El Trueno en la Hendidura
6 minEl Trueno en la Hendidura
La casa de piedra y madera, entre los cerros de Xochimilco, olía a incienso de copal y sudor recién salido. Lluvia de ojos oscuros y labios húmedos, sentada en el borde de la cama de madera vieja, se desabrochaba la blusa de algodón bordado. Las lunetas de cobre en las paredes reflejaban su cuerpo: cintura estrecha, nalgas redondas como melones maduros, pechos pequeños pero firme, con pezones color café oscuro ya endurecidos por el calor del cuarto y el simple hecho de tenerlo allí, de pie frente a ella, con los pantalones ya bajados hasta las rodillas.
—Mira cómo te veo —dijo Lluvia, sin mirarlo, con la voz ronca como cuando el río se estanca en verano—. Te veo como cuando teníamos veinte años y te acostabas conmigo tras la misa de la Soledad. Pero ahora… ahora no hay remedio. Ya no me aguanto.
Emilio, con la verga tiesa y brillante de preseminal, sudor en el pecho, se acercó despacio. Se detuvo tras ella, respiró el olor a jazmín y sal de su piel, y apoyó las manos sobre sus caderas. Sentía el calor de su vientre, el leve temblor de sus muslos. Con los pulgares, rozó la curva de sus nalgas, separándolas suavemente hasta que divisó la entrada: un pequeño orificio oscuro, suave, rodeado de piel más clara, ya húmedo por algo más que sudor.
—¿Te acuerdas cómo me pedías esto? —musitó, bajando la cabeza hasta su oreja—. Me decías: “Emilio, chingame por el culo, que así me siento tuya hasta en el alma”. Y yo te lo hacía. Cada vez que me lo pedías, hasta que te casaste con ese tipo de la tienda de comestibles.
—Ese tipo ya no está —dijo ella, girando la cabeza para mirarlo—. Y ahora estoy aquí, con tú verga apretada contra mi espalda. ¿Vas a seguir hablando o la vas a chingar de una vez?
Él sonrió, un gesto breve, cruel, de hombre que sabe exactamente lo que va a hacer y lo va a hacer bien. Soltó las nalgas, se acercó la mano derecha con los dedos húmedos de saliva, y con el índice y el pulgar, separó su propio glande. El miembro se le estremeció al aire, la cabeza oscura y brillante, el cuerpo grueso, con venas que subían como raíces de árbol. Lo rozó contra el anillo de su ano, una y otra vez, presionando con cuidado, como quien acaricia un capullo que no quiere romper.
—Está apretado —dijo, bajando la voz—. Como cuando te chingo por la vulva, pero más… más vivo. Más hondo.
—No me hables. Chingame. Ya.
Emilio humedeció el dedo índice con más saliva y lo metió despacio en su ano, con un movimiento suave de girar y empujar. Lluvia soltó un gruñido, arqueó el cuerpo, y se aferró a la colcha. El dedo entró hasta la segunda falange, luego la segunda, hasta que su mano se apretó contra su cuerpo, sintiendo la tensión interna, el calor, la elasticidad.
—Ahora otro —dijo ella.
Él repitió el movimiento, con más confianza. Los dos dedos se abrieron dentro de ella, estirando el ano, rozando las paredes internas, encontrando el punto blando que le hacía soltar un gemido ahogado. Emilio la miraba desde atrás: su cuello estirado, la nuca húmeda, el cabello suelto pegado a la piel. Su verga palpitaba como un corazón fuera de lugar.
—¿Estás lista, chama? —preguntó, sacando los dedos con un chasquido húmedo.
—Chinga. Ya.
Emilio se colocó tras ella, agarrando su cintura con fuerza. Colocó la punta de su verga contra el ano de Lluvia, presionando con suavidad, pero sin rendición. Ella se contrajo, luchó contra el impulso natural de rechazo, y luego, como rendida, soltó el músculo. Él empujó.
El primer centímetro entró con un sonido húmedo, casi orgánico, como cuando el agua se desliza por una grieta de piedra. Lluvia soltó un grito corto, agudo, de dolor y placer mezclados. Sus uñas se clavaron en la madera de la cama. Emilio se detuvo, jadeando, sintiendo el calor que lo aprisionaba, la tensión, la SUAVIDAD del interior. Sentía cada latido de su cuerpo, cada contracción.
—Tranquila, chama —dijo, besándole el cuello—. Ya te lo meto entero.
Empezó a moverse, lentamente, con pequeños empujes de cadera, como quien siembra una semilla y no quiere romper la tierra. El culo de Lluvia se tensaba y se relajaba, aceptando, abriendo. Él bajó una mano entre sus piernas, encontró su clítoris, ya hinchado y brillante, y empezó a frotarlo con movimientos circulares, suaves pero firmes. Ella se arqueó contra él, soltó un gemido más fuerte, más roto.
—Ahora más fuerte —murmuró—. Que no me lo guardes.
Él aumentó la cadencia. Cada entrada era un golpe profundo, su vientre golpeando contra sus nalgas, su verga metiéndose hasta la raíz, rozando su punto G con la punta, estirando su cuerpo desde dentro. Lluvia soltó los brazos, se dejó caer hacia atrás contra él, y empezó a mover las caderas, buscando más fricción, más hondo, más chingo.
—¡Sí! ¡Chingame así! ¡Como cuando éramos jóvenes! ¡No me lo guardes, Emilio!
Él la agarró con más fuerza por las caderas, y empezó a follarla con golpes cortos y brutales, como si no pudiera contenerse ya. El sonido de su cuerpo golpeando contra el suyo se oía en el cuarto, eco de madera y piel, jadeos, gruñidos, el susurro húmedo de la verga entrando y saliendo de su culo. La piel de Lluvia brillaba de sudor, el cabello le pegaba a la cara, los pechos le colgaban hacia adelante. Su clítoris estaba tan sensible que con solo rozarlo, ella se estremecía.
—Estoy a punto —dijo Emilio, con la voz rota—. Te voy a llenar el culo, chama. Te voy a llenar hasta arriba.
—¡Dámelo todo! ¡Chingame hasta que no aguante más!
Él dio un último empujón, hondo, hasta la raíz, y se quedó quieto, con la verga palpitando dentro de ella. Sintió cómo su cuerpo se contrajo, como si quisiera retenerlo. Entonces, con un gemido gutural, se corrió, eyaculando en silencio, sus bombas cargadas de semilla metiéndose dentro de su cuerpo, llenando su interior con el calor de su cuerpo.
Lluvia gritó, sin palabras, con los ojos cerrados, las uñas clavadas en la colcha, el cuerpo temblando. El culo se le estremecía aún con cada latido de su verga dentro. Emilio se dejó caer sobre ella, con la frente apoyada en su espalda, los dos jadeando, sudando, el aire entre ellos cargado de sal y semillas.
—¿Te acuerdas de esto? —preguntó él, despacio.
—Me acordaba —dijo Lluvia, girando la cabeza, sonriendo con los ojos húmedos—. Pero hoy… hoy me lo volviste a recordar bien. Y te lo digo claro, Emilio: si te vas a ir, que sea hasta que me lo vuelvas a chingar.
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.