Esa vez en la cabaña del bosque
Yo nunca creí en brujas, duendes ni esas vainas de fantasía que suenan a cuento pa’ niños. Pero esa noche, en la cabaña perdida entre el monte de Rionegro, aprendí que hay cosas que ni la razón ni el catecismo explican. Y menos cuando una mujer desnuda, con piel de luna y ojos que brillaban como ascuas, me montó encima del fogón de leña y me chupó el pito como si fuera un manjar sagrado.
Había ido al bosque por escapar, nada más. Una crisis con mi vieja, el estrés del trabajo en Medellín, la ciudad que de tan perfecta me asfixia. Me presté la cabaña de un amigo, perdida entre pinos y niebla, sin internet, sin vecinos, sin nada más que el viento y el crujir de las ramas. Llevaba whisky, tabaco y un libro que ni abrí. El primer día fue paz. El segundo, empezó la chimba.
Fue al atardecer cuando la vi. Una figura entre los árboles, alta, delgada, con un cabello negro como el carbón que le caía hasta el culo. No llevaba ropa. Nada. Solo una guayacanada de flores silvestres enredada en la cintura, como un cinturón vivo. Y el cuerpo… chimba, el cuerpo era de otro mundo: senos altos y duros, como si nunca hubieran conocido gravedad, caderas anchas que marcaban el paso de una diosa antigua, y ese culo redondo, prieto, que parecía hecho pa’ morderlo. Me quedé tieso, con el corazón en la garganta, el pito hinchándose dentro del pantalón como si tuviera vida propia.
—¿Tienes miedo? —me dijo, con voz de río bajando entre piedras.
—Un poquito —le dije, sin quitarle los ojos de encima.
—Pero tu pito no tiene miedo —sonrió, y se acercó despacio, descalza sobre el musgo húmedo.
No sé cómo, pero en segundos estaba dentro de la cabaña, con ella encima del fogón, yo de rodillas, lamiéndole los pezones como si fuera un perro sediento. Eran pequeños, duros, con aureolas rosadas que se endurecían más al primer roce de mi lengua. Ella gemía bajito, como si el bosque tuviera que escuchar solo lo justo, y me agarró del pelo, tirando suave, diciéndome:
—Chúpame más fuerte, carajo, que no soy de porcelana.
Y entonces, como si el mundo se hubiera puesto de acuerdo, empezó la lluvia. Fuerte, torrencial, como si el cielo se hubiera rajado. El agua golpeaba el techo de lámina, el fuego crepitaba, y yo, con las manos en sus nalgas, le abrí las piernas y le metí la lengua al coño como si fuera mi último aliento.
Era dulce, caliente, húmedo. Un sabor que no había probado nunca: tierra mojada, vaina silvestre, algo ancestral. Ella gritó, corto, agudo, y me empujó el rostro más adentro, diciendo:
—¡Así, así, hijueputa, comeme bien el coño!
Y yo obedecí. Le separé los labios con los dedos, vi el clítoris hinchado, rosado, y empecé a chuparlo como si fuera un dulce prohibido. Ella se retorcía, se levantaba del fogón, se agachaba, me montaba la cara, me frotaba el hocico con su sexo hasta que sentí que me ahogaba. Y cuando ya no podía más, me jaló del pelo, me puso de espaldas sobre la mesa de madera, y me desabrochó el pantalón con una sola mano.
—Quiero verte todo —dijo.
Y salió mi pito, tieso como un palo, con la punta brillante de deseo. Ella lo tomó en la mano, lo acarició despacio, como si lo estudiara, y luego, sin aviso, se lo metió en la boca. Me dio un calambre que me subió desde los huevos hasta la nuca. Su boca era cálida, húmeda, y su lengua… chimba, su lengua era de serpiente, se enroscaba alrededor de la verga, subía y bajaba, chupaba la punta, mordía suave la vena del lado.
—Ay, huevada, no pares —le dije, agarrándome de la mesa.
Ella no paró. Siguió, más rápido, más hondo, hasta que sentí que iba a correrme. Entonces se detuvo, se levantó, y me dijo:
—No te vas a venir así, no, mi rey. Te voy a hacer esperar.
Y se subió encima de mí, de espaldas, con el culo al aire, y me empezó a frotar el pito entre las nalgas. La piel le brillaba con el sudor, el pelo mojado por la humedad del monte, y yo, con las manos en sus caderas, la sentía moverse como una serpiente. Luego, se inclinó, se agachó, y con una mano me alcanzó el culo, me separó las nalgas, y sentí su lengua, caliente, recorriéndome el agujero.
—¿Te gusta? —preguntó, sin dejar de lamer.
—¡Chimba, sí! —grité, sin poder contenerme.
Entonces se dio vuelta, me montó, y con una sola bajada, se empaló el pito entero. Gritamos los dos. Ella por dentro, yo por fuera. Era tan estrecha, tan caliente, que sentí que me iba a correr al instante. Pero ella no me dejó. Se movía lento, arriba y abajo, con las manos en mis pectorales, los ojos clavados en los míos.
—Mírame —dijo—. Mírame bien, que esto no se olvida.
Y la miré. Vi cómo el placer le cambiaba la cara, cómo sus labios se torcían, cómo sus tetas rebotaban con cada movimiento. Y cuando ya no aguantaba más, me dijo:
—Ahora, córrete adentro.
Y así lo hice. Con un gemido ronco, le descargué todo el semen dentro, sintiendo cómo su coño se contraía, cómo me exprimía hasta la última gota. Ella se dejó caer sobre mi pecho, jadeando, sudando, y me besó en la boca, lento, profundo.
Nos quedamos así un rato, abrazados, mientras la lluvia no paraba. Luego, se levantó, se puso la guayacanada de flores, y me miró desde la puerta.
—No vuelvas por aquí —dijo—. O la próxima vez, no te dejo salir.
Y desapareció entre la niebla, como si nunca hubiera existido.
Yo me quedé allí, desnudo, con el olor de su coño en mis dedos, el sabor de su boca en la mía, y la certeza de que había conocido algo que ni la razón ni el santo padre podrían explicar. Y aunque pasaron meses, cada vez que llueve fuerte, cierro los ojos, y siento otra vez sus nalgas frotándome el pito, su lengua en mi culo, su coño exprimiéndome el alma.
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