El Sabor del Trueno

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (27) · 264 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi, estaba sacando las compras del carro en la entrada del supermercado. Él, con una gorra negra ligeramente torcida, un pantalón de mezclilla bien ajustado y un camisón de manga corta que le marcaba los bíceps como si los hubiera esculpido el mismo Dios del trueno, cargaba dos bolsas pesadas sin esfuerzo. Yo, con mis tacones de aguja y una falda que se me subía cada vez que caminaba como si tuviera voluntad propia, no pude evitar mirarle. No por vanidad, mija, sino porque el aire cambió. Se volvió más denso, más caliente, como cuando el cielo se encoge antes de soltar el chuzo.

Él me miró de vuelta. No con curiosidad casual, sino con algo más lento, más hondo. Como si me estuviera quitando la ropa con los ojos, pieza por pieza. Me sonrió. No un sonrisa de saludo, sino una sonrisa de *sí, tú*, como si ya nos hubiéramos encontrado en otra vida y estuviera esperando que me acercara. Me llamó la atención que no era de acá. Era alto, moreno, con ese color de piel que parece oro oscuro cuando el sol lo acaricia, y ojos que tenían la intensidad del mar en Cali, profundos y con un brillo que no se apaga.

—¿Necesitas ayuda con eso? —le dije, señalando la bolsa que me pareció más pesada, la que tenía botellas de gaseosa y refrescos.

—Gracias, pero ya la tengo —respondió con una voz grave, con ese acento que no era antioqueño, ni bogotano, ni siquiera del Caribe. Algo entre Jamaica y Panamá, me imaginé. —Pero si vos querés… me podés llevar hasta la parada.

Me hizo gracia. Directo, sin rodeos, pero con un toque de respeto. No me ofreció ayudar con mis bolsas, pero tampoco se andaba con tonterías. Me gustó.

—¿Y si te digo que vivo cerca de aquí y que puedo darte un aventón? —le solté, poniendo una mano en la cadera, como para darle más fuerza a la provocación.

Se detuvo un segundo. Me miró fijo. Asintió, casi imperceptiblemente.

—Claro que sí. Me llamo Damián.

—Valeria —dije, y le abrí la puerta del carro.

Fue entonces cuando noté que olía a madera quemada y a algo más dulce, como vainilla y café recién hecho. Me encantó.

Subió sin prisa, con esa postura de hombre que no se apura porque no le falta tiempo, sino que lo controla todo. Me senté, puse la música en bajo volumen: un reggaetón antiguo, de esos que aún tienen letra, no solo *dime sí, dime no*.

—¿De dónde eres, Damián? —le pregunté mientras salíamos a la autopista.

—Panamá. Y vos?

—Medellín. Paisa de pura raza.

—¿En serio? —me miró, y esta vez sí me sonrió de verdad, con los ojos cerrados un poco, como si le hiciera bien escuchar eso. —A mí me encanta Medellín. El clima, la gente… y lo rico que es el aguacate aquí.

—El aguacate es de la reina —bromeé, pero luego, con voz más baja, añadí—: Y lo que no es de la reina, también puede ser rico.

Me miró de nuevo. Esta vez, no apartó los ojos. Sus cejas se arquearon, casi imperceptiblemente, como diciendo: *viste, yo ya sabía que vos eras de las que saben lo que quieren*.

—¿Y qué es lo que querés, Valeria? —preguntó, sin prisa, como si ya supiera la respuesta y solo estuviera esperando que yo la dijera.

Me encantó la forma en que dijo mi nombre. Como si lo estuviera saboreando, como si cada sílaba fuera un mordisco lento, deliberado. Sentí un calor en la entrepierna. No fue un pensamiento, fue un instinto.

—Te lo voy a decir con claridad —respondí, y apreté el volante un poco más. —Quiero que me mames. Aquí mismo, en el carro. En cuanto lleguemos a mi casa.

Se quedó en silencio. No pareció sorprendido. Solo me miró, fijamente. Luego, muy despacio, asintió.

—Dime dónde estacionar —dijo.

El resto del camino fue una tensión que se sentía como electricidad en la piel. No hablamos más. Él se recostó, con las manos detrás de la cabeza, con los ojos cerrados, pero yo sabía que no estaba durmiendo. Lo sentía. Su respiración era pausada, pero profunda. Yo lo sentía *ahí*, presente, como un fuego que solo necesitaba una chispa.

Llegué a mi apartamento, estacioné en el sótano, apagué el motor, y nos quedamos así unos segundos. Solo escuchábamos el latido del aire acondicionado y el mío, acelerado.

—¿Estás seguro? —le pregunté, porque aunque yo quería, me gustaba que él también estuviera seguro. Que no fuera por presión, sino por deseo puro.

—Sí —dijo, y esta vez fue contundente. —Pero vos tenés que decirme si paro.

—Damián… —sonreí—. Si parás, te mato.

Se rió, su risa baja y ronca, como si el trueno se hubiera quedado atrapado en su pecho.

Subimos las escaleras. No dijimos nada. Yo con las llaves en la mano, él detrás, con esa presencia que llenaba el pasillo. Al entrar, me quité los tacones sin siquiera sentarme. Me volví hacia él.

—Quítate la camiseta.

No dudó. Tiró de los lados y se la sacó, mostrando un torso definido, sin exceso, con esos músculos que parecen hechos para sostener y para dominar, pero también para acariciar. Sus brazos estaban marcados por pequeñas cicatrices, como marcas de la vida, no de peleas.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó, acercándose lentamente.

—Me encanta —respondí, y lo tomé del cuello, tirando suavemente para acercarlo. —Pero no quiero mirar. Quiero sentirte.

Lo besé. No fue un beso tierno. Fue hambre. Fue fuego. Sus labios eran suaves, pero con una fuerza que me hacía querer más. Me mordió el labio inferior, y yo solté un gemido que salió sin pedir permiso.

—Dame orden —susurré entre besos—. Decime qué querés hacerme.

—Quiero que te arrodilles —dijo, con voz ronca, los ojos cerrados—. Quiero que me mires mientras te mamo. Quiero que sepas que soy el único que te está tocando ahora.

Me arrodillé sin dudar. Le desabroché el pantalón, bajé la cremallera con lentitud, y cuando su pito salió, libre y firme, me lo miré fijo. Grande, moreno, con la cabeza oscura y húmeda por el preseminal. Me pasé la lengua por los labios, como para saborearlo antes de tocarlo.

—¿Te gusta? —me preguntó, acariciándome el pelo con ternura.

—Es rico —dije, y lo tomé con la mano, moviéndola con suavidad—. Rico como el trueno.

Me lo llevé a la boca sin avisar. No lo hice a la carrera. Lo hice como si cada segundo fuera un juego. Lo metí poco a poco, hasta que su respiración se aceleró y me sujetó la cabeza con fuerza.

—Valeria… —dijo, y no fue un nombre. Fue una oración.

Lo dejé un momento, solo con la punta entre mis labios, mirándolo fijo mientras lo hacía deslizarse en y fuera, con la lengua, con suavidad.

—Quiero que te sientas dueño de mí —le dije—. Que me sientas mía, pero también tuya.

Se dejó caer en el sofá, con las piernas abiertas, y me hizo gesto de subir. Lo hice. Me senté sobre él, con las manos en sus hombros, y lo miré a los ojos mientras me bajaba. Me tomó por la cintura, me empujó hacia abajo, y yo solté un grito que no pude contener. Estaba relleno, fuerte, perfecto. Me moví, con calma al principio, pero él me detuvo.

—No quiero que te muevas así —dijo, y me volteó, me puso a horcajadas sobre él, pero de espaldas. —Quiero que me mires por encima del hombro… y que me digas lo que vas a hacer conmigo.

Me giré. Lo miré fijo. Me pasé la lengua por los labios, lentamente, y le dije:

—Voy a mamar tu pito mientras me follas por detrás.

Me agarró por la cadera, me jalo hacia atrás, y me metió funda y funda. Me di vuelta, tomé su pito con la mano y comencé a chuparlo, con suavidad, con fuerza, con el corazón a mil. Él me sujetaba el pelo, me empujaba la cabeza, y yo lo hacía todo, sin quejarme, sin parar, solo con el deseo de hacerlo estallar.

Me giró

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