El sabor del tiempo
4 minEl sabor del tiempo
El sol se hundía tras las palmas de Cabo San Lucas, pintando el cielo con tonos de melón maduro y miel dorada. En la terraza del viejo hotel colonial, entre macetas de gardenias y el murmullo distante del mar, la mujer sentó su vaso de tequila con un chasquido suave sobre la mesa de madera. tenía cuarenta y nueve años, y cada línea en su rostro contaba una historia que no necesitaba ser contada: una vida vivida con intensidad, con errores, con risas y con amor. Llamaba Isabela. Su cabello canoso, recogido en un nudo desordenado, dejaba al descubierto el cuello largo y elegante, la curva de su oreja, y el pequeño lunar que él había descubierto al acercarse sin querer.
Él llegó a las siete y diez. dieciséis minutos después de lo acordado. veinticuatro años, piel morena brillante por el calor, ojos oscuros como el café recién pasado, y una sonrisa que parecía un poco nerviosa, un poco desafiante. se llamaba Luciano. Llevaba una camisa blanca abierta sobre el pecho, y al caminar, el movimiento natural de su cuerpo denotaba una seguridad juvenil, fresca, casi salvaje.
—Te demoraste —dijo Isabela, sin acusación, con una sonrisa que le arrugó las comisuras de los ojos.
—Perdón —respondió él, sentándose frente a ella—. No quería parecer ansioso.
Ella bebió un trago, lentamente, sin apartar la mirada de sus ojos. —Yo sí lo soy. Pero el tiempo me enseñó que lo mejor no siempre llega rápido.
El silencio no fue incómodo. Fue un espacio que se llenó con el aroma del agave, el perfume ligero de jazmín que ella llevaba, y el latido silencioso del deseo que comenzaba a arder en la piel de ambos.
—¿Me dejas ver tus manos? —pidió ella, extendiendo la suya.
Él se las tomó con suavidad, girándolas, observando las venas azules, la textura de las palmas, los nudillos marcados por el clima y el trabajo. Ella apoyó sus dedos sobre el antebrazo de él, sintiendo la piel más suave, el vello rubio, la calidez que emanaba como un calor propio.
—Tienes manos de quien construye —dijo, con la voz más baja, más íntima—. Pero también de quien sabe esperar.
Luciano tragó saliva. Había buscado ese encuentro por curiosidad, por el desafío silencioso de lo inusual: una mujer que sabía más, que había vivido más, que no necesitaba demostrar nada porque ya lo había hecho. Ella no lo miraba como un chico. Lo miraba como un hombre. Total.
—¿Y las tuyas? —preguntó él, llevando una de sus manos a su pecho, sobre el corazón—. ¿Qué dicen las tuyas?
Ella rio, un sonido grave, cálido, que resonó como un canto antiguo en la terraza vacía. Luego inclinó la cabeza y besó su muñeca, con la boca húmeda, lenta, como si saboreara una promesa olvidada. —Dicen que ya no me arrepiento de lo que tomo.
Se levantó. Él la siguió sin dudar, con el pulso acelerado pero la mente clara. Subieron los escalones de madera crujiente, la luz de las linternas colgadas en el pasillo dibujando sombras largas y tentadoras. En la habitación, el aire estaba cargado de sal y de promesas cumplidas.
Ella se quitó la blusa sin apuro, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, el contorno redondo y pleno de sus pechos, la suave curva de su vientre bajo el algodón. Luciano la miró con ojos que no juzgaban, solo deseaban entender. Ella se acercó, puso una mano en su cuello, otra en su cintura, y lo atrajo hacia sí. Sentía el calor de su cuerpo, el pene firme ya contra su muslo, la respiración entrecortada.
—No me digas que no estás listo —susurró, rozando su oreja con los labios.
—Lo estoy —murmuró él, llevando las manos a su cintura, desabrochando el cierre del vestido que ella había llevado debajo de la blusa.
El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Isabela no se avergonzó. Caminó hacia la cama con lentitud, y él la siguió, con la camisa aún puesta, los ojos fijos en la curva de sus caderas, en el monte de Venus cubierto por un triángulo oscuro y perfecto. Se sentó a su lado, y ella le quitó la camisa, pasando los dedos por el vello en su pecho, por el ombligo, bajando hasta la bragueta de sus pantalones.
—Déjame verlo —pidió, voz ronca.
Él se desabrochó, bajó la cremallera, y el pene salió libre, tieso, brillante por el calor y el deseo. Ella lo tocó con la palma, lento, sintiendo el calor, el latido, la vida palpitando en su mano. Luego lo tomó suavemente, moviéndolo con un ritmo antiguo, como quien acaricia una melodía olvidada.
—Tú eres el tiempo que me queda —dijo ella, mirándolo fijamente—. Y hoy, Luciano, lo quiero lento, intenso… y lleno de sabor.
Y él, con los ojos brillantes, la besó de nuevo, no con urgencia, sino con promesa. Porque en esa habitación, entre las sábanas de algodón egipcio y el eco del mar, el tiempo no pasaba. Solo existía el momento, y el sabor del tiempo.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.