El vecino nuevo del piso de arriba
Elena vivía sola desde hacía dos años, después del divorcio. Su departamento, en un edificio antiguo pero bien mantenido del centro de la ciudad, tenía paredes delgadas y suelos de madera que crujían con cada paso. No le gustaba el silencio, así que dejaba música suave de fondo mientras cocinaba, leía o se duchaba. Pero desde que se mudó Isaiah, el vecino del piso de arriba, todo cambió.
Isaiah era alto, moreno, de piel oscura como café recién pasado, con brazos marcados por músculos definidos por años de entrenar en un gimnasio. Tenía ojos oscuros, casi negros, que parecían absorber la luz y los pensamientos. Había llegado hace apenas tres semanas, y desde el primer momento, Elena sintió algo: una tensión silenciosa, una atracción que no podía negar ni explicar. Él siempre saludaba con una sonrisa lenta, con una mirada que no la dejaba escapar. No decía mucho, pero cuando lo hacía, su voz era grave, pausada, como un latido profundo.
La primera vez que cruzaron palabras más allá del “buenas noches”, fue cuando a Elena se le rompió la tetera y el agua hirviendo se derramó sobre su mano. Gritó, y un segundo después, la puerta de arriba se abrió. Isaiah apareció en la escalera, con la camiseta desabrochada, el pecho cubierto de vello oscuro, y una toalla alrededor del cuello. Sin esperar invitación, entró, tomó su mano, la metió bajo el grifo frío y la sostuvo con firmeza mientras le hablaba con calma.
—Nunca uses agua caliente directamente sobre la piel quemada. Primero frío. Luego aceite de oliva. Y luego… me dices.
Elena lo miró, con la respiración entrecortada, la piel ardiendo no por la quemadura, sino por la cercanía de su cuerpo. Sentía el calor de su pecho, el olor a madera y a jabón de afeitar, a sudor salado. Él no soltó su mano hasta que ella ya no temblaba.
—Gracias —susurró.
—De nada —respondió él, y la soltó con lentitud, como si cada milímetro de distancia entre ellos fuera una pérdida.
Dos días después, Elena lo esperó en la escalera, con dos tazas de café. Se las dio una por una, y él la miró fijamente mientras tomaba la suya.
—¿Te apetece subir a tomar algo?
No era una pregunta. Era una invitación que ya sabía la respuesta.
Subieron. El pasillo era estrecho, y los pasos de Isaiah resonaban como tambores. La puerta se abrió con un clic suave. El departamento era oscuro, minimalista, con luces tenues que marcaban sombras profundas. El aroma era diferente: madera quemada, cuero, un toque de vainilla.
—Siéntate —dijo él, sin apartar la vista de ella.
Elena se sentó en el sofá de cuero negro, con las piernas juntas, las manos sobre los muslos. Isaiah se acercó, lento, como un depredador que sabía que su presa ya no quería huir. Se quitó la camiseta, dejando al descubierto un torso macizo, con pezones oscuros y pequeños, y un vello que descendía en una línea firme hacia el borde de los pantalones.
—¿Tienes miedo? —preguntó, sentándose a su lado, a centímetros.
—No —mintió.
Él sonrió, con la boca entreabierta, y puso una mano sobre su rodilla. No apretó. Solo estuvo ahí, como una promesa.
—Mentira —susurró—. Pero es bueno que mientas. Porque luego el miedo se vuelve algo más.
Con los dedos, deslizó la mano por su muslo, hacia arriba, lento, hasta que rozó el borde del short que usaba debajo del vestido. Elena contuvo el aliento. Su corazón latía como un tambor en su garganta.
—Quítate el vestido —ordenó, sin voz de súplica, pero con firmeza.
Elena se puso de pie, y mientras se quitaba el vestido, él no movió los ojos de ella. Lo dejó caer al suelo, y quedó en ropa interior: un conjunto negro de encaje, con copas profundas y una cinta que se perdía entre sus muslos.
—Bella —dijo él, en voz baja—. Pero no suficiente.
Se levantó, la tomó de la muñeca, y la llevó hasta el centro de la habitación. Con una sola mano, levantó su mentón. Con la otra, deshizo la cinta de su ropa interior y la separó, abriendo el conjunto como si fuera un regalo. La tela cayó al suelo, dejando al descubierto su vulva, ya húmeda, los labios hinchados, oscuros por el deseo.
—Veo que ya me quieres —dijo, inclinándose para lamer uno de sus pezones.
Elena gimió, arqueando la espalda. Su pecho palpitaba, y sus dedos se hundieron en el cabello de Isaiah. Él la empujó hacia atrás sobre el sofá, se puso entre sus piernas, y con la lengua, abrió sus labios, explorando cada pliegue, cada nudo de nervios.
—Huele bien —dijo, mientras le separaba más los muslos—. Como miel y sal.
Y entonces, sin más advertencia, la empujó con dos dedos, hundiéndolos en su vagina con fuerza, pero sin dolor. Elena gritó, una mezcla de sorpresa y placer. Él la miró, sonriendo.
—No te aguantes. Gime. Quiero oírte.
Y volvió a metérselos, más hondo, con el pulgar presionando su clítoris. Elena se retorcía, con las uñas clavadas en el cuero del sofá. Sus piernas se abrían más, más fácil, como si su cuerpo ya supiera qué quería.
—¿Quieres que te foda? —preguntó, sacando los dedos y llevándoselos a la boca, chupándolos lentamente.
—Sí —gimió.
—¿Quieres que te rompa?
—Sí.
—¿Quieres que te haga llorar?
—Sí.
—Entonces agárrate.
Se levantó, se desabrochó los pantalones y sacó su polla. Era gruesa, oscura, con la cabeza hinchada, la piel tirante. El prepucio se retraía con cada latido, mostrando un glande brillante de preseminal. Elena lo miró, hipnotizada. Era grande. Más de lo que había imaginado. Y más hermoso.
—Levántate.
Ella se puso de pie, apoyada en el sofá, con las manos en sus hombros. Isaiah la tomó de la cintura, la giró, y la inclinó sobre el respaldo. Ella se mordió el labio, sintiendo el aire fresco en su trasero, en su vulva, en su culo abierto.
—No te toques —dijo él—. Déjame controlarte.
Y la penetró con un solo movimiento, hundiéndose hasta la raíz. Elena gritó, una voz aguda, desgarrada. Su cuerpo se estiró, se llenó, se quemó. Él se detuvo un segundo, respirando con fuerza, con los dedos clavados en sus caderas.
—Tú eres mía ahora —dijo, y empezó a moverse.
No era sexo. Era posesión. Cada embestida lo arrancaba del suelo, cada golpe lo hacía temblar. Él no la miraba. La sentía. La tomaba. La usaba como se merecía. Su polla golpeaba su césped interno, rozando su punto G con precisión mortal. Elena se aferraba al sofá, con los nudillos blancos, gritando, suplicando, pidiendo más.
—Más —lloraba—. Más.
—Dime quién te duele —exigió él, sacudiéndola con más fuerza.
—Tú —respondía ella—. Tú me dueles. Tú me rompes.
Isaiah aceleró, con la mano libre sujetándole el pelo, tirando hacia atrás, obligándola a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, brillantes, húmedos. No había crueldad. Solo deseo puro, salvaje.
—Voy a correrte —dijo, y la golpeó una, dos, tres veces más, hasta que su cuerpo se deshizo.
Elena gritó, su vagina convulsionando, su clítoris palpitando, sus piernas temblando. Sentía el calor, el líquido salado que brotaba de su cuerpo, mezclándose con el sudor, con el deseo. Y justo cuando su orgasmo empezaba a desvanecerse, él se corrió dentro de ella, con un gruñido gutural, inhumano, incontrolable. Sus testículos se contrajeron, su polla palpitó, y la llenó hasta el fondo.
Se quedaron así, unidos, respirando, sudando, con el corazón latiendo al unísono.
Isaiah la soltó suavemente, la tomó en brazos y la llevó a la cama. Se acostó a su lado, sin apartar la vista de ella.
—¿Volverás a hacer eso? —preguntó ella, con la voz rota.
Él sonrió, con la boca entreabierta.
—Cada noche. Mientras tú quieras.
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