El Tempo de los Dominós

El Tempo de los Dominós

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

Cada mañana, antes de que el sol se asome del todo por las copas de los árboles del jardín, yo ya estoy sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y una taza humeante entre las manos. Él aparece minutos después, con el cabello despeinado y el aliento aún cargado de sueño, y se deja caer a mi lado sin decir palabra. Solo un leve movimiento de hombros, una sonrisa apenas visibles, y luego su mano —siempre la izquierda, siempre con esa pequeña cicatriz de la muñeca— busca la mía.

Hacemos esto desde hace años. No es costumbre ni ritual: es un gesto que se fue instalando, como el viento que entra por la ventana sin pedir permiso, y que ahora no podría faltar. Me gusta sentir su pulgar rozando mi nudillo, lento, como si estuviera contando los días en silencio. Me gusta la forma en que su piel se calienta contra la mía, como si la costumbre hubiera aprendido a encender fuego.

—¿Otra vez las cuentas? —pregunta, señalando la caja de madera que descansa sobre la mesa baja. Es una caja de dominós antigua, con fichas de marfil y madera oscura. Las piezas tienen bordes suaves, desgastados por tanto toque.

—Hoy quiero jugar de otra manera —respondo, y lo digo sin mirarlo. Me levanto, dejo la taza vacía sobre la mesa y me acerco a la caja. Saco una ficha al azar: el doble-cinco. Lo sostengo entre los dedos, dejando que el frío del material se disuelva con mi calor.

Él me sigue. Se pone de pie detrás de mí, sin apresurarse. Su pecho toca mi espalda, y su respiración, tan familiar, se vuelve más profunda. No dice nada. Solo pasa sus brazos por encima de los míos, con una ternura que no tiene que demostrarse. Sus manos cubren las mías, y juntos colocamos la ficha sobre la mesa con un leve *click*.

—El cinco —murmuro, y él asiente.

Levanto mi mano derecha, lentamente, y con el dedo índice trazo el contorno de su oreja. Él cierra los ojos apenas. Sigo bajando, hasta rozar el borde de su mandíbula, y luego el cuello, donde siento su pulso latir más rápido.

—¿Te acuerdas del primer juego que hicimos? —pregunto, y en mi voz hay un hilo de sonrisa.

—Sí —dice, y ahora sus labios están casi rozando mi oreja—. Fue un jueves. Llovía. Jugamos hasta que se hizo de noche, y cuando por fin me soltaste, mis dedos ya no se sentían míos.

—Tú perdiste —recuerdo.

—No. Ganamos.

Coloco la siguiente ficha: el tres-cinco. Él coloca su mano sobre la mía, pero esta vez no la retira. Se queda allí, con los pulgares entrelazados, sobre la mesa de madera. El sol ya ha llegado hasta nosotras. La luz se desliza por el dorso de mis manos, por sus muñecas, por las líneas que han aprendido a conocerse sin palabras.

—Mañana —dice él, y su voz suena distinta, más grave, como si cada sílaba se hubiera envuelto en lana—, juguemos en el suelo.

—¿En el suelo?

—Sí. Donde no haya mesas. Donde las fichas puedan caer sin que las detengamos.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, él gira mi cuerpo con suavidad hasta enfrentarlo. Me mira, y en sus ojos no hay urgencia. Solo una pregunta callada, que espera ser escuchada.

—¿Te parece bien?

—Sí —respondo, porque sí, porque siempre sí, porque el juego no es la ficha que colocas, sino la mano que se ofrece para hacerlo.

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