El vecino del quinto

El vecino del quinto

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La ventana del quinto piso siempre estaba entreabierta. No por descuido, sino por elección: Lucía sabía que el vidrio empañado dejaba ver sombras danzantes, pero nunca rostros nítidos. Y a Carlos, que vivía en el cuarto, le encantaba ese juego. Desde su balcón, con una taza de café humeante y el sol empezando a ceder en el horizonte bogotano, observaba cómo ella se vestía, se desvestía, se mojaba el cabello después de la ducha. Nunca dijo nada. Ella nunca lo supo —o eso creyó— hasta aquella tarde de junio, cuando el aire se cargó de humo de leña y risas lejanas por el parque.

Lucía había invitado a su amiga Camila a probar una nueva receta de arepas rellenas de queso y ají. Se habían cambiado a ropa ligera: shorts ajustados, blusas transparentes, pies descalzos sobre el piso frío del apartamento. Ellas reían, se tocaban los brazos, se empujaban con complicidad. Carlos, escondido tras la cortina del balcón contiguo, sintió el pulso acelerarse. No era la primera vez que las veía, pero esa vez era distinto: el sol se filtraba por las rendijas, iluminando la curva de las caderas de Lucía mientras se inclinaba para sacar las arepas del horno. El sudor le resbalaba por la sien. Su mano tembló al ajustar la cámara —una vieja Sony, regalo de su padre—, pero no hizo foto alguna. Solo miró. Dejó que la imagen se grabara en la retina, no en el sensor.

—¿Te late el ají? —preguntó Camila, lamiéndose los dedos con una sonrisa traviesa.

—Me lo como entero si me lo ofreces bien —respondió Lucía, juguetona—. Pero solo si me das un beso primero.

Camila no dudó. Se acercó, le agarró la nuca y la besó con fuerza, lengua y todo. Lucía gimió, bajó los hombros, dejó que sus pechos se moveran con la respiración acelerada. Carlos apretó los labios. Su pito ya estaba tieso contra el tejido de los pantalones. No se tocó. Se mantuvo quieto, como un fantasma con voluntad de observador.

Esa noche, lloviznaba suave sobre Bogotá. Carlos escuchó un toque en su puerta. Abrió con el corazón en la garganta. Era Lucía. Vestía un vestido negro que le subía hasta la mitad del muslo, sandalias de taco alto y el cabello húmedo, como recién salido del baño. No sonreía. Solo lo miró, con los ojos semicerrados, como evaluando si valía la pena el riesgo.

—Sé que me has estado mirando —dijo, voz baja, pausada—. Desde el balcón. Con esa cámara que ni usas.

Carlos tragó saliva. Quiso negar. Pero no pudo.

—Entonces… —dijo Lucía, entrando sin esperar permiso—. Hoy no solo vas a mirar. Hoy vas a *ser* mirado.

Se sentó en el sofá, cruzó las piernas con lentitud deliberada. Le quitó la camiseta, dejando al descubierto el sostén de encaje negro. Se inclinó hacia adelante, y Carlos vio cómo su pito rebotaba contra su muslo, húmedo ya por el deseo. Ella se acercó más, le apoyó la mano sobre el pecho, sintió el latido desbocado.

—¿Quieres que te toque? —susurró—. Oprefe… o me pongo de pie y me quito este vestido, te dejo ver cómo me gusta que me miren cuando me toco sola.

Carlos no respondió. Solo le agarró la muñeca y la jalo hacia él. Ella rió, un sonido bajo, vibrante, como un trueno lejano. Se quitó el vestido en un movimiento fluido, sin perder contacto con su mirada. Quedó con solo el encaje y los tacones. Se subió a su regazo, sentándose a horcajadas, moviendo las caderas con un ritmo lento, casi teatral.

—Dime lo que ves —ordenó.

Carlos respiró hondo. Le pasó la mano por el cuello, bajó hasta el borde del sostén, tiró suavemente. Uno de los pechos saltó al aire, la pezón duro como una cereza madura. Ella gimió, más por teatro que por necesidad, pero Carlos ya no se controlaba. Le metió la mano al bragas, sintió su humedad, su calor.

—Estás mojada, ricura —dijo, voz ronca.

—Tú también —respondió, apretando su entrepierna con la mano—. Pobrecito… ¿quieres que te lo saque?

Carlos asintió. Ella se levantó, lo empujó hacia la cama, y se quitó el resto de la ropa con una lentitud que dolía. Se colocó frente a él, abrió las piernas, y se tocó el clítoris con dos dedos, moviéndolos con un ritmo que Carlos conocía ya de tantas noches de fantasía.

—Así —dijo, mirándolo a los ojos—. Mírame. Yo te veo. Te veo desearme. Te veo quererme. Y si me mamas bien, te dejo meter ese pito que tanto me mira.

Carlos no se hizo de rogar. Se inclinó, le separó los labios con la lengua, y comenzó a chuparla con fuerza, lamiento tras lamiento, hasta que ella gimió alto, se arqueó, y le gritó:

—¡Sí! ¡Sí! ¡Me estás volviendo loca, vecino!

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