El tiempo que se gana cuando se corre despacio
7 minEl tiempo que se gana cuando se corre despacio
Vos sabés cómo es eso: cuando el calor del verano se mete por los vidrios como una mano tibia que insiste, y el aire se vuelve denso, pegajoso, casi sólido, como si cada respiración te costara un esfuerzo extra. Yo estaba sentada en la terraza de mi departamento, con las piernas estiradas sobre la silla plegable que ya no cerraba bien, el pelo recogido en un nudo torpe, la camiseta mojada por el sudor en la espalda. Eran casi las siete, y el sol se derramaba por el horizonte como miel derretida, tiñendo de naranja las fachadas de los edificios del otro lado del río.
Era la primera vez que lo veía de cerca, aunque ya lo había cruzado varias veces caminando por la calle, con su camiseta negra, el pelo canoso recortado al costado, las cejas arqueadas como si siempre estuviera preguntándose algo. Se llamaba Luciano, y vivía en el departamento del frente, el que tenía las persianas de madera que nunca bajaba del todo. Lo conocía de nombre porque una vez lo escuché llamar a su perro: “¡Lobo, vení!”. Pero ese día, con el calor agobiante y el cielo a punto de estallar en tormenta, él también se quedó mirando el atardecer desde su silla, a pocos metros de la mía.
—Vos también estás sufriendo el calor, ¿no? —dijo sin mirarme, con la voz un poco ronca, como si hubiera estado callando mucho rato.
Asentí, sin saber qué más decir. Me levanté, me acerqué con los pies descalzos, y me senté en el borde de su silla, sin pedir permiso, como si ya lo conociera desde siempre. Él no se movió. Sólo inclinó un poco la cabeza, como para dejarme entrar.
—Está peor acá arriba —dije, y me pasé la mano por el cuello, sintiendo el pulso acelerado no tanto por el calor, sino por otra cosa que ya empezaba a moverse abajo, lenta, como un río subterráneo que se despierta.
Luciano me miró entonces, directo a los ojos, y en su mirada había algo que no era mirar: era reconocer. Como si me hubiera estado esperando, como si ya hubiera calculado el momento exacto en que yo me sentaría ahí, con las piernas cruzadas, los dedos de los pies apretados contra el concreto tibio.
—Y si nos metemos al río —sugirió, y esa idea me hizo sonreír de inmediato. Porque sí, por supuesto que sí.
Nos vestimos con lo primero que encontramos: pantalones cortos, camisetas, y una toalla cada uno. Él cargó una botella de cerveza fría, yo puse en la bolsa un frasco de aceite de almendras, porque ya sabía —o intuí— que iba a hacer falta. Bajamos por la escalera de emergencia, con el ruido de los zapatos sobre el metal, y cuando llegamos al paseo, el viento empezó a levantar las hojas secas y a mover las ramas de los árboles como si ya supieran lo que venía.
El río estaba tranquilo, casi plateado, con la luz del sol posada en la superficie como una moneda olvidada. Nos quitamos los zapatos, y él me tomó de la mano. No fue una decisión, no fue una pregunta: simplemente lo hizo, y yo lo seguí, con los pies en el barro frío y las rodillas temblando un poco, no por el frío, sino por la anticipación.
—¿Vos siempre venís acá? —le pregunté cuando ya estábamos hasta las pantorrillas, con el agua subiendo lentamente, pegándose a la piel.
—Sí —dijo, y me miró otra vez—. Pero nunca con nadie así.
—¿Así cómo?
—Como conmigo. Como si ya nos hubiéramos conocido antes.
Me reí, pero no era una risa liviana: era una risa que venía de adentro, de donde guardo las cosas que no digo, pero que siento. Y cuando me tiró suavemente hacia atrás, contra su pecho, sentí el calor de su cuerpo como un abrazo que se extendía más allá de la piel.
Nos metimos hasta la cintura, y luego más, hasta que el agua nos bañaba los pechos, y el viento nos golpeaba la espalda desnuda. Él se detuvo, me tomó de la barbilla, y me giró hacia él. Sus ojos estaban oscuros, húmedos, como si el cielo hubiera empezado a llorar sin que lo notáramos.
—Decime si querés parar —me dijo, y esa frase me hizo sentir más desnuda que el agua.
—No —susurré, y le puse la mano en el pecho, sintiendo su corazón latir, rápido, pero no desbocado. Como si supiera que cada latido contaba.
Se inclinó, y besó mi cuello, con la boca seca, con los labios un poco ásperos, como si llevara días soñando con esto y no hubiera podido contar nada. Luego bajó hasta mis pechos, que ya estaban duros bajo el agua, y los rozó con la lengua, lento, como si temiera que si apretaba demasiado, se rompieran. Yo le pasé las manos por la espalda, sintiendo los músculos tensos, las cicatrices viejas, los tatuajes que me decían historias que no me había atrevido a preguntar.
—Vamos a la arena —dijo, y me tomó de la mano otra vez.
Corrimos, descalzos, entre las piedras y las algas, hasta encontrar un pedazo de tierra seca, aislado por los árboles. Él se sentó, me pidió la toalla, y me tendió la otra, para cubrirnos. Pero yo no la tomé. En su lugar, le bajé el pantalón, y lo vi salir, tieso, largo, la punta húmeda, brillante, como si ya estuviera llorando de ganas. Me arrodillé, lo tomé con ambas manos, y lo acaricié desde la base hasta la cabeza, con una presión suave, con el pulgar rozando el orificio, como si estuviera aprendiendo su forma.
—Me tenés que decir cómo querés que te haga —le dije, y él me miró con los ojos cerrados, con la boca entreabierta.
—No —dijo—. Que sea como te salga. Que sea como vos lo querés.
Entonces le toqué los testículos, los rozó con los dedos, los apreté un poco, y él soltó un gruñido que no sonó como palabra, sino como algo más viejo, más puro. Le pasé la lengua por el glande, saboreando su sal, su calor, su olor a hombre, a sudor, a tiempo. Luego lo tomé todo con la boca, hasta la base, y lo fui bajando, lento, lento, mientras él me sujetaba la cabeza con suavidad, sin presionar, sin ordenar.
Cuando me levanté, me quitó la camiseta, y me miró los pechos, que ya estaban hinchados, sensibles, como dos nubes que se habían llenado de agua. Me los tomó con las manos, los rozó con los pulgares, y luego me los metió en la boca, uno por uno, y yo sentí que se me iba el aire, que se me iba el tiempo, que se me iba todo menos él.
Me acosté de costado, con la pierna derecha levantada, y él se puso atrás, con su pene ya húmedo, con su mano que me tomaba la cadera, y su otra mano que me acariciaba el estómago, el pecho, el cuello. Me besó el hombro, y luego me dijo, con la voz quebrada:
—Si decís una sola palabra, paro. Pero si no decís nada, garcho vos hasta que me salga de dentro.
No le dije nada. Sólo le aparté un poco la pierna, y lo sentí entrando, lento, lento, como si estuviera midiendo cada centímetro, como si le costara trabajo no hacerlo de golpe. Y cuando estuvo todo adentro, cuando su cuerpo se apretó contra el mío, sentí que me llenaba, que me abarcaba, que me hacía entera.
Empezó a moverse, con paciencia, con calma, como si no le alcanzara el mundo para hacerlo todo de una. Yo sentía su pene rozando mi clítoris, cada vez más fuerte, más hondo, hasta que no pude más, hasta que me vine, con los dientes apretados, con las uñas clavadas en la arena, con un grito que no salió, pero que se quedó atrapado en la garganta como una promesa.
Él siguió, más fuerte, más rápido, hasta que sentí que se tensaba, que se aguantaba, que me miraba a los ojos y me decía, con la voz quebrada:
—Voy a entrar adentro, vos querés que me vaya adentro?
Asentí con la cabeza, y entonces se dejó ir, con un gemido que sonó como una oración, como un agradecimiento, como un adiós y un buen día a la vez. Y yo sentí su semen entrando, cálido, espeso, como si me hubiera dado un pedazo de sí mismo, como si me hubiera dejado algo que no se iba a secar nunca.
Nos quedamos ahí, abrazados, con la arena pegándose a la piel, con el cielo
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.