El último trago antes del temblor

El último trago antes del temblor

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 9 min de lectura

Vos tenés que saber que no fue por casualidad. No fue ese tipo de cosas que pasan cuando estás medio borracho y sin rumbo, buscando un alivio rápido en el primer cuerpo que te ofrece una mano. No, esto fue calculado, fue pensado, fue esperado con esa mezcla de miedo y ganas que solo se siente cuando algo está a punto de romper el equilibrio de tu cuerpo y tu mente al mismo tiempo.

Me llamó a las 22:17, un miércoles de junio que llovía con una tenacidad que parecía querer limpiar algo que nadie quería reconocer. Tenía el celular apoyado en el hombro mientras cocinaba una fideos con la mano izquierda, la derecha agarrotada por el frío de la heladera. Su voz salió ronca, como si hubiera estado callando mucho rato antes de decidirse a hablar.

—¿Vos qué estás haciendo?

Le dije que cocinaba. Que ya había encendido la estufa, que los fideos iban a estar en cinco. Me preguntó si me había acordado de lo que habíamos quedado en conversar, y yo ya sabía a qué se refería. No habíamos hablado de nada en persona desde aquella noche en la que nos besamos frente al espejo del baño del bar *La Cava*, con el vidrio empañado por el vapor del vino y el aire cargado de humo y promesas vacías.

—¿Vas a venir o no? —insistió, y esa frase, tan simple, me hizo soltar el cucharón y apagar el fuego.

—Voy.

Lucía no era nueva en mi vida. Habíamos sido amigos durante años, desde la facultad, cuando ambos íbamos a la misma carrera deLetras. Ella siempre tenía esa mirada de quien sabe demasiado y dice muy poco. Y yo, siempre con el corazón demasiado grande para la boca.

Llegué a su casa a las 23:02. La puerta no estaba cerrada. Sabía que no lo estaría. El portón de hierro pintado de verde, con esa herrumbre que parecía sangre seca, se abrió con un crujido que me recordó al sonido que hace la madera cuando se parte de golpe.

Estaba parada en la cocina, con una camiseta blanca que le quedaba pequeña, los brazos desnudos, el pelo suelto y húmedo, como si se hubiera lavado y no se hubiera secado. Tenía una copa de vino en la mano, pero no la estaba bebiendo. La miraba girar, el líquido oscuro describiendo espirales contra las paredes de cristal.

—Viste que llovía como si el cielo se hubiera roto —dije, sacando el abrigo y dejándolo en el sofá.

—Sí —respondió, y por fin me miró. No una mirada cualquiera. Una mirada que me despojaba de a poco, como si cada segundo que pasaba con los ojos puestos en mí, le permitiera quitar una capa de ropa invisible.

Me acerqué. No rápido. No como si me estuviera muriendo por tocarla, sino como quien se acerca a un fuego que ya sabe que va a quemar, pero que igualmente no puede evitar.

—¿Por qué me llamaste? —le pregunté, y mi voz sonó más baja de lo que quería.

Ella se giró, dejó la copa en la mesada y se volteó con los codos apoyados atrás, como si estuviera esperando algo que aún no había llegado.

—Porque necesito que me garchés. Pero no como antes. No rápido. No sin sentirlo todo.

Me quedé quieto. No por sorpresa, sino por respeto. Porque en esa frase, en ese pedido tan directo, tan limpio, tan sin rodeos, había algo que iba más allá del deseo. Había una confesión. Un pacto.

—¿Estás segura? —le pregunté, y la miré bien a los ojos.

—Sí. Pero primero, necesito que me beses como si no supieras cuándo vas a volver a hacerlo.

Y eso hice.

Me incliné, la tomé por la nuca con la mano izquierda, y la besé. No con suavidad, no con timidez. La lengua le entró en la boca como si tuviera permiso para quedarse, como si fuera la primera vez que lo hacía después de años. Ella respondió con un gemido bajo, ahogado, como si estuviera conteniendo algo que estaba a punto de explotar.

Cuando nos separamos, su respiración era agitada, pero los ojos seguían firmes.

—Vamos al cuarto —dijo.

No fue una invitación, fue una orden.

El cuarto era pequeño, con paredes color mostaza y una cama vieja que crujía en las esquinas. Había una lámpara de pie con la luz tenue, apenas suficiente para ver la curva de sus caderas, la curva de sus pechos bajo la camiseta, la curva de sus labios entreabiertos mientras me miraba desvestirse.

Me desabotoné la camisa, lento, y la dejé caer al suelo. Ella no apartó la vista. Me miró como si cada marca en mi pecho, cada cicatriz, cada vello, fueran parte de un mapa que estaba aprendiendo a leer.

—Después de la cena, cuando te fuiste —dijo, sentada ahora en el borde de la cama, con las piernas abiertas al ritmo de su propia respiración—, me quedé parada en la puerta del bar, esperando que vuelvas. No viniste. Y me dije: *si un día lo volvés a hacer, no lo dejes pasar*.

—¿Y si no lo hubiera hecho?

—Entonces hubieras sido solo otro recuerdo. Otro nombre que se borra con el tiempo. Pero vos viniste. Y ahora acá estás.

Me senté frente a ella, a pocos centímetros, con las manos apoyadas en los muslos, los nudillos blancos. Le acaricié la cara, lentamente, con la yema de los dedos. Luego bajé el cuello de la camiseta, y dejé que mis labios rozaran la curva de su hombro, el hueco debajo de su clavícula, el primer borde de su pecho.

—¿Te acordás cómo era antes? —me preguntó, con la voz un poco rota.

—Sí. Rápido. Caliente. Sin pensar.

—Bien. Hoy no queremos eso. Hoy queremos que cada cosa sea lenta. Que cada cosa duela un poco antes de que se vuelva placer.

Me puse de pie. La tomé de las muñecas y la dejé acostada, boca arriba. Le separé las piernas con las mías, sin fuerza, pero con firmeza. Luego, con las manos, le bajé la camiseta, paso a paso, como si estuviera abriendo un regalo que no quería abrir de golpe.

Cuando quedó desnuda, la miré. No con urgencia. Con atención. Sus pechos eran redondos, suaves, con pezones pequeños y oscuros. Su vientre plano, pero con esa curva suave que solo tienen las mujeres que han dado a luz, que han amado, que han vivido. Entre sus piernas, la concha estaba afeitada, con una línea fina de vello que marcaba el camino hacia su interior.

Le acaricié el muslo interno, subiendo lentamente, hasta que mis dedos rozaron el borde de su vulva. Ella estuvo quieta, pero su respiración cambió. Se hinchó el pecho, se tensó el cuello, y me miró con los ojos cerrados.

—¿Te gusta esto? —le pregunté, con la yema del dedo índice rozando su clítoris, apenas.

—Sí —respondió, y esa palabra salió como un suspiro.

—¿Querés que siga?

—Sí. Pero después… después querés que me garchés por el culo.

No respondí. Solo asentí, y volví a besarla. Esta vez en la boca, con más fuerza, con más necesidad, como si estuviera pidiéndole permiso con cada beso.

Le metí dos dedos dentro de la concha, lentamente, mientras la otra mano le apretaba el pecho. Ella arqueó la espalda, y un gemido le salió de la garganta, tan fuerte que casi me hizo detenerme.

—Estás más sensible de lo que recordaba —dije, moviendo los dedos con un ritmo que solo yo conocía.

—Sos vos el que cambió —respondió, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos—. Ahora tenés las manos que saben dónde doler.

Le dije que se volviera.

Se volvió boca abajo, con las manos debajo de la cara, el culo elevado, como una ofrenda. Le separé las nalgas con las palmas, y vi su ano, pequeño, apretado, con ese pliegue oscuro que siempre me había hecho soñar.

—¿Estás segura? —le pregunté, con la mano ya apoyada sobre su entrada, sin presionar.

—Sí. Pero antes, quiero que me lames. Como cuando nos conocimos.

Me puse de rodillas, detrás de ella, y le separé más las piernas. Metí la lengua en su concha, lento, y le pasé por encima del clítoris, luego hacia abajo, hacia su entrada, luego otra vez arriba. Ella se movió, pero no para huir, sino para empujarse contra mi boca.

—Sí —dijo—. Sí, así.

Cuando sentí que se estaba acercando al borde, cuando su respiración se volvió agitada y sus dedos se clavaron en el colchón, dejé de lamer.

—No —dije—. No hasta que me digas que sí.

Me miró por sobre el hombro, con los ojos vidriosos.

—Sí —dijo—. Sí, cagáme por el culo.

Entonces, con una mano, le separé las nalgas, y con la otra, me lubrifiqué con la saliva que le había sacado, y empecé a meterme, paso a paso, en su culo.

Primer dedo. Ella tensó todo el cuerpo.

Segundo. Se agarró de la sábana.

Tercero. Me miró, con los ojos cerrados, y me dijo:

—Más.

Y le di más.

Hasta que estuve dentro de ella, todo. Su cuerpo era apretado, caliente, húmedo, y al mismo tiempo, distante. Era como entrar a un lugar que nadie había visitado, pero que sabía que iba a existir.

Me moví lento. No como si quisiera llegar a alguna parte, sino como si cada empuje fuera un relato.

—Dime qué sentís —le dije, con la boca pegada a su oreja.

—Está… grande. Me está abriendo. Me duele, pero no es dolor. Es como si mi cuerpo se estuviera acordando de algo que olvidé.

—¿Qué es?

—Que puedo sentir todo. Que no tengo que esconder nada.

Me moví más fuerte. Ella jadeó, y por primera vez, gritó. Un grito corto, ahogado, como si estuviera teniendo una revelación.

—Sí —dijo—. Sí, así.

Y seguí. Hasta que sentí que se tensaba, que sus músculos se apretaban alrededor de mí, que su cuerpo se inclinaba hacia atrás, hacia mi pecho, como si me estuviera pidiendo que la sostuviera.

—Voy a venir —le dije.

—Sí —dijo—. Cogéme todo.

Y lo hice.

Me corrí dentro de su culo, con fuerza, con lentitud, con todo lo que había guardado durante años. Ella se estremeció, y un segundo después, ella también vino. No con un grito, sino con un llanto silencioso, con las lágrimas rodándole por las sienes, con los dedos apretando la sábana como si estuviera aferrándose a la vida.

Me retiré suavemente. Ella se quedó acostada, boca abajo, sin moverse. Le pasé la mano por la espalda, y ella gimió.

—¿Te duele? —le pregunté.

—No —dijo—. Me siento llena.

Me senté a su lado, y la tomé de la mano.

—¿Por qué hoy? —le pregunté.

—Porque hoy me di cuenta de que no quería más recuerdos. Quería algo real. Algo que me hiciera sentir que soy capaz de sentir todo. Incluso lo que duele.

Me incliné y le besé la nuca.

—Yo también —dije—. Yo también quería eso.

Y nos quedamos así, quietos, con la lluvia golpeando la ventana, con el viento entrando por la ventana entreabierta, con el silencio llenando la habitación como si fuera un cuerpo más.

No dijimos nada más. No hacía falta.

Porque a veces, lo que más duele, es lo que más nos salva.

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