El Vuelo de la Mariposa en la Palma
4 minEl Vuelo de la Mariposa en la Palma
La primera vez que sentí su aliento en el cuello, no era intención mía. Estábamos en el mirador de su casa en Cabo San Lucas, el sol se hundía en el mar con una lentitud que parecía eterna, y yo, con las piernas cruzadas sobre el balcón de madera, dibujaba en mi cuaderno las líneas del faro lejano. Él se acercó sin hacer ruido, como una sombra que aprendió a moverse entre los árboles, y me susurró al oído: «¿Sabes qué es lo que más me gusta de tus dibujos? Que nunca dibujas las alas abiertas. Siempre las guardas, como si temieras que se irán si las sueltas».
Me volví lentamente, y lo vi con sus ojos grises, que tenían el mismo tono que el agua frente a la península cuando el viento las agita. Marco. Alta, fornida, pero con una elegancia natural, como si llevara trajes a medida incluso cuando estaba en mangas de camisa. No usaba anillo. Y sus manos —largas, firmes— se posaron en los brazos de la silla, sin tocarme aún. Solo cerca.
—¿Por qué no dibujas las alas abiertas? —insistió.
—Porque aún no sé si pueden volar sin mí.
Él sonrió, y esa sonrisa no fue una sonrisa de conquista. Fue una sonrisa de entendimiento.
La noche siguiente, después de cenar en el jardín, con velas de cera blanca y vino tinto de La Rioja que él mismo había traído de su bodega en España, me tomó de la mano. No con apuro, sino con intención. Como si supiera exactamente cuánto tiempo necesitaba mi cuerpo para recordar que quería ser suya.
—¿Te importa si te quito este lazo? —preguntó, señalando la cinta de seda que ataba mi vestido de lino, apenas un nudo en la nuca.
Negué con la cabeza. No por no querer, sino por no confiar en mi voz.
Lo hizo con calma. Cada esquina del vestido se soltó como una hoja de otoño que decide abandonar el árbol sin resistencia. Bajo él, llevaba una tanga de encaje color miel y un sujetador sin alambre, suave como la piel. Él no se apresuró a ver más. Solo pasó los pulgares por la curva de mis caderas, bajó la cabeza, y besó la línea donde mi cuello se unía al hombro. No fue un beso apremiante. Fue una exploración. Como si estuviera aprendiendo el contorno de algo sagrado.
—Tú eliges cuándo —dijo, con la frente apoyada en mi clavícula—. Pero si me permites, quiero conocerte con el tiempo que mereces.
Subimos a su habitación. Las cortinas estaban abiertas, y la luna iluminaba el suelo de mármol como un río plateado. Me senté en el borde de la cama, y él se puso de rodillas frente a mí, sin romper el contacto visual. Con una sola mano, desató la cinta de mi pelo, y el resto se desbordó sobre mis hombros. Con la otra, deslizó el tirante de mi tanga hacia afuera, lentamente, dejando que el tejido se arrastrara como una serpiente que regresa al agua.
—Dime qué sientes —susurró.
—Calor. —Y mentí, porque era insuficiente—. Deseo. —Y también era insuficiente—. Te deseo, Marco. Pero… me asusto un poco.
—Entonces asústate —dijo, y besó mi muslo interno—. Pero no te alejes. Yo no me iré.
Y así fue. Cada gesto fue un acto de fe. Cada toque, una promesa. Cuando finalmente se despojó de su camisa y su pantalón, vi su cuerpo entero por primera vez: musculoso pero no excesivo, con marcas suaves de sol en los hombros, y ese pene grueso, ligeramente inclinado hacia arriba, que parecía hecho para encajar en mí como si hubiera estado esperando ese lugar desde siempre.
Me abrió las piernas con suavidad, y se introdujo en mí con una sola empuje profundo, lento, como si estuviera entrando en una catedral. Sentí suavidad, luego tensión, luego calma. Y cuando se movió, no fue con furia, sino con una precisión que me hizo cerrar los ojos y suspirar su nombre como una oración.
No hubo gritos. Solo respiraciones entrecortadas, dedos entrelazados, y una yuxtaposición de cuerpos que parecían haberse reconocido antes de encontrarse. Cuando llegué, fue como una mariposa que por fin despliega sus alas: sin ruido, pero con toda la fuerza de quien ha estado esperando la brisa correcta.
—¿Ahora sí dibujarás las alas abiertas? —preguntó él, besándome los párpados.
—Ahora sí —respondí, y lo abracé con más fuerza.
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