El tren de las cuatro y media
6 minEl tren de las cuatro y media
Me llamo Lucía, tengo cuarenta y nueve, y aunque ya no uso tacones de aguja ni me pinto los labios como en los años 2000, sigo teniendo esa chispa que no se apaga con el tiempo: la de las mujeres que saben lo que quieren y no tienen prisa por conseguirla. Hoy les cuento de un día que, para ser franco, me tomó por sorpresa —y me encantó.
Era viernes, 17 de junio, y el calor en Medellín se ponía pesado como una manta húmeda. Yo acababa de cerrar el estudio de arquitectura en el centro, con la cabeza llena de planos y el alma cansada. El avión para Bogotá salía a las cinco y media, así que tomé el tren de la Línea 1 hacia la Estación San José. No era lo más rápido, pero me gustaba esa pausa antes del viaje: el traqueteo suave, el aire acondicionado sobredimensionado, los olores de café y jabón que flotan en los vagones vacíos de la tarde.
Me senté en un banco de cuero gris, junto a la ventanilla. Me desató el cabello, que llevaba recogido en un rodete apurado, y lo dejó fluir hasta los hombros. Me pasé una mano por la nuca, con esa sensación de alivio que da terminar una jornada larga. Fue entonces cuando lo vi.
Estaba parado frente al vidrio, justo enfrente de mí. Alto, delgado, con una mochila negra cruzada en el pecho. Se acomodó los lentes de sol, bajó la cabeza y me sonrió. No era un chiste ni una mirada casual: era una sonrisa pícara, lenta, con intención. Le calculé veinticuatro, veinticinco años. Pelo castaño claro, rizado al borde de la oreja, una barba bien cuidada que le marcaba la mandíbula. Y esos ojos: claros, verdes, con una chispa de curiosidad que no era de un muchacho cualquiera.
—¿Le importa si me siento aquí? —preguntó con voz baja, casi grave para su edad.
—Aquí no hay nadie —respondí con un tono que quise neutral, pero que salió más pausado, más cálido de lo que pretendía.
Se sentó. Olor a madera, tabaco suave y algo dulce —sándalo, quizás—. Me miró de soslayo mientras se quitaba la mochila.
—Soy Daniel —dijo, extendiendo la mano.
—Lucía —respondí, y le di un apretón firme, no muy largo, pero suficiente para notar su piel: tersa, cálida.
El tren avanzó. Las estaciones iban pasando: Niquía, La Aurora, Poblado… Yo había apagado el celular. Daniel tampoco lo sacó. En cambio, me preguntó si me gustaba el jazz, y yo le dije que sí, que antes de tener dos clientes exigentes y un perro叫 (¡Lola! ¡el perro se llama Lola!) escuchaba mucho a Bill Evans en las noches, sentada en el balcón con un vino tinto medio litro.
—¿Un perro? —preguntó, y esta vez la sonrisa fue más abierta—. ¿Lola?
—Sí. Una border collie de diez años que me mira como si yo fuera la que no entiende las instrucciones.
Se rió, una risa breve, natural, sin forzar. Y me di cuenta: no era un chico de fiesta, ni de redes, ni de poseer un discurso de “hombres nuevos” que tanto cansa. Era… sencillo. Directo. Y no me miraba como a una señora mayor, ni como a una mujer a quien se debe respetar por edad, sino como a una persona —con cuerpo, con historia, con ganas.
—¿Y qué hace un muchacho como tú en el tren a las cuatro y pico de la tarde? —le pregunté, jugando un poco.
—Estudio en la UdeA, pero hoy me fue mal un parcial de historia del arte —dijo, y me mostró el celular: una foto suya con un grupo en la universidad—. Venía a casa de mi abuela, enitagüí. Pero el tren me dio pereza caminar, y me subí a la estación.
—Entonces… estás perdiendo la tarde y el parcial —dije, y me di cuenta de que estaba coqueteando, y no me importó.
—No —respondió, y me miró directo a los ojos—. Hoy gané algo mejor.
Me sonrojé. No fue exagerado, ni ridículo: fue una reacción natural, como cuando el sol te pega de golpe en la cara. Y me encantó.
—¿Qué ganaste, Daniel?
—La oportunidad de estar sentado a un lado de alguien que huele a vino y a lavanda —dijo—. Y que me mira como si supiera lo que pienso.
—¿Y qué piensas?
—Pues… que este tren está lleno de gente que viaja a alguna parte, pero tú no estás yendo a ninguna —dijo, y señaló la ventana—. Estás pensando. Estás aquí.
Me quedé callada un rato. El tren dobló en la curva de Envigado, y el sol entró por la ventanilla, iluminando su perfil. Me dio ganas de tocarlo. Solo con la mirada, sin mover un dedo, me había hecho sentir más viva que en semanas.
—¿Tienes miedo de algo, Daniel?
—Sí —respondió, sin dudar—. De que el tren se detenga y no lleguemos a la misma estación.
—¿Y si nos bajamos juntos? —pregunté.
—Entonces… me invitas a tomar un café —dijo—. Y si te sientes bien conmigo, quizás lleguemos a casa y me cuentes cómo se llama ese vino.
—¿Y si no me siento bien?
—Entonces me voy a casa de mi abuela, y mañana me olvido de ti —dijo, y me guiñó un ojo—. Pero no lo haré.
El tren frenó suavemente. Estación San José. La puerta se abrió. Gente subió. Gente bajó. Y nosotros seguimos sentados, sin prisas.
—¿Te parece si bajamos aquí? —dije, y me levanté.
—Claro —respondió, y se puso de pie. Me ofreció la mano—. ¿Te importa si te tomo de la mano?
—No —dije—. Me encanta.
Y así salimos al sol, su mano en la mía, cálida, firme. No dijimos nada más hasta que llegamos a una pequeña plaza cerca del río. Se detuvo frente a una cafetería con mesas afuera.
—¿Un café? —preguntó.
—Sí —respondí—. Pero no de los de tu abuela.
—El mío va con leche y poco azúcar —dijo, y me miró—. El tuyo, ¿cómo es?
—Negro. Y con una cucharada de ron si no te asustas.
—Estoy en Medellín, Lucía —dijo—. Aquí no me asusto de nada.
Tomamos el café. Hablamos de libros que nos cambiaron la vida, de ciudades que soñamos visitar, de la forma en que el cuerpo cambia con los años —y cómo, a veces, es más honesto después de los cuarenta.
Cuando el sol empezó a ponerse, y el cielo se tiñó de naranja, Daniel se levantó, se acercó y me tomó la cara con las manos. Me besó. Lento. Con los ojos cerrados. Y cuando lo hizo, sentí algo que no esperaba: una corriente que iba de la boca a la entrepierna, como si mi cuerpo recordara algo que había olvidado.
—¿Te parece si vamos a mi casa? —preguntó—. No es grande, pero tiene cama y una ventana que da al jardín.
—¿Y si mi perro no te gusta? —dije, y me acerqué hasta rozar su pecho con la frente.
—A Lola la adoro —respondió—. Si me mira como tú me miraste hoy, me robo su corazón.
—Entonces vamos —dije, y tomé su mano.
Y caminamos hacia la tarde, sin prisa, con la certeza de que, a veces, las mejores historias no empiezan al amanecer, sino a las cuatro y media, en un tren que sabe a café, a lavanda y a ganas de vivir.
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Hoteles, trenes, ciudades que no son la mía. Los mejores encuentros pasan lejos de casa, y yo los colecciono en relatos.