Esa vez que me lo encontré en el ascensor

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí que algo así me fuera a pasar, de verdad. Uno piensa que esas cosas solo pasan en las novelas o en las películas, donde todo es muy teatral, con música de fondo y miradas largas. Pero no, esto fue real, y tan fuerte que todavía, meses después, cuando me doy vuelta en la cama, siento el calor de sus manos como si fuera ayer.

Fue en el edificio donde vivía antes, allá en El Poblado. Un sábado en la noche, como a las diez, yo venía de una reunión con unas amigas, un poco achispada, pero no borracha, no. Solo con ese punto de risa fácil y cuerpo suelto que da el vino y la charla larga. Subía al apartamento en el ascensor, con la bolsa del mercado en la mano —sí, había salido a comprar algo de comer a última hora—, cuando se abrió la puerta en el tercer piso y entró él.

No lo conocía de vista, pero algo en su mirada me hizo bajar los ojos al instante. Alto, moreno, con el pelo un poco largo, como de artista, y unos ojos oscuros que parecían ver más de lo que uno quisiera mostrar. Vestía una camisa abierta dos botones de más, pantalón negro, y olía a algo raro, como a incienso y sudor limpio. Me saludó con un “buenas noches” que sonó más como un susurro, y yo apenas alcancé a murmurar “hola”.

El ascensor era viejo, de esos que hacen ruido al subir. Y ahí, entre el zumbido del motor y la luz intermitente, pasó. El aparato se detuvo de golpe entre el cuarto y el quinto. No hubo sacudida fuerte, pero sí un silencio repentino que me puso los pelos de punta.

—¿Qué fue eso? —dije yo, más para mí que para él.

—Parece que se colgó —dijo él, sin inmutarse. Sacó el celular, miró la pantalla—. Sin señal.

Yo empecé a sentir el calor subirme por el cuello. No me gusta sentirme atrapada. Me acerqué al botón de emergencia, pero él me detuvo con una mano suave en el brazo.

—Tranquila —dijo—. Ya van a notar que falta corriente. No es la primera vez que pasa.

Hablaba como si supiera algo que yo no. Y no me gustó... o sí me gustó. No sé. Lo miré de reojo. Él me devolvió la mirada, directo, sin vergüenza. Y entonces, como si nada, dijo:

—Estás bien bonita hoy.

Yo me reí, nerviosa.

—¿Hoy? Ni siquiera me conoces.

—Pero te he visto —dijo—. Salgo temprano. Te veo bajar los sábados a esa hora. Con el pelo suelto, con ropa cómoda... como ahora.

Sentí que me ardía la cara. No por el cumplido, sino por la forma en que lo dijo, como si me hubiera estado espiando, pero sin maldad. Como si fuera algo natural, inevitable.

—¿Y qué? —le dije, jugando—. ¿Te gusta lo que ves?

Él sonrió. No con la boca, solo con los ojos. Dio un paso hacia mí. El espacio era pequeño, demasiado. El aire empezó a espesarse.

—Me gusta —dijo—. Me gusta cómo respiras cuando estás incómoda. Cómo te muerdes el labio. Cómo tus tetas se mueven cuando te mueves.

No dije nada. Solo me quedé quieta. No porque tuviera miedo, sino porque algo en mi cuerpo ya había decidido por mí. Sentí el calor bajar hasta el bajo vientre, ese cosquilleo que no se apaga.

—¿Y si te digo que tengo ganas de tocarte? —siguió él, sin moverse.

—Pues te quedas con las ganas —le dije, pero mi voz tembló.

Él dio otro paso. Ahora estábamos tan cerca que sentía su aliento en la frente.

—Pero si yo sé que tú también tienes ganas —dijo—. Mira cómo te late el cuello. Eso no miente.

Y tenía razón. Mi pulso iba a mil. No pude aguantar más. Levanté la mano y la puse en su pecho. Él no se movió. Solo cerró los ojos un segundo.

—Si haces algo —le dije—, que sea porque yo te lo pido.

—Dímelo —susurró.

Lo miré fijo. Y entonces, con la voz más ronca que nunca había tenido, dije:

—Tócame.

No esperó. Me agarró de la cintura, me pegó a él, y su boca encontró la mía como si ya supiera el camino. Fue un beso lento al principio, de prueba, pero luego se volvió profundo, húmedo, con lengua, con ansia. Sentí su pito crecer contra mi vientre, duro, largo. No llevaba cinturón, así que solo con desabrocharle el pantalón quedó libre. El pito salió como liberado, grueso, con una gota de líquido en la punta.

—¿Quieres chupármelo? —me dijo al oído.

Yo, de rodillas en el suelo del ascensor, sin pensarlo, lo tomé en la boca. Sabía salado, limpio. Empecé a mamarlo despacio, con ganas, con devoción. Él gemía bajo, agarrado de las paredes del ascensor. Me tomó del pelo, no fuerte, pero con firmeza, y empezó a moverse dentro de mi boca.

—Así, mi negra... así —me decía—. Chúpamelo rico.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Podrían haber sido minutos, media hora. No importaba. De pronto, él me levantó, me dio vuelta y me puso contra la pared. Me subió la falda, me bajó la tanga, y sin más, me metió un dedo. Estaba mojada, chorreando.

—¡Qué rico estás! —dijo—. Parece que llevas días esperando esto.

—Llevo años —le dije, riendo entre jadeos.

Entonces me penetró. De una. Fuerte. Grité. No por dolor, sino por placer. Era grande, pero entró como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, más rápido. El ascensor crujía con cada embestida. Yo me agarraba de la baranda, con los ojos cerrados, gimiendo sin control.

—Dime que te gusta —me decía.

—Me gusta... me gusta todo —le respondía.

Sentía que iba a explotar. El orgasmo me subió desde los pies, lento, como una ola. Y cuando llegó, fue tan fuerte que me temblaron las piernas. Él siguió, sin parar, hasta que sentí que se tensaba, que iba a correrse.

—¿Dónde? —le dije.

—Dentro —respondió—. ¿Te da miedo?

—No —dije—. Hazlo.

Y así fue. Se corrió dentro de mí, con un gemido largo, profundo. Se quedó quieto un segundo, con la frente en mi espalda, respirando pesado.

Luego, el ascensor volvió a moverse. La luz se encendió completa. Las puertas se abrieron en el quinto piso. Nadie esperaba. Nadie vino a preguntar.

Él se acomodó el pantalón, yo la ropa. No dijimos nada. Solo nos miramos. Y él, antes de salir, me dijo:

—Hasta luego, vecina.

Nunca lo volví a ver. Al día siguiente, se mudó. El apartamento quedó vacío. Pero yo sigo pensando en esa noche. En el calor, en el miedo, en el deseo. En cómo, por unos minutos, dejé de ser yo para ser solo cuerpo. Y qué chimba que fue.

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