El Último Trueno en el Cerro de la Graña
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La primera vez que vi a Lucía en el cerro de la Graña, pensó que era un turista más con cámara y sudadera de algodón. Yo, en cambio, la había estado observando desde la terraza del café de doña Milagros, mientras ella subía con su mochila de trapos viejos y los pantalones ajustados que le marcaban la curva del culo como si fuera pintado a mano. No era una de esas chicas de ciudad que van a hacerse fotos con el paisaje y se van. Ella caminaba con la seguridad de quien conoce cada piedra, cada sombra, cada rincón de ese sendero que sube entre los arrayanes y los eucaliptos.
Me acerqué cuando bajaba, ya con el sol cayendo en ángulo plano, dorando el cabello castaño que llevaba recogido en un nudo deshecho. Le ofrecí agua. Ella me miró como quien mira un trueno antes de que caiga: con respeto, pero sin miedo.
—¿La ayuda que le ofreces es de verdad, o solo es para decirlo? —me preguntó, y su voz sonaba como el crujido de hojas secas bajo el pie.
—Depende —le dije—. Si me dice que no, me voy a beber el agua yo solo, y le dejo la botella sobre la piedra. Si dice que sí… bueno, entonces algo va a cambiar.
Ella se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y asintió, apenas.
Pasamos esa noche en mi casa, un caserón viejo con techos de teja y ventanas que daban al valle. No hablamos de nada importante: de la lluvia que vendría, del sabor del aguardiente con limón, de cómo su abuela solía tejer mantas con lana de oveja de los Andes. Ella se quitó los zapatos antes de entrar, y cuando se sentó en el sofá, se estiró como un gato que ha llegado a casa.
—¿Te importa si me quito la camisa? —preguntó, sin mirarme, con la mano ya sobre el botón del cuello.
—Si no me importa —respondí—, ¿tú qué te importas?
Ella rió, un sonido suave, como el eco de una campana lejana. Se quitó la camisa despacio, dejando ver una camiseta fina, casi transparente, que dejaba entrever el contorno de sus senos, pequeños y firmes, como guayabas recién cogidas del árbol. Se quitó también el pantalón, y allí estaba: el culo de Lucía, redondo y terso, con esa curva que solo dan las mujeres que han nacido para sentarse en piedras calientes y caminar descalzas porSenderos de tierra.
Me acerqué por detrás. No la toqué de inmediato. Primero inhale su olor: sudor, tierra mojada, y una nota floral que venía de su champú casero de manzanilla. Mis dedos rozaron su cintura, luego la curva de su cadera, y finalmente, con una lentitud que era más promesa que presión, bajaron hasta el borde de su braguita.
—¿Estás conmigo? —le pregunté, no como una orden, sino como una súplica.
Ella se giró un poco, me miró con los ojos entreabiertos, y asintió.
—Estoy contigo, Emilio. Pero no me hagas daño.
—Nunca —le prometí—. Te prometo que solo voy a darte placer.
Me arrodillé frente a ella. Le bajó la braguita con cuidado, como si fuera un papel de seda, y entonces vi su entrepierna: húmeda, oscura, con los labios entreabiertos como pétalos de flor que se abre al sol. Me demoré en lamerle el clítoris, primero con la punta de la lengua, luego con suavidad, como si acariciara una hoja tierna. Ella jadeaba, se aferraba a mis hombros, y sus caderas se movían al ritmo de mi boca.
—Mamá mía… —murmuró, y ese “mamá” no era de niño, era de mujer que sabía lo que quería y lo pedía sin vergüenza—. Muerde, si quieres.
Le mordí el muslo izquierdo, solo un apretón suave, y ella gritó. No un grito de dolor, sino de entrega. Entonces me levanté, me desabroché los pantalones, y saqué mi pito, que ya palpitaba como un tambor en la piel. Le puse una mano en la cadera, la otra detrás de la nuca, y la besé en los labios mientras la penetraba con la punta.
—Relájate —le dije—. Yo te guío.
Me costó entrar. Su cuerpo no estaba hecho para eso, y lo sentí como un acto de confianza tan grande que casi me detuvo. Pero ella me miró, me tomó la cara entre sus manos, y me dijo:
—Sigue. Estoy contigo.
Entonces empecé a empujar, con paciencia, con respeto, con lentitud. Cada centímetro era una promesa. Su cuerpo se abrió como una flor en primavera, lenta, inevitable. Sentí su calor, su apretón, su ternura. Se mordió el labio para no gritar, pero no pudo evitar un gemido bajo, profundo, como el rugido de un río que se rompe en las rocas.
—Estás rico… —susurré—. Estás tan rico, Lucía…
Ella empezó a moverse conmigo, a subir y bajar, a apretar y soltar, como si estuviera aprendiendo un baile que llevaba años sabiendo pero nunca había bailado. Sus dedos se clavaban en mis brazos, sus uñas rozaban la piel, y cada vez que la embestía, ella cerraba los ojos y dejaba que el placer la llevara.
—Más —me pidió al final—. Más fuerte. Quiero sentirte hasta en la garganta.
Y lo hice. La tomé con las dos manos, la levanté un poco, y la clavé con fuerza, cada vez más hondo. Ella soltó un grito que se perdió en el techo, en las vigas de madera, en el eco de la casa vieja. Su cuerpo se tensó, se estremeció, y entonces explotó. Fue como un trueno en el cerro: seco, inconfundible, inevitable.
Yo la seguí, una, dos, tres veces, hasta que no pude más. Me derramé dentro de ella, como si fuera una lluvia de junio que inunda los campos. Me dejé caer sobre ella, sin romper el contacto, sin soltarla.
Quedamos así, abrazados, sudorosos, con el aliento entrecortado, mientras afuera comenzaba a llover.
—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó, sin soltarme.
—Ahora —le dije, y le besé la frente— te mamo hasta que te vuelvas a estremecer.
Y así lo hice.
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