Esa noche que el silencio se volvió caliente
5 minEsa noche que el silencio se volvió caliente
Luz se despertó con la humedad del verano pegándole al cuello y al pecho. En Bogotá, junio no era tan caluroso como en el valle, pero esa noche el aire se sentía espeso, cargado de algo que no alcanzaba a nombrar. Miró el reloj: 2:17 a.m. A su lado, Mateo roncaba suave, con la boca entreabierta y una mano colgando del colchón. Ella se volteó de lado, con el rostro hacia la ventana entreabierta, y dejó que la brisa entrara por la rendija, rozándole la piel como una caricia de paso.
Tenía tiempo sin sentir ese cosquilleo en la nuca, esa punta de ansiedad dulce que se instala cuando el cuerpo empieza a recordar lo que el corazón ya olvidó. No era aburrimiento. Tampoco era nostalgia. Era más bien como cuando el café se enfría de golpe y, de repente, te das cuenta de que aún tiene sabor.
Se levantó despacio, con la ropa interior de algodón blanco que ya no usaba desde que Mateo le dijo que le gustaba verla así —“como si no supieras que te quiero”, le había reído. Pero esa noche, no. Esa noche no quería ser vista. Quería ser escuchada. Quería sentirse entera, sola, y a la vez completamente conectada consigo misma.
Se pasó una mano por el estómago, despacio, dejando que los dedos se detuvieran en el ombligo, esa depresión pequeña que siempre le pareció un labio cerrado. Se dirigió al baño, encendió la luz tenue del espejo y se miró. Sin maquillaje, con el cabello suelto, el pecho un poco más hinchado de lo normal —quizás por la hormona que andaba de paseo por su cuerpo, o tal vez por el aire cargado de lluvia que se sentía venir.
Se quitó el camisón de algodón con lentitud, dejando que la tela se deslizara por las caderas, por los muslos, por los tobillos. Se quedó frente al espejo, sola, sin vergüenza, sin prisa. Se tocó el cuello, se mordió el labio inferior, y bajó las manos hasta los pechos. No los apretó, no los frotó. Solo los sostuvo, como si los descubriera de nuevo. Los pezones estaban duros, pequeños, como granos de café recién tostado. Se los acarició con los pulgares, moviéndolos en círculos pequeños, mientras su otra mano bajaba, bajaba, bajaba, hasta el vello suave de su vientre.
Se dejó caer de rodillas frente al lavabo, con las manos apoyadas en el borde frío del mármol. Cerró los ojos y se llevó una mano entre las piernas. Se abrió con dos dedos, lentamente, como si abriera una puerta que no había tocado en semanas. Se tocó allí, con la punta de los dedos, con la palma, con la muñeca. No presionó. Solo rozó. Y cuando el primer estremecimiento le subió por la columna, supo que estaba lista.
Se metió el índice dentro, con cuidado, como quien se sumerge en un río tibio. Se movió con calma, con ese ritmo que solo uno conoce: arriba, abajo, en círculos, en espiral. Se inclinó un poco más, presionando contra el punto que le hacía temblar los muslos. Y mientras lo hacía, pensó en Mateo. No en él dormido a metros de distancia, sino en la primera vez que él le tocó ahí, en su casa, en su cama, en su vida. En cómo le había susurrado “estás más rica que un churro con arequipe” y cómo ella, avergonzada pero feliz, le había dado un manotazo en el hombro.
Esa memoria la hizo sonreír. Y esa sonrisa, la movió. Volvió a moverse, más fuerte ahora, con más calor. Se pasó la lengua por los labios, respiró con la boca abierta, como si necesitara más aire del que el baño le daba. Se llevó la otra mano al cuello, se frotó suavemente, y se dejó llevar.
Suspiró su nombre. No el de pila. Su nombre completo. Luz. Luz, Luz, Luz. Como si fuera un mantra. Como si se estuviera reconociendo, descubriendo otra vez.
Se tocó más fuerte, con más urgencia, con más ganas. El cuerpo se le arqueó, la frente casi tocando el espejo, las rodillas firmes, los dedos metidos y moviéndose con un ritmo que ya no necesitaba pensarlo. Y entonces, sin aviso, sin drama, sin grandes efectos, lo sintió: la oleada, esa ola pequeña y intensa que sube desde lo más profundo, desde donde no se llega con la mente, sino con el cuerpo. Se le contrajeron los músculos del estómago, su pecho se elevó, sus dedos se cerraron contra su piel, y su respiración se volvió corta, entrecortada, casi un gemido ahogado.
No gritó. No necesitó. Solo dejó que el cuerpo hablara. Y su cuerpo habló en silencio, con temblores, con sudor, con esa sensación de calma que llega después de la tormenta.
Se quedó así unos segundos, agachada, con la frente apoyada en el borde del lavabo, respirando hondo. Se limpió con una toalla seca que tenía doblada cerca, se puso de pie despacio, y se miró otra vez en el espejo. Las mejillas rosadas, los ojos brillantes, los labios entreabiertos. Se sonrió. Se sonrió de verdad.
Bajó la luz, se lavó los dientes con una sonrisa tonta, y volvió a la habitación. Se acostó de lado, mirando a Mateo, que seguía durmiendo, ajeno a todo. Le acarició el brazo con la punta de los dedos, como si no quisiera romper el encanto. Y entonces, sin pensarlo, se metió entre las sábanas, se acurrucó detrás de él, y apoyó la cabeza en su espalda, escuchando su respiración lenta y segura.
No sintió nostalgia esa noche. Tampoco necesidad. Solo plenitud. Como si se hubiera encontrado consigo misma en medio del silencio, y la encuentro, por fin, le alcanzaba.
Se durmió con la sonrisa puesta, con la promesa de que, mañana, se haría el café con un poco más de azúcar. Porque, al final del día, uno también puede darse un regalo. Incluso si es solo una noche. Incluso si es solo consigo misma.
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