Esa vez que me la metió por atrás

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que me iba a gustar tanto un pito por el culo. No es que me lo hubieran ofrecido antes, pero yo, como buena paisa, siempre me cuidé el ano como si fuera virgen. Hasta esa noche, hasta que Santiago me dijo: “Déjame, cariño, déjame probar”, con esa voz de pendejo seguro que me derritió las nalgas antes de que siquiera me bajara los calzones.

Estábamos en su apartamento de Laureles, ese edificio viejo con ascensor que siempre huele a humedad y perfume barato. Yo llevaba un vestido corto de algodón, sin brasier, con los pezones parados como dos agujas. Él me sirvió un trago de aguardiente con limón, pero yo no quería más alcohol. Quería su pito. Lo quería entero, sin miedo, sin tapujos. Y cuando me agarró del pelo y me jaló hacia el sofá, supe que esa noche no iba a salir entera.

—¿Te has cogido por atrás? —me preguntó, mientras me subía el vestido y me acariciaba el muslo con la yema de los dedos.

—No —le dije, sincera—. Pero si vos me la preparas bien, me la puedes meter.

Se le iluminaron los ojos. No era un novato. Se paró, me tomó de las piernas y me puso boca abajo sobre el sofá. Me bajó las bragas despacio, como si estuviera deshojando una flor. Y entonces, sin aviso, me dio una nalgada fuerte. El golpe me hizo gritar, pero no de dolor. De gusto. Me encendió como una vela.

—Qué culo más rico tienes, mija —dijo, y se arrodilló detrás de mí.

Sentí su aliento caliente en el ano. Luego, la lengua. Primero un lamido suave, como de prueba, y después, un círculo lento, húmedo, que me hizo apretar los puños contra el sofá. No me esperaba que fuera tan bueno mordiendo el culo. Pero Santiago no se andaba con vainas: me abrió las nalgas con las manos y me lamió el agujero como si fuera un helado que se le iba a derretir. Una, dos, tres veces. Luego metió la punta de la lengua, apenas un centímetro, pero suficiente para que yo soltara un gemido que sonó como un llanto.

—Ay, Dios… no pares, por favor —le rogué, moviendo el culo hacia atrás, buscando más.

Él se reía, pero no paró. Siguió lamiendo, chupando, mientras con una mano me agarraba un seno y me lo apretaba. Sentía el pito duro pegado a mi pierna, y supe que no iba a aguantar mucho más.

—¿Sigo? —preguntó, con la voz ronca.

—Sí, carajo, sí —le dije, con el corazón en la garganta.

Sacó un condón del bolsillo y se lo puso. Lo vi empapar el pene con lubricante, un gel transparente que brillaba bajo la luz tenue del cuarto. Me miró y me dijo:

—Si te duele, me avisas. Pero quiero que lo sientas todo.

Asentí. No quería que fuera suave. Quería sentirlo. Quería que me partiera.

Me puso una almohada debajo de la cadera para que el culo quedara más alto. Luego, con una mano en mi espalda, me bajó el torso hasta que quedé con la frente pegada al sofá. Me separó las nalgas con las manos y puso la punta de su pito en mi agujero. Estaba mojado, caliente, grande. Sentí el primer roce y cerré los ojos.

—Respira, mi amor —dijo.

Empujó. Fue lento, pero firme. La cabeza entró con un esfuerzo que me hizo jadear. Ardía, pero no como quemaba. Era un ardor rico, profundo, como si me estuvieran abriendo de adentro. Me mordí el labio. No quería que parara.

—Ya entró un poquito —dijo, con voz gruesa—. ¿Te duele?

—Un poco… pero sigue —le dije, con la voz quebrada.

Siguió empujando. Centímetro a centímetro, su pito fue entrando en mi culo. Sentía cómo se abría mi carne, cómo cedía, cómo se adaptaba. Cuando por fin lo tuve todo adentro, solté un gemido largo, como un suspiro de alivio y placer mezclados.

—Ay, mi vida… está todo adentro —dije, con las lágrimas en los ojos.

Él no se movió. Me dejó acostumbrarme. Sentía su pito allí, caliente, palpitante, llenándome como nunca nadie me había llenado. Me acarició la espalda, bajó hasta mis nalgas, me separó más.

—¿Puedo moverme? —preguntó.

—Sí… hazlo. Métela y sácala. Hazme sentir que me coges de verdad.

Y empezó. Lentamente al principio, con cuidado, pero con fuerza. Cada vez que entraba, sentía que me llegaba hasta el alma. Cada vez que salía, gemía como si me estuvieran arrancando algo. Me agarró del pelo otra vez, me jaló hacia atrás y empezó a cogérmelo más fuerte. Ya no era cuidado. Era pasión. Era necesidad.

—Qué rico te siento, mija —decía, entre jadeos—. Qué culo más prieto y caliente.

Yo no podía hablar. Solo gemía. Gritaba. Le pedía más. Más fuerte, más rápido. Sentía que iba a correrme sin que me tocara el clítoris. Era el culo, era el pito, era el momento. Todo en conjunto me estaba llevando al límite.

—Voy a correrme —dije, con la voz temblando.

—Correte, mi amor. Correte mientras te la meto —respondió, y aceleró.

Sentí el orgasmo subir desde los pies, como una corriente eléctrica. Me estremecí entera. Las piernas me temblaron. Grité su nombre, grité “sí, sí, sí” como una oración. Y mientras me corría, él no paró. Siguió entrando y saliendo, hasta que sentí que se tensaba.

—Me voy a correr —dijo, y dio tres embestidas más fuertes, profundas, que me hicieron ver estrellas.

Se quedó quieto, con el pito enterrado en mi culo, respirando agitado. Luego, despacio, se salió. Me di vuelta, me senté en el sofá, con las piernas temblando. Él se quitó el condón, lo ató y lo tiró a la basura.

—¿Y qué tal? —preguntó, sonriendo.

—Chimba —le dije, con una sonrisa tonta—. Fue la vaina más chimba que he hecho en la vida.

Se acercó, me besó en la boca, y me abrazó. Y allí, en ese sofá viejo de Laureles, con el olor a sexo y aguardiente en el aire, supe que nunca iba a olvidar esa noche. Porque no fue solo un polvo. Fue descubrir que mi cuerpo podía sentir más de lo que creía. Que el dolor, si es consensuado, puede convertirse en placer. Y que un pito por el culo, bien dado, puede ser la mejor terapia que existe.

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