El trío que me dejó temblando entre dos cuerpos
7 minEl trío que me dejó temblando entre dos cuerpos
La primera vez que vi a Mateo, estaba sentado en el banco de madera de la terraza del bar El Rincón, con los brazos apoyados en las rodillas y una cerveza medio vacía en la mano derecha. Lluvia fina, de esas que caen en Medellín sin aviso y se quedan pegadas al aire. Yo, Valeria, con mi blusa blanca pegadita al cuerpo por la humedad y el sudor de caminar rápido, lo vi y me paralizó algo más que la lluvia: una corriente eléctrica que me subió por la espalda y me encendió el culo.
No fue su cara, que era bonita, sí, con esos ojos color miel y labios gruesos que siempre parecían listos para una sonrisa o un beso. Fue su mirada. Me estaba mirando. No como quien mira una extraña en un bar cualquiera, sino como quien ya la ha soñado, la ha imaginado desnuda, la ha sentido moverse bajo sus manos. Y eso me hizo tragar saliva, apretar los muslos un poco, sentir cómo el calor me subía por el cuello.
—¿Te miro raro? —me dijo cuando me acerqué, sin sonreír del todo, pero con esa chispa en la mirada que lo decía todo.
—No, hombre —le respondí, con voz más firme de la que sentía en el estómago—. Solo pensaba si esta lluvia no se va a llevar el bar entero.
—Si se lo lleva, al menos nos llevamos esta —dijo, y me pasó la botella de cerveza.
Bebí un trago largo, fría y espesa, y entonces apareció Lucía. No supimos si fue casualidad o si Mateo la había invitado, pero Lucía caminaba con esa seguridad de quien sabe exactamente qué poder tiene sobre los demás: pelo rizado, piel morena clara, pechos firmes que se veían bien bajo el top transparente que llevaba encima de una camiseta negra. Y los ojos, Dios, los ojos. Verdes, intensos, como dos espejos donde uno se mira y se pierde.
—¿Viste que llovió? —dijo Lucía, sentándose al otro lado de Mateo, sin pedir permiso, como si ya perteneciera ahí.
—Sí —dije yo—. Parece que el cielo nos está lavando la mala suerte.
—O que nos está mojando para algo más —dijo Mateo, y me guiñó un ojo.
Lucía rio, una risa baja, gutural, que me hizo estremecer los pechos. Y entonces, como si fuera parte de un guion que nadie había escrito pero todos conocíamos, Mateo me dijo:
—¿Te gustaría sentarte entre nosotros?
No fue una invitación. Fue una afirmación. Como si ya hubiéramos dicho que sí antes, como si el deseo nos hubiera estado esperando desde que nos miramos.
Lucía me miró, no con duda, sino con desafío. Y yo, con la boca seca y las manos sudadas, asentí.
Nos mudamos a un cuarto en el segundo piso del edificio de al lado. Un cuarto sencillo, con cama grande, espejo en la pared del fondo y una ventana abierta donde seguía cayendo la lluvia, suave, como un murmullo de fondo. El aire huele a humedad y jabón de coco.
Mateo se quitó la camisa primero. Musculosos, pero no exagerados. Tatuajes pequeños: una estrella en el antebrazo izquierdo, un corazón rayado con una raya en el derecho. Lucía se desabrochó el top con lentitud, dejando que los pechos pequeños pero firmes saltaran un poco, con una elasticidad natural que me encantó. Se quitó la camiseta debajo y se giró hacia el espejo, bajándose los shorts con un movimiento lento, casi teatral. Se quedó con el body, negro, ajustado, que dejaba ver su culo redondo, apretado, con una curva que parecía hecha para las manos.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó Mateo, acercándose.
No le respondí con palabras. Le agarré el pene por encima de los pantalones. Ya duro, caliente, grande. Y sentí cómo se le erizaba la piel, cómo le temblaba la respiración.
—Sí —le dije—. Pero prefiero tocarte sin ropa.
Nos quitamos la ropa a la vez, sin prisa, con miradas que se comían cada centímetro. Cuando quedamos desnudos, Mateo y yo, frente a Lucía, ella se acercó, nos tomó de las manos y nos hizo girar frente al espejo. Se puso entre nosotros, con sus pechos rozando mi pecho, su culo apretado contra el pene de Mateo, que ya estaba fuera de sus pantalones, duro y brillante por el sudor o por el deseo.
—Voy a mamarle primero —dijo Lucía, sin soltar mis manos—. Y luego te toca a ti, Valeria. Y después, Mateo, te vamos a comer como no crees.
Me puse de rodillas frente a ella, y Mateo se sentó en la cama, con las piernas abiertas, mirándonos. Lucía me tomó la cara con ambas manos, me inclinó hacia atrás y me besó. Un beso largo, con lengua, con sabor a cerveza y a ella. Me mordió el labio inferior, me pasó la lengua por el cuello, y luego bajó hasta mis pechos, lamiéndome los pezones como si nunca hubiera probado leche tan rica.
Cuando se levantó, Mateo ya se había puesto en cuclillas frente a Lucía, con la cara entre sus muslos. Yo me acerqué por detrás, le separé las nalgas con las manos, y vi su culo, abierto, húmedo, listo. Le lamí el ombligo, bajé por el estómago, y cuando le toqué el clítoris con la lengua, Lucía gritó. Un grito corto, agudo, de quien ha estado esperando eso desde que entró.
—¡Dios mío, Valeria! —dijo, y se le contrajeron los muslos.
Mateo la estaba chupando con fuerza, la lengua metida dentro de ella, los labios chupándole el clítoris como si le cobrara una deuda. Lucía se llevó mis manos a su culo y me dijo:
—Pásame la lengua por aquí. Que me sientas tronar.
Lo hice. Y cuando sentí cómo se le estremecía el cuerpo, cómo se le apretaba el culo contra mi cara, cómo sus manos se agarraban a las mías con fuerza, supe que estaba por llegar. Y entonces Mateo me tomó de la nuca y me dijo:
—Ahora tú. Ven acá.
Me senté en la cama, con las piernas abiertas, y él se puso frente a mí. Me metió dos dedos dentro, lentos, con cuidado, y yo le agarré el pene con la mano, moviéndole con suavidad mientras me lamía los pezones. Cuando sentí que me iba a llegar, Lucía se sentó a mi lado, me tomó el pecho y me besó de nuevo, mientras Mateo me metía un tercer dedo y me decía:
—Sí, sí, Valeria, ven. Que te vea tronar.
Y lo hice. Un orgasmo fuerte, largo, que me hizo arquear la espalda, gritar su nombre, sentir cómo el calor me inundaba la cara, el cuello, los pechos. Y mientras aún me temblaban las piernas, Mateo se levantó, me dio vuelta, y me metió en el culo, lento, con aceite en los dedos, con la paciencia de quien sabe que lo que va a hacer va a durar.
—No te preocupes —me dijo, con la voz ronca—. Si te duele, lo detengo. Pero quiero estar dentro de ti. Ahora.
—Sí —le dije, con la cara hundida en la almohada—. Métete.
Y lo hizo. Un movimiento suave, constante, hasta que se hundió hasta la raíz. Me tomó de la cadera, y empezó a moverse. Lento al principio, para que me acostumbrara, y luego más fuerte, con golpes que me hacían temblar todo el cuerpo. Lucía se acercó por detrás de Mateo, le tomó los testículos en la mano, y empezó a acariciarle el pene mientras me pegaba sus pechos a la espalda.
—¿Te gusta así? —le preguntó Lucía a Mateo.
—Sí —dijo él—. Pero quiero follármela.
—Entonces ve —dijo Lucía—. Que la vea tronar.
Mateo me tomó de la cintura, me levantó un poco, y empezó a moverse más rápido. Yo me agarraba a la cama, con los dedos blancos, y gritaba sin poder evitarlo. Y entonces, cuando sentí que se iba a correr, Lucía me tomó del pelo y me besó, mientras Mateo me decía:
—Te voy a llenar, Valeria. Te voy a llenar hasta arriba.
Y se corrió dentro de mí. Una corriente fuerte, caliente, que me hizo estremecer de nuevo. Y Lucía, sin soltar sus manos en el pene de Mateo, empezó a chupárselo con lentitud, mientras yo me dejaba caer sobre la cama, agotada, con el culo aún ardiendo, el pene de Mateo saliendo de mí con un chupón suave, y la sensación de haber estado en el centro del mundo.
Después, nos quedamos allí, los tres, en la cama,
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