Esa noche en el apartamento de al lado
La lluvia no paraba de caer sobre Medellín, y el aire húmedo se colaba por las rendijas del viejo edificio de Laureles, donde las paredes eran delgadas como papel de arroz y los vecinos se escuchaban hasta en la cama. Paula, de bulto en el pecho y ojos oscuros que no dormían bien desde hacía semanas, se puso a mirar por la ventana con el cigarro entre los labios. No era la primera vez que veía a la nueva vecina, pero sí la primera que la veía sin ropa.
Estaba allí, al otro lado del pasillo estrecho de balcones, frente a frente como dos islas en medio de un mar de techos mojados. La luz amarilla del velador le daba al cuerpo de la muchacha un tono dorado, cálido, como si el deseo ya estuviera prendido desde antes de que ninguna de las dos lo admitiera. Se llamaba Camila, tenía veintitrés, y se había mudado hacía tres días con una maleta y una mirada que no perdonaba. Ahora, frente a frente, se miraban sin decir nada, pero con todo el cuerpo diciendo al revés.
Paula se mordió el labio inferior. Camila, sin vergüenza, se desabrochó el sujetador con una sola mano y lo dejó caer al suelo de baldosa fría. Sus tetas eran pequeñas, pero firmes, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Paula no pudo evitar llevarse una mano al entrepierna, frotándose por encima del panty mientras el humo del cigarro le quemaba los dedos.
—¿Te gusta lo que ves, vecina? —dijo Camila, con voz baja, ronca, como si ya supiera que el juego estaba en marcha.
Paula no respondió con palabras. Solo dio una calada profunda, dejó el cigarro en el alfeizar y se levantó. Abrió la puerta de su apartamento, cruzó el pasillo mojado por la lluvia, y entró al de Camila sin pedir permiso. La puerta no estaba cerrada con llave.
—Sabía que vendrías —dijo Camila, recostada en la cama, con una pierna abierta, la mano entre los muslos, frotándose despacio, sin prisa.
Paula cerró la puerta con el pie y se acercó. Olía a sudor limpio, a perfume barato y a deseo verdadero. Se arrodilló frente a ella, le separó las piernas con las manos y le bajó las bragas de un tirón. El culo de Camila era prieto, redondo, con dos hoyuelos en la base de la espalda que Paula quiso morder al instante. Pero primero fue al frente.
—A mí me gusta mamar —dijo Paula, con la voz ronca—. Y a ti te gusta que te mamen, ¿verdá?
Camila solo asintió, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Paula le pasó la lengua por el monte, despacio, como si estuviera probando un fruto prohibido. El sabor era salado, cálido, con un toque ácido que le encendió el pito que tenía entre las piernas. No se lo había depilado, y a Paula le gustó: pelo negro, rizado, con olor a mujer de verdad.
—¡Ay, coño! —gimió Camila cuando Paula le chupó el clítoris con fuerza, con los dientes rozando apenas la piel sensible.
—Calla, que te van a oír —dijo Paula, sin dejar de mamar.
—Que me oigan, carajo. Que sepan que estoy gozando como una loca.
Paula sonrió contra su sexo, y siguió. Le metió dos dedos de una sola vez, hasta el fondo, y empezó a moverlos como si estuviera follando con un pito imaginario. Camila se retorcía, agarró las sábanas con fuerza, y empezó a jadear.
—Así, así, más fuerte, hijueputa, más fuerte…
Paula le metió un tercer dedo, y con la otra mano le pellizcó un pezón. Camila gritó.
—¡Sí, así, así, me voy a venir, me voy a venir!
Y se vino. Con fuerza. Tembló entera, las piernas le temblaron, los pies se le encogieron, y gritó como si estuviera en el cielo. Paula no paró. Siguió chupando, siguió metiendo los dedos, hasta que el orgasmo de Camila se convirtió en sollozos de placer agotado.
—Coño, qué rico —dijo Camila, con la voz quebrada—. Ahora quiero probarte a ti.
Se levantó, le bajó el panty a Paula, le quitó la blusa, y le miró el cuerpo como si fuera un manjar. Le pasó la lengua por el abdomen, por el ombligo, y le mordió el hueso de la cadera.
—Tienes un pito chiquito, pero bien definido —dijo, con una sonrisa pícara.
—Y bien mojado —respondió Paula, abriendo más las piernas.
Camila se arrodilló y le dio un beso largo en el monte. Luego, con la lengua, trazó un camino desde el ano hasta el clítoris. Paula se estremeció.
—Ay, qué rico, qué chimba…
Camila le metió la lengua entera, como si estuviera follando con la boca. Le chupó el culo, le lamió los testículos imaginarios, le mordió los labios mayores con suavidad. Luego, con dos dedos, le abrió el coño y le metió la lengua hasta el fondo.
—¡Coño, Camila, así, así, no pares!
La lluvia seguía cayendo. El edificio crujía. Y las vecinas del cuarto piso, seguramente, ya estaban escuchando, pero a ninguna de las dos les importaba. Camila le chupó el clítoris con ganas, con hambre, como si fuera la última vez que iba a probar algo así.
—Me voy a venir, me voy a venir… —gimió Paula, con las manos en la cabeza de Camila, empujándola más adentro.
Y se vino. Con fuerza. Con gritos. Con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo.
Cuando terminó, Camila se acostó a su lado, la abrazó, y le dio un beso en los labios.
—Esta no fue la primera vez —dijo Camila.
—¿No?
—No. Yo te he visto mirar. Desde que llegué.
Paula sonrió.
—Y tú me has dejado mirar.
Se quedaron así, abrazadas, sudorosas, con el olor del sexo en el aire. Fuera, la lluvia no paraba. Pero adentro, todo ardía.
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