El viernes que me cogió mi pareja con su amiga
4 minEl viernes que me cogió mi pareja con su amiga
Se me aceleró el corazón nada más verla entrar al cuarto. Mi pareja, Andrés, me miró con esa sonrisa de sabiondo que solo tiene cuando planea algo bueno —y sabía que yo sabía. Porque desde hace semanas veníamos jugando con la idea: “¿Y si invitamos a Camila a casa este viernes?”, decía él, jugueteando con el nudo de mi corbata mientras me besaba el cuello. Yo hacía la torpe: “No sé, qué diría la gente”, y él me daba un pellizco en el culo y decía: “La gente no va a estar acá, mija”.
Camila es amiga de Andrés desde la universidad. Alta, morena, con caderas que invitan a meterse entre ellas y un par de pechos que parecen hechos a mano para ser mamados. Siempre ha tenido esa mirada de quien sabe lo que quiere y no se disculpa por ello. Y yo, desde que la vi por primera vez en casa con pantalones ajustados y botines que le marcaban el tobillo, sentí ese cosquilleo en la entrepierna que solo se apaga cuando alguien más lo siente también.
Esa noche, después de cenar una arepa de queso con tomate y aguacate, y dos copas de vino cada uno, Camila se levantó con esa postura de quien va a decir algo importante. Se acercó a la mesa, se quitó los zapatos con lentitud, se estiró como gato en solitario y me miró a los ojos: “¿Les parece si nos cambiamos de ropa y nos acomodamos en el cuarto?”. No dijo “trío”, ni “jugar”, ni nada. Solo eso: “acomodarnos”. Y yo, con la boca seca y el pulso en la garganta, asentí.
Andrés ya estaba en camiseta, los pantalones bajados un par de dedos, mostrando el borde de la liga de sus calzoncillos. Me tomó de la mano y me sentó entre ellos, en la cama. No hubo apuro. Solo manos que exploraban con calma: su dedo me desabotonó el blusón, Camila me acarició la nuca y bajó hasta el borde del sostén, tirando del ala con delicadeza hasta que uno de mis pechos salió, tieso ya por el frío del aire acondicionado y el calor de la expectativa.
—Mira cómo te pone, ¿no? —dijo Andrés, mamiando su vaso de ron mientras miraba cómo se le ponía el pezón derecho, tan duro que se notaba hasta desde la otra punta de la cama.
Camila no dijo nada. Solo se acercó, me agarró del mentón y me giró hasta mirarle a los ojos. Me besó entonces, lento, con sabor a vino tinto y un toque de menta. Me metió la lengua hasta la garganta y, sin soltar mi barbilla, me susurró: “¿Te gusta que te mire mientras te toca?”. Yo asentí, porque no podía hablar —ni quería.
Entonces, Andrés me desabrochó el cierre del pantalón y bajó la cremallera con lentitud. Camila me quitó el sujetador del todo y me lo tiró a un lado, pero no me soltó. Me mantuvo pegada a ella con una mano, mientras con la otra le daba palmaditas a su propio culo, por encima del vestido ajustado: “Déjame ver tu pito, cariño”.
Y él lo hizo. Se bajó los pantalones hasta las rodillas, y allí estaba: su pene, grande, moreno, con el glande húmedo ya. Camila lo miró sin rubor, se inclinó y le dio un beso en la punta, lento, como probándolo. Luego me volvió a besar, esta vez con más fuerza, y mientras me mordía el labio inferior, me susurró: “Ahora tú lo tocas. Mientras él te mima”.
Me puse de rodillas entre sus piernas, con la mano temblorosa, y le agarré la verga. Estaba caliente, viva, pulsando contra mi palma. Lo froté con cuidado, subiendo y bajando, observando cómo Andrés cerraba los ojos y apretaba los dientes. Entonces Camila me empujó suavemente hacia atrás y se puso frente a mí, con sus muslos abiertos, el vestido subido hasta la ingle.
—Y tú… —dijo, agarrándome la mano y poniéndola bajo la tanga—… siente qué húmeda estoy por ti.
Yo la sentí: el calor, la humedad, la textura suave de su clítoris ya endurecido. Me miró, y en sus ojos no había jugueteo. Había deseo puro, claro, sin mácula. Como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
—¿Quieres meterle la lengua o prefieres chuparlo como gato? —preguntó Andrés, con la voz ronca.
—Mejor que me lo mames, cariño —dijo Camila, y se llevó mi mano a su boca para chupármela un segundo—. Pero primero, que te lo chupe bien. Que sienta el gusto de tu boca.
Y yo me incliné, le tomé la verga con ambas manos, lo acerqué a mi cara, lo olerí, y luego lo metí entre mis labios, lento, hasta que el fondo de su glande rozó mi paladar. Y mientras yo lo mamaba, Camila le acariciaba el culo a Andrés, y él, sin perder el ritmo, me metió dos dedos en la vagina.
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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.