El vecino nuevo y la vecina del quinto
8 minEl vecino nuevo y la vecina del quinto
La primera vez que Daniel vio a Renata, estaba colgando ropa en la terraza del quinto piso, esa que daba al sol de la tarde, con una camiseta ajustada que dejaba ver la curva de sus costados y las curvas más duras de su trasero. Él, de veinticuatro años recién cumplidos, acababa de mudarse al departamento del cuarto, y lo primero que notó no fue la arquitectura del edificio ni la vista desde su balcón, sino el movimiento lento, deliberado, de sus brazos mientras estiraba una sábana. Tenía el pelo recogido en un moño deshecho, algunas hebras sueltas pegadas a la nuca por el calor. Y una marca de sol en el hombro izquierdo, como una huella pequeña y oscura.
—Oye —dijo ella sin voltear, como si ya lo hubiera sentido llegar—, si me vas a espíar desde ahí, al menos tráeme una botellita de agua fría del refrigerador.
Daniel se sonrojó. No era que la estuviera espiando. Pero sí la había estado mirando, sí. Porque Renata tenía cuarenta y nueve años, y eso se notaba. No en arrugas, no en flacura, sino en la forma en que se movía: con seguridad, con lentitud, como si el tiempo ya no la apurara, como si hubiera aprendido a usarlo todo, incluido su propio cuerpo, con parsimonia y propósito.
—Claro —respondió, y bajó dos tramos de escaleras hasta su nuevo departamento para traerle el agua.
Ella ya estaba sentada en una silla de plástico, con las piernas cruzadas, una camiseta blanca que apenas contenía sus pechos redondos y firmes, y una falda corta que dejaba ver muslos tersos, sin estrías, sin celulitis. Tenía las uñas pintadas de rojo, los pies descalzos y los dedos ligeramente morenos por el sol.
—Gracias —dijo, tomando la botella y dándole un trago largo. Le ofreció una sonrisa cómplice—. ¿Te mudaste hoy?
—Sí. Hace una hora.
—¿Solo?
—Con un amigo. Se fue hace un rato.
Renata asintió, se levantó con lentitud, y caminó hasta la barda de la terraza. Miró hacia abajo, hacia la calle, y luego volvió a voltear hacia él. Tenía los ojos verdes, un poco hundidos, con líneas finas en los bordes, pero la mirada clara, directa, sin tapujos.
—¿Quieres subir a tomar algo? Tengo tequila. El buenito.
Daniel no tuvo que pensarlo. Subió los cinco pisos con el corazón en la garganta, no por miedo, sino por anticipación.
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Renata vivía en un departamento pequeño pero bien amueblado. Parecía una casa: alfombras gruesas, cojines en el suelo, luces tenues, y música de fondo: jazz lento, de esos que uno escucha en una cafetería de Polanco a las tres de la madrugada, cuando el mundo ya no existe.
—Siéntate donde quieras —dijo ella, desabrochándose el botón de su falda—. El sofá o el colchón en el suelo. Yo uso este espacio cuando no tengo visitas.
—¿Y cuánto hace que no tienes visitas? —preguntó él, sentándose en el borde del sofá, con las manos sobre las rodillas, como si temiera que si se movía, todo se derrumbara.
—Un año, más o menos —respondió ella, acercándose con la botella y dos vasos pequeños—. Fue después de la separación. Y antes, ya no valía la pena.
Daniel tragó saliva. Ella se sentó frente a él, con las piernas abiertas a propósito, sin crudeza, pero con intención. El tequila olió fuerte, dulce, amargo, como su sonrisa.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó ella, ofreciéndole el vaso.
—Veinticuatro.
Ella se rió, una risa baja, gutural, como si hubiera escuchado eso antes y le hubiera gustado volver a oírlo.
—Claro que sí. Se te nota. Pero no es un problema.
—¿No?
—No. A mí me gusta. A veces me dan ganas de ser joven otra vez… o de ver cómo se siente serlo con alguien que aún lo es.
Daniel la miró. Ella no era hermosa en el sentido tradicional. No era una modelos de revista. Pero era hermosa de otra manera: con la piel dorada por el sol, con las cicatrices de una vida vivida, con los senos que le colgaban un poco, pero firmes, con las nalgas anchas, con los muslos que decían “aquí he estado, y aquí seguiré”.
—¿Y qué te gustaría ver? —preguntó él, bajando la voz.
Renata se inclinó hacia adelante, y él vio cómo se le erizaban los pezones bajo la camiseta. No por frío. Por curiosidad. Por deseo.
—Me gustaría ver cómo te mueves. Me gustaría saber si eres valiente. Me gustaría saber si sabes usar las manos, la boca, la verga…
Daniel se puso rojo otra vez. Pero esta vez no por vergüenza, sino por el calor que le subió del estómago hasta la entrepierna.
—Sí —dijo, sin dudar.
Ella se puso de pie, lentamente, y se desabrochó la camiseta. No con prisa, no con teatralidad. Como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era. Porque Renata no tenía nada de lo que ocultar. Sus senos eran redondos, con pezones grandes y oscuros, con líneas de estiramiento en los laterales, como si hubieran amamantado. Y lo habían hecho, sí. Lo notó por la forma de sus caderas, por la curva de su vientre, por la seguridad con la que se movía.
—¿Te gusta? —preguntó ella, dejando la camiseta en el suelo.
—Sí —murmuró Daniel, sin quitarle los ojos de encima.
—Entonces acércate.
Él se acercó. Ella le quitó la camiseta también, y cuando sus pechos tocaron los de él por primera vez, fue como si el tiempo se detuviera. No era el tacto de una adolescente. Era el tacto de una mujer que sabía lo que quería, y lo que quería era él.
—¿Tienescondón? —preguntó ella.
—Sí. En mi mochila.
—Buen chico —dijo ella, acariciándole la barbilla—. Me encantan los chicos buenos.
Lo empujó suavemente hacia atrás, sobre el colchón. Él se dejó caer, y ella lo siguió, colocándose encima de él, con las rodillas a los lados de su cintura. Lo miró a los ojos mientras se desabrochaba el pantalón.
—¿Cuánto tiempo hace que no te jodes? —preguntó ella.
—Un año —mintió él.
Ella se rió otra vez.
—Mentira —dijo—. A lo mejor no has estado con nadie desde que te mudaste. Pero no importa. Hoy te voy a chingar bien.
Y lo hizo.
Se inclinó y le chupó el pene a través de la ropa interior. No con timidez, sino con una seguridad que lo hizo estremecer. Lo jaló hacia arriba, lo sacó, y lo sostuvo entre sus dedos, acariciándolo con lentitud, como si lo estuviera evaluando. Luego, lo llevó a su boca.
Daniel no era nuevo en esto. Pero nunca nadie lo había hecho así. Con calma. Con intención. Con sabiduría. Renata sabía cuánto tiempo podía tardar, sabía cuándo debía presionar, cuándo debía soltar, cuándo debía girar la lengua. Y lo hacía sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando Daniel ya no pudo más, ella se levantó, se quitó la falda, y se sentó sobre él, con la verga apuntando hacia su vagina. Él la sujetó por las caderas, sintiendo su humedad, su calor, su expectación.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Sí —respondió ella, bajando suavemente hasta que la verga entró en ella, poco a poco, con un gemido bajo, como si estuviera reencontrándose con algo que había olvidado.
Daniel la miró mientras se movía. Ella no se dejaba llevar. Ella lo lideraba. Ella controlaba la profundidad, la velocidad, el ángulo. Y cada movimiento era una promesa: “Yo sé lo que hago. Yo sé lo que quieres. Y tú vas a disfrutarlo”.
Cuando llegó al clítoris con los dedos, Daniel se estremeció. Ella no se detuvo. Continuó con su ritmo, con su vaivén, con su risa entre dientes, como si todo esto fuera un juego que ambos conocían desde hace años.
—Mira cómo te muevo —dijo ella, inclinándose hacia adelante, con las manos en el colchón—. Mira cómo te tomo. Esto no es para principiantes, Daniel. Esto es para quienes ya saben lo que quieren.
Él la tomó de las caderas y la jaló hacia abajo, hundiéndola más, hasta que ella gritó su nombre como una oración.
—Renata —dijo él.
—Sí —respondió ella—. Renata. La que te va a hacer olvidar el nombre de tu mamá.
Y cuando llegó, lo hizo con un grito largo, desgarrado, como si estuviera liberando años de silencio. Daniel la siguió segundos después, inundándola con cada latido, con cada sacudida, con cada palabra que no alcanzó a decir.
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Después, ambos quedaron quietos, sudados, entrelazados, como si el mundo ya no existiera.
Renata le acarició el pecho con la punta de los dedos.
—¿Sabes qué me gustó de ti? —preguntó.
—¿Qué?
—Que no intentaste impresionarme. Que no te hiciste el loco. Que solo estabas ahí, conmigo.
Daniel la miró. Tenía los ojos húmedos, pero no de llanto. De satisfacción.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó.
—Ahora —dijo ella, sentándose y poniéndose de pie—, vamos a vernos otra vez. Porque esto… esto no fue un accidente. Fue una elección.
Y le dio un beso en la frente, como si fuera un regalo.
—Y mañana —añadió—, si te portas bien, te dejo chupar otra vez.
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