El sabor del sudor en la lengua

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca imaginé que el primer sonido que rompería el silencio sería un gemido mío. Estaba arrodillado frente a él, con la luz tenue del amanecer colándose por las cortinas mal cerradas, y su pene ya erecto rozaba mi mejilla como si reclamara atención con urgencia. No dije nada. No hizo falta. Me tomó del cabello, suave pero firme, y empujó su cadera hacia adelante. Su glande, hinchado y caliente, se estrelló contra mis labios entreabiertos.

Lo tomé todo de un solo movimiento. Quería sentirlo hasta el fondo, hasta que la garganta se cerrara y las lágrimas asomaran. Lo logré. Su polla, gruesa y palpitante, se hundió en mi boca hasta tocar la entrada de la faringe. No me resistí. Tragué saliva alrededor de él, apretando el músculo, y sentí cómo su cuerpo tembló.

—Joder… —murmuró, con la voz quebrada—. Así, no pares.

No pensaba hacerlo. Comencé a moverme. Arriba y abajo, lento al principio, degustando cada centímetro como si fuera la primera vez. Sabía a sal, a sudor leve, a hombre que había estado caminando bajo el sol todo el día. No lo limpié antes. Quería ese sabor crudo, real. Pasé la lengua por debajo del frenillo, trazando círculos con la punta, mientras mis dedos apretaban la base, masajeando los testículos que colgaban pesados.

Él se estremeció.

—Más fuerte —jadeó—. Quiero sentir que me chupas como si fuera la última vez.

Entonces lo tomé con ambas manos, una alrededor de la base, la otra sosteniendo sus huevos, y empecé a tragarlo con fuerza. Mis labios se tensaban al fondo, mis mejillas se hundían al aspirar, y mi lengua no paraba: lamía, presionaba, mordía apenas la piel sensible. Gemía alrededor de su carne, y esos sonidos le hacían arquear la espalda, hacer fuerza con las caderas, buscando más profundidad.

Sentí cómo su respiración se aceleraba, cómo sus dedos se enterraban más en mi cuero cabelludo. No me dolía. Me excitaba. Sabía que estaba perdiendo el control, y eso me encendía.

—Voy a correrme —advirtió, tirando de mi cabello hacia atrás—. ¿Quieres que te corras en la boca?

Asentí con los ojos cerrados. No quería verlo. Quería solo sentir.

—Dilo —exigió.

—Sí —susurré, con su pene aún en la boca—. Correte en mi boca. Quiero tragarlo todo.

Gruñó. Dos embestidas más, fuertes, desesperadas, y sentí el primer chorro caliente estallar en mi garganta. No me retiré. Lo recibí todo: el segundo, el tercero, más espeso, más intenso. Tragué sin parar, aunque algo se escapó por la comisura de mis labios y bajó por mi barbilla. Era un desastre. Un hermoso desastre.

Cuando terminó, se desplomó sobre la cama, con el pecho agitado, el sudor brillando en el torso. Me quedé donde estaba, con su pene aún entre mis labios, chupando suavemente, extrayendo hasta la última gota.

—Nunca nadie me ha hecho eso —dijo, con voz ronca—. Como si quisieras devorarme.

—Porque quiero —respondí, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Quiero comerte entero, cada vez.

Se incorporó, me tomó del rostro y me besó. Profundo, húmedo, con sabor a él mismo. A mí. A lo que acabábamos de hacer.

No dijimos más. No hacía falta. El silencio ahora era distinto. Estaba lleno de lo que no se dice, de lo que se vive con la boca llena. Y yo, aún de rodillas, supe que volvería a hacerlo. Una y otra vez. Porque su sabor, su calor, su gemido al correrse… eran mi nueva religión.

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