El Último Suspiro del Chisme
10 minEl Último Suspiro del Chisme
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento en Condesa, ese tipo de lluvia veraniega que no trae tormenta, solo calma y humedad pegajosa. En la cocina, con una botella de mezcal Artesanal 100% de agave y dos vasos sobre la mesa de madera oscura, estaban Leo y Samanta. Él, de pie junto al fregadero, con la camiseta mojada de transpiración y los puños remangados hasta los codos. Ella sentada en el taburete, los pies descalzos apoyados en la silla vacía del comedor, los muslos juntos pero las rodillas abiertas un poco, como si el aire cargado ya le hubiera robado la compostura.
—¿Ya te aburriste de la televisión? —preguntó Leo sin voltear, fingiendo secar un vaso que no necesitaba secar.
—No —respondió Samanta, rozando con la uña el borde del vaso—. Me aburrí de que dijeras que ibas a prenderla y seguía sin prenderla.
Él giró despacio, el hielo del mezcal cristalizando en el fondo del vaso. La luz del extractor iluminaba la curva de su cuello, la línea de su mandíbula, el brillo húmedo en sus labios. Ella no lo miraba a los ojos, sino a la talla de su pantalón, que se marcaba sutilmente donde el musculo del muslo se unía al torso. Leo lo notó. Sempre notaba.
—¿Y si ahora sí la prendo? —ofreció, acercándose con el vaso.
—Depende —dijo ella—. ¿Vas a prenderla con la tele apagada?
Él soltó una risita baja, se inclinó sobre la mesa, y le acercó el vaso. Samanta lo tomó con la punta de los dedos, dio un trago pequeño, y dejó que el líquido dorado le quemara la garganta. El sabor a agave, dulce y terroso, le recordó aquella noche en Oaxaca, cuando él le mostró cómo se mastican las raíces de agave antes de destilarlas, cómo el olor a tierra mojada y a miel quemada le había hecho sentir que estaba dentro de algo antiguo, sagrado.
—¿Te acuerdas de cuando te dije que el sexo anal era como aprender a caminar en la oscuridad? —preguntó Samanta, esta vez mirándolo directo.
Leo asintió. Había sido hace tres meses, sentados en el balcón de su antiguo departamento en Roma Norte, con un par de cervezas y el tráfico de la Avenida Insurgentes como fondo sonoro. Ella había dicho que quería probarlo, pero que no iba a permitir que nadie se lo metiera sin que ella lo hubiera pensado mil veces. Leo la había escuchado sin interrumpir, sin presionar, sin hacerse el experto.
—Entonces —dijo Leo—, ¿ya lo pensaste mil veces?
Ella sonrió, esa sonrisa que solo usaba con él: pequeña, cerrada, con un ojo más entreabierto que el otro.
—Sí. Y no me asusté.
Leo se levantó, dejó su vaso en la encimera, y se acercó a ella. No la tomó de la mano. En su lugar, pasó una mano por la parte baja de su espalda, sintiendo el calor que emanaba de su piel a través de la tela fina de su blusa. Samanta no se movió, pero su respiración se volvió más profunda, más lenta, como cuando se sumerge una moneda en agua tibia y el metal se dilata antes de ceder.
—¿Te acuerdas qué dije antes? —preguntó él, bajando la voz.
—Que si te muevo la cabeza, te corto la verga —respondió ella con una risita—. Pero no era en serio.
—Claro que no —dijo Leo, y le acarició el pelo detrás de la oreja—. Pero sí que iba a ser lento.
—Sí —asintió ella—. Lento, pero no pausado.
Él se inclinó, puso su frente contra la de ella, y respiró su perfume: jazmín, sal y un toque de tabaco frío que siempre le quedaba en las puntas de los dedos por fumar cigarros baratos en las esquinas. Samanta cerró los ojos, y por un instante, solo escuchó el goteo del grifo, el zumbido del refrigerador, y el latido que se aceleraba en su propia sien.
—Quítate la blusa —susurró él.
Ella no se apresuró. Desabrochó los botones uno por uno, lentamente, como si cada uno fuera una promesa que no quería quebrar. Cuando el tejido se abrió, dejó que cayera sobre sus muslos, sin quitar la mirada de la suya. Leo no tocó sus pechos aún. En su lugar, pasó las palmas por sus costados, desde las axilas hasta la curva de sus caderas, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo el contacto.
—Tú me dijiste que no me pusiera nerviosa —recordó Samanta.
—Y tú dijiste que el nervios no es miedo —respondió él—. Es solo sangre corriendo.
—Es cierto —dijo ella—. Pero hoy la sangre me late en el culo.
Leo rió, suavemente, y le besó la frente. Luego, lentamente, se arrodilló frente a ella.
—¿Me permites? —preguntó.
Ella asintió, sin hablar. Él le desabrochó el pantalón, bajó la cremallera con cuidado, y jaló el tejido hacia abajo, dejando sus pantalones y la ropa interior en el suelo, alrededor de sus tobillos. Samanta se puso de pie, dio un paso hacia atrás, y se sentó sobre la encimera, las piernas abiertas, los talones apoyados en el borde.
Leo se puso de pie, se desabrochó el pantalón, y sacó su verga. Ya estaba medio dura, pero no dura como un clavo. La tenía suave, pesada, con la punta brillante por el preseminal. Samanta la miró, y con un dedo, la acarició de abajo hacia arriba, pasando por el glande, sintiendo cómo reaccionaba bajo su toque.
—Está contenta —dijo él, con una sonrisa.
—Sí —asintió ella—. Pero no tanto como yo.
Leo se puso de pie, tomó la botella de mezcal, y vertió un poco en la palma de su mano. Samanta lo miró, confundida.
—Es para lubricar —dijo él—. Pero no la vas a sentir.
—Sí la voy a sentir —respondió ella—. Porque la vas a meter con la mano.
Él asintió. Se acercó de nuevo, y con la mano húmeda, empezó a rozar el anillo de su ano, con movimientos circulares suaves, como si estuviera marcando un territorio. Samanta respiró hondo, y cuando él pasó el dedo por encima, sin presionar, sin entrar, ella soltó un suspiro que parecía un quejido.
—¿Te digo qué me gusta? —preguntó ella.
—Dime.
—Que no me estás metiendo la verga. Me estás metiendo el tiempo.
Leo se detuvo, la miró. Samanta tenía los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, los labios entreabiertos. Él no dijo nada. Solo volvió a pasar el dedo, esta vez más adentro, hasta la primera falange, y la sintió tensarse, pero no rechazar. Al contrario: la apretó contra su pulso.
—¿Te acuerdas cuando dijiste que el culo es un órgano de confianza? —preguntó él.
—Sí —murmuró ella—. Que te lo da cuando ya no tiene nada que ocultar.
Leo pasó el segundo dedo, y luego el tercero. Su mano izquierda le sostuvo la cadera, la derecha le acarició la parte baja del vientre, donde el vello pubiano era ralo y suave. Samanta empezó a moverse, no con desesperación, sino con un balanceo lento, como si estuviera en un bote en el lago de Chapultepec, balanceándose con la onda.
—¿Quieres que pare? —preguntó él.
Ella abrió los ojos, lo miró, y le dio un beso en la boca. Fue rápido, sin lengua, solo labios y humedad.
—No —dijo—. Si paras, te chingo.
Leo sonrió, se puso de pie, tomó su verga, y se colocó entre sus piernas. Samanta se puso de pie también, apoyó las manos en la pared, y se inclinó, dejando que el cuerpo le quedara en ángulo, las nalgas separadas, el culo abierto, como una flor que ya sabe que va a ser polinizada.
Él rozó la punta de su verga contra su ano, y sintió cómo se contrajo, cómo se abrió, cómo le pidió.
—Tú me dijiste que no te pusieras nerviosa —susurró él.
—Y tú me dijiste que no me pusieras pausa —respondió ella.
Leo empujó, suavemente. La entrada se abrió como un pétalo. Él entró un poco, solo la punta, y Samanta soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer que sonó como una risa rota. Él se detuvo, la miró desde atrás, viendo cómo su pecho subía y bajaba, cómo sus manos se aferraban al borde de la encimera.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dijo ella—. Pero si no sigues, te chingo.
Él la besó en el hombro, y empezó a empujar de nuevo, con lentitud, cada centímetro una decisión. Samanta soltó un suspiro profundo, y luego otro. Sus piernas temblaban, pero no se derrumbó. Sus ojos estaban cerrados, pero su boca estaba abierta, como si estuviera bebiendo el aire.
—¿Te acuerdas de cuando nos dijeron que el ano no tiene nervios? —preguntó Leo.
—Sí —respondió ella—. Pero me dijeron que la verga sí.
Él rio, y empujó un poco más, hasta que se hundió todo, hasta la raíz, hasta que su pubis tocó su clítoris. Samanta gritó esta vez, un grito largo, que sonó como una canción que no sabía que conocía. Leo se quedó quieto, sintiendo su cuerpo contra el suyo, sintiendo cómo su culo lo apretaba, como si lo estuviera besando con músculo.
—¿Estás dentro? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Y no te estás arrepintiendo?
—No —dijo él—. Pero si te arrepientes, digo basta.
—No me arrepiento —dijo ella—. Me acabo de acordar de que soy una chingada valiente.
Leo empezó a moverse. No con fuerza, sino con una cadencia que venía de adentro, como si estuviera bailando un vals que solo él y ella conocían. Samanta se balanceaba con cada empuje, su cabeza apoyada en su hombro, su aliento en su cuello. Él le acarició el pelo, le besó la nuca, le mordisqueó la oreja.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Pero no tanto como me gusta que no lo hagas por mí.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que me lo chingues como si fuera la última vez que vamos a estar en esta cocina.
Leo lo hizo.
Empezó a moverse más rápido, más hondo, sintiendo cómo su cuerpo se rendía, cómo sus músculos se ablandaban, cómo su respiración se volvía más agitada. Samanta no pedía, no rogaba. Solo gritaba su nombre, una y otra vez, como si estuviera escribiendo una carta que nunca iba a enviar.
—Leo —dijo—. Leo. Leo.
Él le agarrió las nalgas, las apretó, y la metió más fuerte, sintiendo cómo su cuerpo la recibía, cómo su alma la aceptaba. Samanta se corrió con un grito que sonó como una risa, como un lamento, como una oración. Su cuerpo se contrajo, su culo lo apretó como un puño, y Leo sintió cómo su verga palpitaba, cómo el semen le subía por la espalda.
Él se corrió dentro de ella, con lentitud, como si no quisiera que se acabara. Y cuando terminó, se quedó ahí, dentro de su cuerpo, con su frente apoyada en su espalda, escuchando cómo su respiración se calmaba.
Samanta se volvió, lo besó en los labios, y le sonrió.
—¿Te acuerdas qué dijiste al principio? —preguntó ella.
—¿Que era como caminar en la oscuridad?
—Sí.
—Y ahora qué dijiste?
—Ahora dije que no estaba caminando. Estaba volando.
Leo la abrazó, y la llevó hacia la cama, donde el colchón aún tenía la marca de su cuerpo, y la lluvia seguía cayendo contra la ventana, como si el cielo también hubiera estado esperando su turno.
—¿Me dejas quedarme? —preguntó Leo.
—Claro —dijo ella—. Pero no me vuelvas a decir que la tele se va a prender.
Él rió, y la abrazó más fuerte.
—No lo haré —prometió.
Y así, entre el olor a mezcal y el sabor a sal en los labios, Samanta se durmió con su mano sobre su vientre, y Leo la miró, sabiendo que no era el sexo lo que había compartido esa noche. Era una confesión. Un secreto. Una confianza. Y eso, más que cualquier cosa, era lo que él realmente quería.
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