las escaleras de afuera, mojadas por la lluvia, y toqué su puerta. Abrió con una toalla en la mano, el pelo goteando, y esa bata de seda que se le pegaba al cuerpo como si estuviera pintada.

—Gracias por venir —dijo, y me dejó pasar.

El apartamento olía a vainilla y a jabón de lavandería. Todo en orden, pero con ese desorden suave de quien vive sola y no se preocupa por aparentar. La ventana del cuarto estaba abierta, el viento movía las cortinas, y el marco de madera se había torcido.

—No sé cómo, pero se salió de la bisagra —dijo, señalando.

Yo, que de carpintería sé lo que veo en las novelas, me acerqué. Pero antes de tocar nada, me di cuenta de que ella no se había dado cuenta de que la bata se le había abierto un poco. Solo un poco, pero suficiente para verle el inicio del pecho, esa línea suave que baja hasta el escote. Tragué saliva. No por pendejo, sino porque era imposible no notarlo.

—Déjeme ayudarla —dije, y cerré la ventana con cuidado.

Mientras ajustaba el marco, sentí que ella se acercaba. Me puso una mano en el hombro.

—¿Seguro que no se le resbala de nuevo?

—Pues… podría atornillarlo mejor —respondí, sin voltear, porque si la miraba, me iba a perder.

Pero entonces ella, sin decir nada, se paró a mi lado. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo. Y cuando me volteé, ya estaba allí, frente a frente, con los ojos brillantes, como si algo se hubiera encendido dentro de ella.

—Gracias —dijo, pero no se movió.

Y yo tampoco.

Nos quedamos así, en silencio, mirándonos. No sé quién empezó, pero fue como si el aire se hubiera espesado. Y de pronto, sus labios estaban sobre los míos. Suaves, cálidos, temblorosos. No fue un beso apresurado, sino lento, como si estuviéramos probando si esto era real.

Le puse las manos en la cintura. Ella, en mis brazos. Y entonces, como si el mundo se hubiera detenido, empezamos a besarnos de verdad. Con lengua, con ansia, con esa mezcla de miedo y deseo que solo se siente cuando algo prohibido empieza a pasar.

La bata se le resbaló un hombro. Luego el otro. Yo no hice nada, pero mis manos ya estaban en su espalda, bajando, hasta que tocaron el comienzo de su culo. Firme, redondo, como si lo hubieran esculpido. Y ella, en vez de alejarse, se pegó más. Sentí su respiración agitada contra mi cuello.

—¿Esto está mal? —preguntó, sin aliento.

—No lo sé —dije—. Pero si es pecado, quiero irme al infierno.

Ella se rió, bajito, y me mordió el labio. Luego me tomó de la mano y me llevó a la cama. No dijo nada. Solo se sentó, me miró, y empezó a desabrocharme la camisa. Yo, como idiota, temblaba. No por frío, sino por lo rico que era todo. Por lo prohibido. Por lo real.

Cuando me quitó la camisa, me miró los pectorales, pasó los dedos por el vello del pecho. Luego bajó, muy despacio, hasta el cinto. Me desabrochó el pantalón con una lentitud que me volvió loco. Yo, mientras, no podía dejar de mirarle los senos. Grandes, naturales, con unas areolas rosadas que me hicieron babear.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con una sonrisa pícara.

—Chimba —dije, sin pensar.

Ella se rió otra vez, y me bajó el pantalón. Mi pito ya estaba duro, duro como una piedra, apretado contra el bóxer. Y cuando ella lo tocó, aunque fue solo con la palma, sentí como si me hubieran dado un calambre.

—Rico —murmuró, y me miró a los ojos—. Muy rico.

Entonces, se arrodilló frente a mí. Me bajó el bóxer con cuidado, como si estuviera desempacando un regalo. Y cuando mi pito quedó al aire, lo tomó con una mano y lo acercó a su boca. No lo chupó de una, sino que lo besó. Primero la punta, luego todo el filo del glande, con la lengua. Sentí un placer tan fuerte que tuve que agarrarme del borde de la cama.

—Así… así —dije, sin poder controlar la voz.

Ella empezó a mamármelo con una lentitud que me volvía loco. Con la boca entera, con la garganta, como si supiera exactamente cómo hacerlo. Y yo, mientras, no dejaba de mirarle el culo. Redondo, alto, como dos mitades de una sandía madura. Y sin pensarlo, le puse una mano encima. Ella gimió, y el sonido se le metió directo al pito.

—¿Te gusta? —le pregunté, y ella asintió con la cabeza, sin soltarme.

Entonces, la tomé del brazo y la levanté. Quería verla desnuda. Quería tocarla toda. La recosté en la cama y empecé a desvestirla. Primero la bata, que ya estaba casi fuera. Luego el sostén, que se desabrochó con un solo movimiento. Sus tetas eran más grandes de lo que imaginé, con pezones oscuros que se le pararon apenas les toqué el aire.

—Déjame —dije, y me puse entre sus piernas.

Le besé el vientre, el ombligo, el inicio del monte. Ella temblaba. Y cuando le bajé las bragas, vi que estaba mojada. Rica. Hinchada. Y sin pensarlo, le metí la lengua.

—¡Ay, Dios! —gritó, y me agarró del pelo.

Empecé a chuparle el clítoris con cuidado, con cariño, como si fuera un dulce que no quisiera terminar. Y ella, con las piernas abiertas, movía las caderas al ritmo de mi lengua. Gritaba bajito, se mordía el labio, me jalaba el pelo.

—No pares… no pares —decía, entre jadeos.

Y yo no paré. Hasta que sentí que se le tensaba el cuerpo, que los pies se le estiraban, que todo su ser se concentraba en un solo punto. Y entonces, se vino. Fuerte. Con espasmos, con gemidos largos, con un “¡Sí, así, así!” que me hizo sentir el hombre más poderoso del mundo.

Cuando terminó, me miró con los ojos brillantes.

—Ahora quiero verte a ti —dijo.

Se paró, me empujó suavemente, y se subió encima de mí. Montada, con el culo sobre mi pito, lo frotó de arriba abajo, sin meterlo. Me volvía loco. Hasta que, de pronto, se agachó y lo tomó con la mano. Lo acercó a su entrada, y muy despacio, se sentó.

—¡Ay! —grité, sin poder contenerme.

Estaba caliente, apretada, como si me hubieran envuelto en seda húmeda. Y ella, encima, empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Yo no podía dejar de mirarle el pecho, que subía y bajaba con cada embestida. Le agarré las tetas, se las masajeé, le pellizqué los pezones.

—Más… más —decía ella, sin dejar de moverse.

Y yo, sin poder aguantar más, la tomé de las caderas y empecé a clavársela con fuerza. De frente, como un hombre que no quiere perder el control. Ella gritaba, gemía, me decía “rico, más rico”, mientras el cuarto se llenaba de sonidos húmedos, de jadeos, de placer puro.

Sentí que se venía otra vez. Y yo, al sentir sus espasmos, no pude aguantar más. Me vine dentro. Fuerte. Con todo. Gritando su nombre, agarrándola con fuerza, sintiendo cómo mi pito se vaciaba dentro de ella.

Nos quedamos así, sudados, respirando con dificultad. Ella se dejó caer sobre mí, con la cabeza en mi pecho. Y yo, sin soltarla, le acaricié el pelo.

—No sé qué fue esto —dije, en voz baja.

—No tiene que ser nada —respondió—. Solo fue rico.

Pero yo sabía que no era solo eso. Había algo más. Algo que no se podía explicar con palabras. Una conexión. Un deseo que venía de adentro, no solo del cuerpo.

Nos quedamos abrazados un rato más. Hasta que el frío nos hizo buscar una sábana. Y mientras la arropaba, sentí que algo en mí había cambiado.

No volvimos a hablar del tema. Pero cada vez que nos cruzamos en el pasillo, ella me mira con una sonrisa. Y yo, aunque no diga nada, siento que ese viernes, bajo la lluvia, algo se encendió entre nosotros.

Y ojalá vuelva a llover pronto.

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