En la cocina mientras todos dormían

@paula_invierno ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa respiraba en silencio, envuelta en esa quietud pesada que solo tienen las madrugadas de verano. Las persianas estaban entreabiertas, y la luz amarillenta de la farola de la esquina dibujaba cuadrados desvaídos en el piso de madera. No había ruido más que el zumbido lejano del refrigerador, y el leve crujido del techo al enfriarse. En el sillón del comedor, Sofía seguía despierta, con una copa de vino tinto entre los dedos, mirando sin ver el móvil apagado sobre la mesa. Llevaba puesto un camisón de algodón fino, corto, que dejaba al descubierto la mitad de sus muslos. No había subido a su habitación porque no quería dormir. No todavía.

Había estado pensando en Lucas desde hacía semanas. No en secreto, sino con una insistencia lenta, como una corriente bajo la piel. No era su marido, ni su amante. Era el hermano de su esposo, de visita por unos días, durmiendo en la habitación de huéspedes. Y esa noche, por primera vez, lo sintió cerca. Demasiado cerca.

Escuchó el crujido de la escalera. Levantó la vista. Lucas apareció en el umbral de la cocina, descalzo, con el torso desnudo bajo una camiseta gris, el cabello desordenado. No dijo nada al principio. Solo la miró, con una intensidad que no necesitaba palabras.

—No puedes dormir tú tampoco —dijo él, más como una afirmación que como una pregunta.

Sofía negó con la cabeza, sin apartar los ojos. El aire entre ellos se espesó. Lucas se acercó, despacio, como si midiera cada paso. Se detuvo frente a ella, a medio metro. Podía oler su piel, ese aroma limpio de jabón y sudor leve, algo masculino y familiar. No era la primera vez que lo veía así, pero sí la primera que lo sentía como un peligro.

—¿Por qué estás aquí abajo? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.

—Porque no quiero estar sola —dijo ella, con voz baja, casi un susurro.

Lucas no respondió con palabras. Se inclinó, le quitó la copa de las manos y la dejó sobre la encimera. Luego, con una lentitud que encendió cada nervio de su cuerpo, se arrodilló frente a ella. Sofía contuvo el aliento. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, todo lo demás desapareció.

Él le tomó las piernas con ambas manos, deslizando los dedos por la piel sensible del muslo. Subió despacio, con una presión suave pero firme, hasta que los dedos rozaron la orilla del camisón. Sofía no se movió. Solo cerró los ojos, sintiendo el calor de sus manos, el roce de sus uñas apenas perceptibles. Cuando la tela se levantó por encima de las caderas, no opuso resistencia.

Lucas hundió la nariz en el interior de su muslo, aspirando su olor, caliente y dulce. Sofía tembló. Luego, con la lengua, trazó una línea lenta, desde la rodilla hasta el borde de la ropa interior. El algodón blanco se humedeció al instante. Él no se detuvo. Le bajó las bragas con los dientes, con una mezcla de ternura y dominio que la hizo gemir en silencio.

Su boca se posó sobre ella, tibia, precisa. Sofía apretó los labios, conteniendo el sonido, pero no pudo evitar el arqueo de su espalda, el apretar de sus dedos en el borde del asiento. Lucas sabía lo que hacía. No tenía prisa. Saboreó cada pliegue, cada punto sensible, con lamidas largas y húmedas, con mordiscos suaves que la hacían estremecer. Le separó los labios con los pulgares y hundió la lengua, lenta, profunda, como si estuviera bebiéndola.

Sofía jadeó. Una vez. Dos. No quería despertar a nadie. Pero no podía controlar el fuego que se extendía desde su vientre hasta las puntas de los pies. Lucas subió, rodeó el clítoris con la punta de la lengua, una y otra vez, mientras uno de sus dedos entraba en ella, despacio, con ritmo creciente. Ella se mordió el dorso de la mano, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, el sudor perlándole el cuello.

—Lucas… —susurró, apenas un sonido—. No pares…

Él no respondió. Solo intensificó el ritmo. Su boca era implacable, su lengua experta. Sofía sintió el orgasmo acercarse como una ola oscura, lenta al principio, luego incontenible. Gritó en silencio, con la boca abierta pero sin sonido, mientras sus músculos se contraían, mientras el placer la atravesaba como un rayo.

Lucas se detuvo solo cuando sintió que ella ya no podía más. Se incorporó lentamente, con los labios brillantes, la mirada oscura, hambrienta. Sofía lo miró, con los ojos húmedos, el pecho agitado.

—No deberíamos —dijo ella, con voz temblorosa.

—Lo sé —respondió él, sin apartarse—. Pero ya es tarde.

Y volvió a besarla, esta vez en la boca, sabiéndose a ella, a su deseo, a la traición que ya no importaba. Fuera, la noche seguía quieta. Dentro, todo ardía.

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