Esa vez en el cuarto de lavandería
El cuarto de lavandería del edificio estaba en el sótano, al final de un pasillo oscuro que olía a humedad y detergente barato. Las baldosas grises estaban desconchadas, y el único foco colgaba de un cable que oscilaba ligeramente cada vez que alguien cerraba una puerta en los pisos superiores. Era un lugar olvidado, funcional, sin gracia. Pero ese viernes por la noche, entre el ronroneo de las máquinas y el goteo constante de una manguera mal sellada, todo cambió.
Lucía, de treinta y dos años, con el cabello oscuro recogido en un moño desprolijo y una remera corta que dejaba ver el arco de su espalda, bajó con un canasto lleno de ropa sucia. No esperaba encontrar a nadie. Pero allí estaba Santiago, el portero del edificio, de treinta y cinco, con el torso amplio, los brazos tatuados y esa mirada que siempre parecía estar a medio encender. Estaba agachado, revisando el filtro de una lavadora, con los pantalones de trabajo bajados hasta los muslos, sin calzoncillos, el culo al aire, moreno y prieto, los músculos del glúteo tensos mientras se estiraba.
Lucía se quedó quieta en la puerta, el corazón golpeándole el pecho. No dijo nada. No se movió. Santiago sintió la mirada. Se detuvo. Lentamente, sin prisa, se dio vuelta. No se subió los pantalones. Se quedó así, con el culo expuesto, los ojos clavados en ella.
—¿Vas a decir algo? —preguntó él, ronco.
Ella tragó. No podía desviar la vista.
—Estás... —empezó, pero no encontró la palabra.
—¿Desnudo? —completó él, levantándose. Se paró frente a ella, a menos de un metro. Su pija colgaba, larga, gruesa, con una vena que latía al ritmo de su sangre. Lucía la miró fijo, sin disimular. Santiago sonrió—. ¿Te gusta?
Ella asintió con la cabeza. No mintió con palabras. No hacía falta.
—Entonces no te quedes ahí parada —dijo él, extendiendo una mano—. Ayúdame a sacarme esto.
Ella dio un paso. Le tocó el pantalón. Sus dedos rozaron el muslo, el borde del culo, el interior del muslo. Santiago exhaló. Lucía se arrodilló. Le bajó el pantalón del todo. La pija se irguió de golpe, como si hubiera estado esperando ese momento. Lucía la tomó con la mano. Caliente. Pesada. Venosa. La acarició una, dos veces. Santiago le puso las manos en la cabeza.
—No te hagas la dulce —le dijo—. Querés esto. Lo vi en tus ojos.
Ella no respondió. En cambio, abrió la boca y se la metió hasta el fondo. La garganta se relajó, como si ya lo hubiera hecho mil veces. Santiago gruñó. Le agarró el pelo con fuerza, sin lastimar, pero con dominio. Lucía no se quejó. Solo gimió, con la boca llena, con la nariz pegada al vello púbico, con el sabor de su sudor y su sal en la lengua.
—Así —dijo él—. Así, carajo. Chúpame como si fuera la última vez.
Ella lo hizo. Lo chupó con hambre, con urgencia, con los labios estirados, con la lengua lamiendo la base mientras lo tragaba. Santiago empezó a moverse, a penetrarla con la cadera, a meterla más adentro, a fondo, sin detenerse. Lucía tosió, pero no se apartó. Se dejó usar. Y le gustó.
Cuando Santiago sintió que estaba cerca, la apartó. Lucía se quedó de rodillas, con la boca hinchada, los labios brillantes de saliva.
—No te voy a correr en la boca —le dijo—. Hoy no.
Ella lo miró, con los ojos encendidos.
—¿Dónde, entonces?
—En el culo —dijo él—. Quiero tu culo.
Lucía no se asustó. No se negó. Solo se levantó, dejó el canasto en el suelo, y se dio vuelta. Se agachó, apoyó las manos en la lavadora más cercana, y separó las nalgas con las manos.
—Hazlo —dijo—. Ahora.
Santiago se acercó. Le pasó la punta de la pija por el agujero. Lucía se estremeció. Él escupió en su mano, se frotó la verga, y volvió a pasarla, más fuerte esta vez. Lucía gimió.
—Estás seca —dijo él.
—No importa —respondió ella—. Quiero que me rompas.
Santiago sonrió. Se agachó, y le pasó la lengua por todo el surco, desde los testículos hasta el ano. Lucía gritó. La lengua era gruesa, caliente, húmeda. La lamió como si fuera un pedazo de carne que quería devorar. Le metió la punta de la lengua al agujero, una, dos veces, hasta que ella se retorció.
—Ya —pidió—. Metémela.
Él se paró. Se alineó. Empujó.
El primer centímetro fue fuego. Lucía gritó, pero no se movió. Aguantó. Santiago empujó más. La cabeza entró. Ella se quejó, pero apretó las manos en el borde de la lavadora. Santiago no se detuvo. Fue lento, pero constante. Empujó hasta que la mitad de su verga estuvo dentro.
—Dios —dijo ella—. Dios, duele… pero sigue.
Él la miró. No dijo nada. Solo empujó más.
La verga entró entera. Todo. De golpe. Lucía gritó, con la espalda arqueada, con el cuerpo temblando. Santiago se quedó quieto, enterrado hasta las bolas, sintiendo el calor, el apretón, el pulso del ano alrededor de su pija.
—¿Paro? —preguntó.
—Ni se te ocurra —respondió ella, con la voz rota—. Móntame. Móntame como si fuera tu puta.
Él empezó a moverse. Lento al principio. Sacaba casi todo, y volvía a meterla entera. Lucía gemía, con los ojos cerrados, con el pelo pegado a la frente. Santiago aumentó el ritmo. Le agarró las caderas, le clavó los dedos en la carne, y empezó a follarla con fuerza, con golpes largos, profundos, que la hacían chocar contra la lavadora.
—Sí —gritó ella—. Sí, así, carajo, más fuerte.
Santiago no se contuvo. Le dio con todo. Le abrió el culo a paladas de pija, con el sonido húmedo del sexo, con el eco del cuarto ampliando cada gemido, cada jadeo, cada quejido. Lucía se corrió primero. De golpe. Un espasmo que le recorrió el cuerpo entero, que le hizo apretar el ano alrededor de la verga, que hizo que Santiago gruñera de placer.
—Me corro —dijo él—. Me corro adentro.
—Sí —pidió ella—. Llename.
Él empujó hasta el fondo, se quedó quieto, y empezó a correrse. A chorros. Caliente. Denso. Lucía sintió cada oleada, cada espasmo de su pija, cada gota que le llenaba el culo. Santiago no salió enseguida. Se quedó enterrado, respirando pesado, con el torso sudado, con el pecho subiendo y bajando.
Cuando por fin se apartó, Lucía se dio vuelta. Se quedó de pie, con las piernas temblando, con el ano abierto, con la verga de Santiago todavía goteando.
—Otra vez —dijo.
Él la miró, sorprendido.
—¿Ahora?
—Sí —dijo ella—. Ahora. Quiero sentarme encima.
Santiago se sentó en un banco de madera viejo, contra la pared. Lucía se subió encima. Se acomodó encima de su verga, que ya volvía a endurecerse. Se sentó despacio. Esta vez, entró más fácil. Lucía se movió. Arriba y abajo. Con las manos en el pecho de Santiago, con los pezones duros rozando la tela de la remera, con el sudor bajándole por la espalda.
—Mírame —dijo él—. Quiero verte la cara cuando te corras otra vez.
Ella lo miró. Tenía los ojos brillantes, la boca abierta, el pelo mojado. Santiago le agarró las tetas, le pellizcó los pezones, le metió una mano entre las piernas y le tocó el clítoris. Lucía gimió. Se movió más rápido. Se frotó contra él, con el culo lleno, con el coño mojado, con el cuerpo pidiendo más.
—Voy a correrme otra vez —dijo—. Por favor…
—Hazlo —dijo él—. Correte para mí.
Y ella lo hizo. Con un grito ahogado, con el cuerpo tenso, con el ano apretando la verga, con las tetas temblando en las manos de Santiago. Él la sostuvo, la atrajo hacia sí, y le mordió el cuello mientras ella se desmoronaba encima de él.
Cuando terminó, Lucía se quedó sentada, con la cabeza en su hombro, con la respiración entrecortada.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora —dijo él—, te doy vuelta, te pongo contra la pared, y te follo otra vez.
Lucía sonrió. Se levantó. Se dio vuelta. Se apoyó contra la pared. Separó las piernas.
—Vamos —dijo—. No me hagas esperar.
Santiago se acercó. Le pasó la verga por el culo otra vez. Esta vez, entró más fácil. Lucía gimió de placer. Santiago empezó a moverse. Fuerte. Rápido. Con ganas. La llenó otra vez. Le dio hasta que los dos estaban sudados, temblando, con el cuerpo lleno de marcas, con el olor del sexo en el aire.
Cuando terminó, Lucía se dejó caer al piso. Santiago se sentó al lado. No dijeron nada. Solo se miraron. Y sonrieron.
—Mañana bajo a lavar —dijo ella.
—Yo estaré aquí —dijo él—. A la misma hora.
Y sin más palabras, Lucía se levantó, se puso la ropa, y se fue. Pero al día siguiente, a las nueve de la noche, el cuarto de lavandería volvió a temblar.
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