El último viaje del capitán

El último viaje del capitán

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (13) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca creí que el mar me iba a devolver algo más que sal en la piel y cicatrices en el alma. Pero ese día, cuando el *Isla de los Pinos* atracó en Veracruz, y vi a mi sobrina Lía bajando por la pasarela con esas malditas botas de marinero y la camiseta blanca pegada al sudor del trópico, supe que algo en mí había dejado de ser estático.

Era la primera vez que la veía desde que cumplió dieciocho, y aunque la había criado como hermana —porque mi hermana falleció cuando ella era chiquita y mi cuñado se fue a trabajar a Houston—, el tiempo y el silencio habían hecho su trabajo: me había dejado solo con el recuerdo de una niña que se reía con la mano tapándose la boca. Pero Lía ya no era niña. Tenía veintidós años, piel morena con el brillo de la luz del sol del Caribe, y ojos que ya no miraban al suelo cuando caminaban. Me miraron de frente, directo a la cara, y me sonrió como si me hubiera estado esperando.

—Capitán —me dijo, con esa voz que ya no sonaba aguda, sino baja y clara, como el eco entre los mástiles de noche.

Le dije que no me llamara así, que ya no era capitán desde que vendí mi parte del barco. Pero ella ya tenía las manos en mis brazos, con los dedos un poco húmedos, como si le hubiera costado trabajo mantener el equilibrio entre la emoción y la vergüenza. Y luego, entre el bullicio del puerto, entre gritos de cargueros y el olor a gasolina y sal, me besó. No fue un beso de reencuentro. Fue un beso de fuego lento, de lengua que entró como si ya lo hubiera ensayado en sueños. Su boca tenía sabor a limón y a algo dulce que no reconozco sino cuando me recuerda a mi hermana… pero ya no era ella. Era Lía.

—¿Tú me quieres? —me preguntó, sin soltarme, los ojos fijos en los míos, como si temiera que me fuera.

Yo no supe responderle. No con palabras. Así que la tomé de la cintura, la jalé contra mí, y sentí cómo su cuerpo se curvó, cómo su respiración se aceleró, cómo su falda corta se pegó a mis muslos con el roce de la embarcación que se balanceaba suavemente.

—Tú me quieres —insistió—. Yo sí te quiero. Desde hace tiempo.

Me llevó a mi casa, esa que tengo en el barrio de la Maternidad, pequeña, con paredes amarillas y un jardín donde crecen plantas de limón y de tabaco. Le mostré el cuarto de invitados, pero no me pidió que le abriera la puerta. Entró conmigo, sin soltarme, y cuando cerramos, el silencio era tan fuerte que se oía el latido de sus pulmones, el golpe de su corazón contra el esternón.

Se quitó las botas con lentitud, como si cada movimiento fuera un ritual. Se desabrochó la camiseta con dos dedos, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro, con los bordes desgastados por el sol y el mar. Me acerqué, le pasé la mano por la nuca, le besé el cuello, y sentí cómo se estremecía, cómo sus rodillas se aflojaban un poco. Me miró, con los labios entreabiertos, con las mejillas rojas, con esa sonrisa de quien ya decidió perderse.

—¿Y si nos jode alguien? —dije, casi como un eco, como si el miedo fuera una sombra que aún me acompañaba.

—Aquí no hay nadie —respondió—. Solo estamos tú y yo. Y yo ya no soy tu sobrina. Soy una mujer. Y tú… tú ya no eres mi tío. Eres el hombre que me hace temblar.

Y entonces, sin más, me desabrochó el pantalón, me sacó la verga, ya dura y caliente, como una rama de palma que se ha secado al sol y se quebró con fuerza. Me miró, me la sostuvo con las dos manos, y se la llevó a la boca. No la besó. No la chupó. Solo la rozó con la punta de la lengua, como si estuviera probando si era real. Y luego me dijo, con la voz quebrada:

—¿Te acuerdas cuando me enseñaste a nadar? —me preguntó, sin soltarla—. Me dijiste que no tuviera miedo, que el agua me iba a sostener… Y yo no sabía que el cuerpo de un hombre también puede sostener.

La tomé de las caderas, la giré, y la senté sobre la cama, donde el sol entraba por la ventana y se partía en dos sobre las sábanas blancas. Le subí la falda, le bajó la bragas, y vi su culo, redondo, firme, con esa curva que me había imaginado cientos de veces en mis sueños más vergonzosos. Le abrí las nalgas con las yemas de los dedos, le besé el hueco, le lamió la entrada como si fuera un secreto que me había estado guardando para mí.

—No me detengas —dije, cuando ya no pude más.

Ella solo asintió, se volteó, me miró con los ojos cerrados, y me dijo:

—Cógeme, tío. Cógeme como si fuera la última vez que navegamos juntos.

Y la cogí. Con lentitud, con cuidado, con esa mezcla de ternura y desesperación que solo dan los años de silencio. Sentí cómo su cuerpo se abría, cómo se contraía, cómo me absorbía con una fuerza que me hizo temblar las manos. Me agarré de sus caderas, la sentí gemir mi nombre como una plegaria, como una maldición, como un juramento.

—Maldición… —susurró—. Maldición, qué rico eres.

Le besé la espalda, le mordí el hombro, le dije palabras que nunca imaginé decirle. Le dije que era hermosa, que era mía, que me había vuelto loco desde el primer día que la vi crecer. Y ella me respondió con más besos, con más gemidos, con las piernas cerradas alrededor de mi cintura, empujándome más adentro, como si quisiera que la rompiera.

Cuando llegamos al final, ella se tensó, se contrajo, y gritó mi nombre como si fuera un faro en medio de la tormenta. Yo la seguí, la verga palpitando, el calor subiéndome a la cara, y derramé dentro de ella como si fuera el último refugio de un náufrago.

Nos quedamos abrazados, sudados, sin fuerzas, con el silencio regresando poco a poco, como la marea baja. Ella se volvió hacia mí, me miró con los ojos húmedos, y me acarició la barba.

—¿Ahora qué? —preguntó.

—Ahora —dije—, ahora nos quedamos un rato más. Porque el mar nos dio un respiro… y hoy no vamos a dejar que nos lo quiten.

Y así fue. Nos quedamos hasta que el sol se fue, hasta que las luces de Veracruz comenzaron a brillar en la distancia, hasta que el viento trajo el olor a pescado fresco y a fuego de leña. Y cuando por fin nos levantamos, cuando nos vestimos con calma, cuando nos miramos frente a frente, sin vergüenza, sin miedo, supe que el mar no me había devuelto nada. Me había regalado algo que ni yo sabía que estaba perdido.

Y ese algo se llamaba Lía.

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