El Silencio del Río Magdalena
6 minEl Silencio del Río Magdalena
La noche se arrastraba lenta sobre la ciudad, con ese calor húmedo que en Medellín no perdonaba ni en junio. En el barrio La Candelaria, donde las calles estrechas se besaban con las ventanas abiertas y los perros dormían en la sombra de los portones, había una casa de paredes encaladas y teja roja que, desde afuera, parecía abandonada. Pero dentro, entre las cortinas de encaje desgastadas por el tiempo y el aroma a café recién hecho, vivía Lucía.
Lucía tenía treinta y siete años, pechos que aún se mantenían firmes a pesar de los dos hijos lejanos y el divorcio reciente. Usaba blusas de algodón suelto, faldas largas que le rozaban las rodillas, y siempre, siempre, un collar de cuentas de madera que le colgaba entre el clepe y el ombligo. No creía en el amor de primera vista, pero sí en el que se construye con silencios compartidos, con miradas que se encuentran sin buscarlas.
Ese día, mientras secaba los platos con un paño descolorido por tantos lavados, escuchó el timbre. No era el timbre de siempre —ese sonaba como un gato ahogado—, sino uno más firme, más limpio. Abrió la puerta con la mano aún mojada y lo vio allí: Esteban, el nuevo arquitecto que venía a reparar la fachada de la iglesia vecina. Llevaba camisa abierta hasta el pecho, el sol de la tarde le doraba los brazos, y en los ojos tenía algo que no era solo cansancio: era una pregunta.
—¿La señora Lucía? —preguntó, sin sonreír, pero sin sequedad.
—Sí, pero si me va a cobrar algo, déjeme saber que soy de las que paga cuando se debe —dijo ella, y por un instante, el viento le levantó una mecha del cabello, quebrando la tensión como un hielo al romperse.
Esteban asintió. No era guapo a la manera de los anuncios, pero tenía una boca que hablaba sin decir nada, y manos grandes que parecían hechas para sostener y también para acariciar.
—Sólo vine a avisar que empezaré mañana temprano. Y que si necesita algo… —Se encogió un poco de hombros, como si incluso su propia oferta le sonara extraña.
—Gracias —respondió ella, y cerró la puerta sin más.
Pero esa noche, cuando el río Magdalena dormía lejos, y el eco de los trenes se perdía entre las montañas, Lucía oyó un golpe suave en la ventana del fondo. Al asomarse, vio a Esteban sentado en el muro del jardín vecino, con una botella de aguardiente y dos vasos en la mano.
—¿No me invitas? —gritó, pero no con atrevimiento, sino con esa paciencia de quien sabe que la espera no es una prisa, sino un ritmo.
Ella dudó. Luego, bajó la escalera de madera que crujía como un suspiro antiguo, abrió la puerta trasera y lo dejó entrar.
—¿Agua con fuego? —le preguntó, mientras vertía el líquido transparente en los vasos.
—Sí. Pero con miel —respondió él—. Me dijeron que aquí la hacen con limón y romero.
Ella asintió, le añadió una cucharadita de miel de caña y le entregó el vaso. Se sentaron en el sofá viejo, donde el relleno se había vuelto más suave que la piel de un bebe, y hablaron de todo y de nada: de cómo el río se seca en verano pero nunca pierde su fuerza, de cómo los pueblos se olvidan de los viejos ferrocarriles, de cómo el silencio también puede tener peso.
—¿Y por qué se fue? —le preguntó ella, sin mirarlo.
—Porque me di cuenta de que me iba a morir sin saber cómo se siente el calor de alguien que no me espera a casa.
Ella se volvió entonces, y por primera vez, lo miró de frente. Sus ojos tenían ese brillo de quien ha llorado mucho y aún no ha perdido la capacidad de sonreír.
—Aquí nadie te espera —dijo.
—Entonces que empiece a esperar.
No la besó esa noche. Tampoco la tocó. Solo se fue cuando el reloj del comedor marcó las doce menos diez, dejando su vaso vacío sobre la mesa con una pequeña sonrisa en los labios.
Los días siguientes, Esteban llegó temprano y se quedó hasta que el sol se metía entre las montañas. En una ocasión, Lucía lo sorprendió mirando su cuello, donde una cicatriz pequeña se dibujaba como una luna menguante. Él no preguntó. Ella tampoco explicó. Solo se miraron, y en ese mutuo reconocimiento, algo se abrió como una flor al amanecer.
Una tarde, mientras lavaba los pinceles en el patio trasero, Esteban se acercó por detrás y le puso las manos sobre las caderas. Ella no se sobresaltó. Sólo dejó el pincel caer al suelo, con un sonido sordo.
—¿Te importa si te toco? —preguntó él, con la voz un poco ronca, como si el deseo le hubiera ensuciado la garganta.
—Si no me importara, no estarías aquí —respondió ella, y se volvió lentamente, hasta que sus pechos rozaron el pecho desnudo de él.
No hubo prisa. Él le quitó la blusa con cuidado, como si cada botón fuera una promesa, y ella le desabrochó los pantalones con una lentitud que era ya un acto de fe. Cuando lo tuvo en la mano, frío al principio pero pronto cálido, no gritó. Sólo cerró los ojos y dejó que el tiempo se detuviera.
—Estás rico —susurró él, y ella sonrió.
—Y vos, pito grande —respondió ella, y por primera vez en mucho tiempo, su risa sonó como un trueno lejano.
Lo llevó a la habitación que antes compartía con su esposo. Pero esa vez, no hubo nostalgia. Sólo la cama vieja, los colchones rellenos de algodón y el olor a lavanda que aún quedaba en las sábanas.
Él la acostó con suavidad, y cuando la tocó allí, donde ya estaba mojada, no fue con urgencia, sino con reverencia. Lucía arqueó la espalda, dejó que sus dedos se perdieran entre su pelo, y cuando él entró en ella, lento, muy lento, sintió que el río Magdalena fluía dentro de su cuerpo, como una marea antigua que regresaba.
No se dijeron palabras bonitas. Sólo gemidos ahogados, frases sueltas en medio del calor, risas cuando el colchón crujía como una confesión. Ella lo mamió con los ojos cerrados, sintiendo cada estocada como una oración, y él la cogió con las manos en sus muslos, con la boca en su cuello, con todo su cuerpo y sin miedo.
Cuando llegó, lo hizo con un grito que parecía un lamento, y ella lo sintió profundamente, como si su esencia se mezclara con la de ella, como el agua y el aguardiente en un vaso vacío.
Después, se quedaron abrazados, sin hablar. Ella acarició su pecho con la yema de los dedos, y él le besó el hombro, como si fuera el único lugar seguro del mundo.
—¿Volverás mañana? —preguntó ella.
—Sí —respondió él—. Porque ahora sé que el calor no se va si tiene a quién calentar.
Y así fue. Al día siguiente, Esteban llegó con una botella de aguardiente, dos vasos y una sonrisa que ya no era una pregunta, sino una certeza.
Lucía lo esperó en la puerta, con una falda nueva y los pies descalzos.
No hubo silencios prohibidos esa vez. Sólo el río, que seguía fluyendo lejos, y el calor, que por fin tenía razón.
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