El Último Botón
3 minEl Último Botón
El vestido era de seda gris perla, ceñido hasta la cintura, con un corte que se abría apenas en la parte trasera, dejando ver una línea sutil que seguía la curva de mis riñones. Lo elegí pensando en cómo se vería bajo la luz de las velas, no en cómo se sentiría al abrirse. Pero el destino, a veces, tiene sus propias intenciones —y sus propios dedos.
Estaba en el sofá, los pies descansando sobre la manta de lana, cuando él entró. No me sorprendió su presencia, pero sí la pausa que hizo al cruzar el umbral: una microsuspensión, como si el aire se volviera más denso, más cálido. Me miró de pie, sin acercarse aún. Sus ojos pasaron de mis manos, que sostenían un vaso de vino tinto medio vacío, hasta la pequeña abertura trasera del vestido.
—Te quedó perfecto —dijo, voz baja, casi un susurro de tela rozando piel—. Pero me pregunto qué más queda perfecto si se deja… descubrir.
No respondí con palabras. En su lugar, levanté la mano derecha, lentamente, y desabotoné el último botón del cuello del vestido. El tejido se abrió apenas una fracción, suficiente para que la curva de mi clavícula y la base de mi garganta se mostraran, pero no tanto como para revelar más. Él tragó saliva. No con urgencia, sino con un gesto de rendición silenciosa.
—¿Te parece que es demasiado?
—No —respondió—. Me parece… una promesa.
Me levanté. No con teatralidad, sino con intención. Caminé hacia la ventana, dejando que la luz de la tarde se filtrara suavemente, dorando los bordes de mis hombros. Sentí su mirada sobre mí, no como una evaluación, sino como una caricia lenta, como si cada centímetro de mi espalda fuera una página que él leyera con cuidado, sin saltarse ninguna coma.
—¿Recuerdas la primera vez que estuvimos juntos? —pregunté, sin volverme.
—Claro —dijo, ya cerca. Su aliento rozó la nuca—. Fue en la terraza de tu casa. Llovía. Te tomaste tres minutos en abrir la primera botella de vino, mientras yo esperaba… sin saber bien qué.
—Y hoy —murmuré—, no hay lluvia. Pero hay otra clase de humedad.
Él se acercó hasta que su pecho rozó mi espalda. No me abrazó. Solo se dejó caer hacia atrás, apoyando la frente en mi hombro, mientras una de sus manos subía lentamente por mi brazo, hasta detenerse en la base de mi cuello. Sus dedos estaban cálidos, secos, firmes.
—¿Quieres que te pregunte algo?
—Sí.
—¿Estás lista?
No dudé.
—Sí.
—¿Segura?
—Más que nunca.
Entonces, su mano descendió. No por la espalda, ni por la cintura. Lo hizo por el costado, rozando la curva de mi cadera, bajando hasta la altura de la parte trasera del vestido. Y ahí, con un solo dedo, trazó un círculo pequeño, justo donde el tejido se abría. Un círculo que no era una pregunta, sino una confirmación.
—Solo una advertencia —dijo, voz ahora más grave—. No voy a apresurarme. Si te detienes, si pides parar… lo haremos. Pero si sigues… —pausa—. Si sigues, lo que venga después será de los más intensos que hayas experimentado.
No me moví. Solo respiré más hondo, dejando que el aire se llenara de su olor: café, madera y algo más, algo que no se nombra pero sí se siente.
—Entonces —susurré, por fin, volviéndome apenas—, empieza.
Y él lo hizo. Con la paciencia de quien sabe que lo mejor no se conquista, sino que se cultiva.
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