El Viento en el Muelle

El Viento en el Muelle

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que te vi, estabas sentado en el borde del muelle viejo, con las piernas colgando y los ojos perdidos en el río. El sol del atardecer te bañaba la espalda, dorando la piel que se veía entre la tela fina de tu camiseta, abierta a la altura del pecho. Tenías los brazos tatuados, con líneas suaves: una garza en el antebrazo izquierdo, un barco de papel en el derecho. No usabas reloj, pero mirabas el cielo como si supieras exactamente cuánto tiempo quedaba antes de que cayera la noche. Yo, desde la calle, me detuve. No por curiosidad, sino porque el aire, aunque caluroso, se volvió más fresco, como si el mundo hubiera hecho una pausa para respirarte.

No te acerqué de inmediato. Me gusta observar, dejar que el cuerpo se acostumbre antes de moverse. Me llamabas la atención no por lo evidente —no tenías la postura de quien busca, ni el gesto de quien ofrece—, sino por algo más silencioso: una calma que no es ausencia, sino presencia total. Como si estuvieras ahí, en ese lugar, en ese instante, sin nadie más que vos y el agua que se movía bajo vos.

Algo después, cuando el cielo se volvió violeta y las luces de las embarcaciones empezaron a encenderse, te moviste. Te bajaste del muelle con suavidad, sin apuro, y caminaste hacia el bar de madera al final, donde yo ya estaba, sentado en un taburete, con una cerveza fría en la mano y los codos apoyados en el mostrador. Me miraste apenas, apenas, como si ya me hubieras visto antes —y quizás sí me habías visto, porque en Buenos Aires, a veces, los cuerpos se reconocen antes que las caras.

—¿Te importa si me siento? —me preguntaste, voz baja, con ese acento ríoplatense que te entra por los oídos y se queda, como el eco de una canción vieja.

—Para nada —le dije—. Acá hay lugar para dos.

Te sentaste al lado mío. Olor a sal, a jabón de afeitar de madera, a algo dulce y oscuro que no pude identificar pero que me hizo recordar el tiempo de las cerezas en el almacén de la esquina, cuando era chico. Te serviste una cerveza sin pedirla, como si ya fuera parte de lo nuestro. Me miraste, y cuando te devolví la mirada, no hubo tensión, sino una especie de reconocimiento lento, como cuando reconocés una canción en el radio y suddenly te acordás de quién te la cantó la primera vez.

—Viste el barco que pasó hace un rato? —me preguntaste.

—No. Pero me di cuenta de que vos sí.

—Es que lo esperaba.

—¿De quién?

—De alguien que ya no viene. Pero me gustó quedarme igual. A veces el muelle se siente más vivo cuando hay alguien que se fue.

Me acerqué un poco más. No de golpe, sino como cuando el viento decide cambiar de dirección y te envuelve sin avisar. Tu mano, apoyada sobre el mostrador, estaba cerca de la mía. No la toqué. Solo la sentí: cálida, con los nudillos marcados y las uñas cortas, bien cuidadas. Me fijé en el tatuaje de la garza, cómo se movía con cada gesto tuyo. Me fijé en tus pestañas, largas, que se ocultaban cuando reías —y reíste cuando le dije que me parecías alguien que no se rinde fácil—.

—¿Y vos? —me preguntaste—. ¿A quién esperabás?

—A mí. A ver si me atrevía a acercarme.

—Y ahora?

—Ahora ya me acerqué.

Tu risa fue suave, baja, casi un susurro —pero sin sonar como un susurro—, como si la risa no fuera para los demás, sino para vos y para mí, en ese rincón del mostrador, con el río oscuro detrás nuestro. Me volví hacia vos, y vos hacia mí. Esta vez, no hubo duda. Tu mano se movió, lentamente, y rozó la mía. No un abrazo, no un beso, sino un encuentro de piel que se reconoce, como si ya hubiera estado ahí, esperando que la otra la tocara.

—Vos tenés manos de quien escribe —me dijiste.

—Y vos tenés manos de quien sostiene barcos.

—O de quien los suelta.

Me incliné un poco, para que tu aliento me rozara la oreja, y te dije, con voz que apenas me reconocía a mí mismo:

—¿Te gustaría que te llevase a otro lugar?

—Sí.

—¿Seguro?

—Estoy seguro de que querés saber si estoy seguro. Y sí, lo estoy.

Subimos en el colectivo 102, sentados juntos, sin tocar, pero con las rodillas rozándose. Vos contabas anécdotas de pescadores que conociste de chico, de barcos que se hundieron, de mareas que cambiaron sin que nadie las avisara. Yo escuchaba, y mientras escuchaba, sentía tu cuerpo, ese cuerpo que ahora me parecía más real que cualquier palabra que dijeras. Me fijé en la curva de tu cuello, en cómo la luz del barrio te bañaba la mandíbula, en cómo tu cabello, moreno con reflejos de miel, se movía con el viento que entraba por las ventanas.

Llegamos a tu casa, un depto en Palermo Chico, con paredes de ladrillo en vista y una ventana enorme que daba a un jardín secreto. El aire olía a lavanda y a papel viejo. No encendiste la luz. Dejaste que entrara la luna, que te iluminaba como si ya te conociera. Me desabrochaste la camisa, vos, con calma, sin prisa, como si cada botón fuera un misterio que merecía ser descifrado. Yo te desabroché la mía después, y cuando tus pechos tocaron los míos, sentí un calor que me subió por la espina dorsal y me hizo temblar las manos.

—Andá despacio —te dije—. Yo quiero saber cada paso.

Te acercaste, y me besaste. No con urgencia, sino con precisión: labios, lengua, mordisqueo leve, respiración entrecortada. Tu boca sabía a cerveza, a sal, a algo dulce y oscuro, como te dije antes. Me desabrochaste el cinturón, me sacaste la camisa por completo, y vos, con las manos templadas, recorriste mi pecho, mis costados, el borde de mi cintura, como si estuvieras aprendiendo un mapa nuevo.

Te miré desvestirte. Te sacaste la camiseta lentamente, y cuando quedaste solo con los pantalones, tuviste una pausa. Me miraste, y vos también querías saber si yo estaba seguro. Le dije, con la mano en tu cara:

—Estoy más seguro que nunca.

Te acerqué a mí. Te sentí contra mí, y cuando te besé el cuello, sentí cómo tu cuerpo se estremecía. No era vergüenza, era placer, puro y simple. Te desabroché el cinturón, bajaste los pantalones con lentitud, y cuando te quedaste en calzones, me agarraste la mano y la pusiste sobre tu entrepierna. Estabas duro, caliente, ya pulsando con el ritmo mío.

—Sí —me dijiste, casi sin aliento—. Sí, cogeme así.

Me arrodillé. No para rendirme, sino para saborearte. Te desabroché los calzones, los bajé hasta las rodillas, y cuando te vi así, desnudo bajo la luz de la luna, sentí que el tiempo se detenía. Tu cuerpo era hermoso: pecho plano, musculosos pero suaves, una línea de vello que bajaba hasta el ombligo, y esa erección firme, ya humedecida con tu propia humedad. Te toqué con la mano, con cuidado, y vos soltaste un grito ahogado. Me acerqué, te lamí el glande, y vos me agarreste del pelo, no con fuerza, sino como para decirme: más.

Me levanté. Te tomé de la mano y te llevé a la cama. Te acostaste, con los brazos atrás, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos cerrados. Me subí con vos, y cuando te abrí las piernas con la mía, sentí tu calor, tu humedad, tu期待. Te besé el cuello, el pecho, el ombligo, hasta que estuvimos cara a cara, y vos me dijiste, con la voz rota:

—Quiero que me garchés, porfa.

—Dime si es mucho.

—Sí. Yo lo quiero. Yo lo necesito.

Te entré suavemente. No fue rápido, no fue brusco. Fue como cuando el río entra en la desembocadura: con calma, con presión justa, con la certeza de que hay espacio para ambos. Te sentí estirarte, con los pies apoyados en la cama, con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta. Te miraba mientras me absorbías, mientras te corrías con mi nombre en los labios.

—Sí, sí, sí —me decías—. Más adentro, más lento, más fuerte.

Yo te cogía con lentitud, con intención, con los ojos en los tuyos. Te sentí temblar, sentí cómo tu cuerpo se cerraba alrededor mío, cómo tu respiración se volvía más agitada

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