El viento que no decía nada

El viento que no decía nada

@paula_invierno ·24 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (10) · 165 lecturas · 6 min de lectura

La luz de la luna se deslizaba por el piso de madera envejecida, dibujando una cinta plateada que llegaba hasta la cama deshecha. Ella estaba sentada al borde, con las piernas abiertas, los codos apoyados en las rodillas, los hombros caídos. Tenía el pelo suelto, negro y grueso, con hebras pegadas al cuello por el sudor del calor del día. Se llamaba Lucía, tenía treinta y ocho, y vivía sola desde que se separó hace dos años. No era tristeza lo que la había traído hasta ahí, sino algo más sutil: el agujero que dejó el hábito de no tocar.

Él acababa de entrar. Se llamaba Martín. Lo había conocido tres semanas atrás en el bar de la esquina, cuando él se acercó a preguntarle si la silla estaba libre. Ella asintió sin mirarlo. Él se sentó, pidió una cerveza, y no volvió a hablarle hasta que ella soltó una risa fuerte, incontrolable, por algo que dijo una cliente de passage. Él la miró. Ella lo devolvió. No hubo palabras hasta el cuarto día, cuando ella le dio su número por error —o no— y él lo guardó.

—Volvé —le había dicho esa noche, desde la puerta del baño, cuando ella ya se ponía el buzo—. No tenés que hacerlo, pero vení.

Ella no le había pedido perdón por la duda. Él no le había pedido nada. Se habían mirado, y eso bastó.

Ahora él estaba de pie, con la camiseta aún puesta, los pantalones abotonados pero con el cierre bajado. Se había quitado los zapatos, pero no se había desfeito del todo. No quería romper el tiempo. No quería precipitar.

—Mirá —dijo ella, sin moverse. Solo señaló su propio cuerpo con la mirada—. Estoy mojada. Despacio, pero mojada.

Él se acercó. No la tocó de inmediato. Se puso de cuclillas frente a ella, como si estuviera frente a una llama que temía apagar con el aliento. Le separó una pierna con la mano izquierda, con cuidado, como si estuviera apartando una cortina. La derecha la dejó sobre su muslo, la piel suave, cálida, con pelos rubios y finos que brillaban con la luz del balcón.

—Está bien —dijo ella, bajando un poco la cabeza, como avergonzada, pero sin apartar la mirada de sus ojos.

Él se inclinó. Primero le besó el muslo interno, donde la piel era más tierna. Lamió un poco, lento, y ella soltó un gemido corto, agudo, que no quiso esconder. Luego bajó más, hasta que su boca rozó el monte de Venus, donde el vello era más espeso. Respiró hondo, como si tomara aire de un lugar prohibido, y luego la besó en el clítoris.

Ella arqueó la espalda, los dedos de los pies se curvaron dentro de las zapatillas. No dijo nada, solo dejó que el cuerpo hablara. Él la lamía con ternura, pero con hambre. La lengua giraba en círculos pequeños, presionaba suavemente, y luego se metía entre sus labios, buscando el orificio húmedo, el fondo.

—Garchá —dijo ella, con la voz rota—. Garchá, Martín. No me lames, cogé.

Él se levantó enseguida. Se sacó la camiseta, la tiró al piso, y se desabrochó el cinturón. Se bajó los pantalones y la ropa interior, y ahí estaba: el pene, grueso, moreno, con el glande hinchado y húmedo. Se frotó una mano con la otra, se untó un poco de saliva, y se lubricó la punta. Ella lo miraba, sentada, con las piernas abiertas, las manos apoyadas atrás, los codos hundidos en el colchón.

—Volvé —repitió ella, esta vez con más fuerza—. Vení acá.

Él se subió a la cama, se puso entre sus piernas, y le separó más los muslos. Le tocó una tetilla con la mano izquierda, la apretó suave, la acarició con el pulgar. Ella gimió. Él se inclinó y le chupó el pezón, lo chupó hasta que se puso duro, hasta que ella soltó un quejido bajo, casi una súplica.

—Quiero que me garchés —dijo ella, con la voz más firme—. Quiero sentirte adentro. No me lames, no me toques más la cara, no me mires los ojos. Solo cogé.

Él no respondió. Solo se colocó el pene frente a su entrada, lo rozó con la punta, le separó los labios con la punta del glande, y empujó. Un empujón lento, firme, hasta que se hundió hasta el fondo. Ella soltó un grito corto, agudo, y cerró los ojos. Sus manos se agarraron de sus hombros, le clavó las uñas, pero sin fuerza. Él se detuvo un segundo, con el pene entero dentro de su concha, y la sintió temblar.

—Estás apretada —dijo él, en voz baja.

—Cogé —repitió ella.

Él empezó a moverse. Un ritmo lento, constante, profundo. Cada entrada lo hacía con el cuerpo inclinado hacia adelante, apoyando las manos a los lados de su cabeza, y cada salida era pausada, hasta que el pene estaba casi fuera, y luego lo volvía a meter, con fuerza. Ella le mordió el hombro, una y otra vez, sin soltarlo. Él le apretaba las caderas, las tenía con los dedos hundidos, como si temiera que desapareciera.

Ella se dejó llevar. No pensaba. Solo sentía. El golpe seco de su pubis contra el suyo, el rozamiento húmedo, el sonido del cuerpo de él entrando y saliendo del suyo. Se oía a sí misma gemir, pero ya no le importaba. Se abrió del todo. Dejó que el calor la invadiera, que el deseo la arrastrara.

—Estoy cerca —dijo ella, entre dientes—. Me voy a venir.

—Garchá —dijo él—. Vení. Vení conmigo.

Ella se arqueó. Sus piernas se cerraron alrededor de su cintura, lo atrajo hacia ella, y él la empujó con fuerza, una última vez, y ella se vino. Un orgasmo fuerte, sin filtros, con la boca abierta, los ojos cerrados, los dientes apretados, el cuerpo sacudido por contracciones profundas. Él la siguió poco después, con un gemido grave, ahogado, y se vació dentro de ella, con las manos aferradas a sus caderas, con la frente pegada a su cuello.

Se quedaron así, un rato. Él con el pene aún dentro, ella con las piernas aún cerradas. El viento de afuera movió la cortina. Una gota de sudor le cayó a ella en el pecho. Él la besó en la frente.

—¿Te das cuenta? —dijo ella, sin abrir los ojos—. Hacía dos años que no me venía así.

Él no respondió. Solo la apretó un poco más.

—No fue por vos —dijo ella—. Fue porque volví a sentir que puedo querer algo sin querer nada a cambio.

Él se movió, se retiró despacio, y se acostó a su lado. Ella se giró, se puso de costado, y le acarició el pecho con la punta de los dedos. Él respiraba lento. Tenía los ojos cerrados.

—Mañana te llevo a un bar que queda en la esquina de Charcas y Juramento —dijo ella—. Es mío. No es lindo, pero tienen buen café y no te miran raro si entrás con la camiseta al revés.

Él abrió los ojos. La miró. Le sonrió.

—¿Y si me garchás después?

—Si te garcho después —dijo ella—, no va a ser por el café.

Y así se quedaron, hasta que el sol empezó a asomar por la ventana, y el viento seguía sin decir nada.

También en: OralAnal

¿Qué tanto te calentó?

4.2 · 10 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@paula_invierno

Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

También en Confesiones

Más de @paula_invierno

Ver autor →