El Sabor del Regreso

El Sabor del Regreso

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (30) · 115 lecturas · 9 min de lectura

El tren se detuvo con un suave chirrido de frenos y la pequeña estación de Guanajuato se desplomó en la penumbra de la tarde. Lucía bajó con una maleta de ruedas y una mochila al hombro, el cabello recogido en un nudo alto, algunos mechones sueltos pegados a la nuca por el calor húmedo del verano. Había llegado tres horas antes de lo previsto, pero no importaba. Sabía que él estaría esperando.

Dieciocho días sin verse. Dieciocho días de mensajes cortos, fotos de platos en restaurantes, risas grabadas en voz baja, y una ausencia que se le había clavado en la piel como un calor lento, insidioso. En la habitación del hotel en la ciudad donde trabajaba, se acostaba con las sábanas enrolladas entre las piernas y se frotaba su propia humedad con el pulgar, recordando cómo le gustaba que le lamiera la base del cuello antes de que el sueño la arrastrara.

En la salida del andén, entre el gentío de turistas y viajeros locales, lo vio de inmediato. Estaba apoyado contra una columna de concreto, con su camiseta negra habitual, los puños doblados, las manos metidas en los bolsillos del pantalón cargo. Lo primero que notó fue su mirada: fija, pesada, como si ya la estuviera desvestiendo con la intensidad del contacto visual. No sonrió. Solo la miró, y Lucía sintió un calorcito que le subió por la espalda y se le extendió hasta la ingle.

—Llegaste temprano —dijo él cuando ella se acercó, su voz más grave de lo habitual, rasposa.

—Y tú también.

—No me dijiste la hora exacta. Me imaginé el tren retrasado. Me imaginé mil cosas.

Ella le tendió la mano para que la tomara, pero en vez de estrecharla, él cerró los dedos alrededor de su muñeca y tiró suavemente hacia sí. Lucía tropezó un paso, su pecho rozó el de él, y sintió el calor que exhalaba por la nuca.

—Vámonos —murmuró, sin soltar su muñeca.

El auto estaba estacionado a dos cuadras, un Jeep gris con las ventanas polarizadas y el aire acondicionado encendido a toda potencia. Dentro, el olor a cuero nuevo y a perfume ligero de él la envolvió. Él se volteó para atarse el cinturón, y Lucía lo miró: la curva de su nuca, la línea de su espalda bajo la tela, el muslo derecho que se estiraba al poner la mano en el cambio. La ropa le quedaba apretada en los glúteos, como si la tela hubiera sido hecha especialmente para mostrar lo que él tenía, lo que ella conocía con los ojos cerrados.

—Tengo ganas de que me toques ahora mismo —dijo ella, sin apartar la vista de su cuerpo.

Él soltó una risa corta, baja, vibrante.

—No vamos a hacerlo en el auto, no aquí. Pero sí vamos a hacerlo. Solo… no ahora.

—¿Por qué no?

—Porque quiero que sientas cada segundo de la espera. Porque quiero que me veas entrar. Porque quiero que me oigas respirar cuando esté dentro de ti.

Ella se mordió el labio, sintió que el pulso le latía en los muslos.

El hotel era pequeño, boutique, con paredes de piedra y techos de vigas vistas. Habitación 307. En el ascensor, él se puso detrás de ella, y Lucía sintió el aliento en la nuca, el peso de su pecho contra su espalda, la durez que le rozaba la cadera. No se movió. Solo contuvo la respiración mientras el número 3 se iluminaba en la luz tenue.

La puerta se abrió con un *beep* suave. Él la empujó hacia adentro sin palabras, cerró con un golpe seco y la volteó hacia él con una mano en la cintura, la otra ya subiendo por su muslo. El tacto fue directo, sin rodeos: la mano de él se deslizó por debajo de la falda de lino, encontró el borde de su tanga de encaje negro, lo rozó con el pulgar.

—¿Te lo quité yo o tú lo haces? —preguntó, voz ronca, ojos fijos en los suyos.

—Tú.

—Mira cómo me miras.

Ella no apartó la vista. Él tiró del elástico del tanga hacia un lado, lo apartó con un movimiento seco, y metió dos dedos en ella. Lucía gimió, una nota aguda, incontrolable. Estaba húmeda, ya, caliente, apretada alrededor de su mano. Él no la miró la cara, sino abajo, a sus dedos hundidos en su cuerpo, a la forma en que su piel se estiraba alrededor de la entrada, a la humedad que brillaba en la punta de sus nudillos.

—Mierda… —murmuró.

—Sí —dijo ella, jadeando—. Sí, así. Más.

Él le dio un beso en la boca, profundo, con lengua, mientras seguía metiendo los dedos, entrando y saliendo con un ritmo constante, sin pausa, sin mirarla. Ella se aferró a sus hombros, los dedos clavados en su piel, y sintió cómo su cuerpo se abría, cómo se relajaba para recibirlo, cómo su humedad se volvía espesa, pegajosa, y él seguía moviéndose con esa mano, como si ya estuviera dentro, como si ya la estuviera folliendo con cada estocada imaginaria.

Dejó de besarla y bajó la falda por sus caderas, la tiró al suelo. Se arrodilló sin perder el contacto visual. Lucía se mantuvo de pie, las piernas un poco separadas, el aire frío del acondicionador rozándole la piel desnuda. Él separó sus labios con los pulgares, lamió la entrada, y luego la chupó, suave, lento, como si fuera la primera vez. Lucía apretó los dientes, no quería gritar, pero no pudo evitarlo: un gemido bajo, gutural, que le salió del fondo del pecho.

—Te he echado de menos esto —dijo él, con su lengua pegada a su clítoris—. Te he echado de menos tu sabor. Tu calor. Tu forma de moverte cuando estás a punto de venirse.

Y entonces la lamió de verdad. Con hambre. Con la boca abierta, los labios pegados a su piel, la lengua pegada al clítoris, chupando, lamiendo, metiendo dos dedos que la estiraban, la abrían, la estiraban otra vez. Lucía se balanceó, las rodillas temblándole, y cuando él le chupó el clítoris con fuerza, sin cuidado, como si no le importara si dolía o no, ella se vino sin poder evitarlo: un orgasmo seco, repentino, que le recorrió la espina dorsal y le hizo arquear la espalda, los ojos cerrados, los dedos en su cabello.

No esperó a que se recuperara. Él se puso de pie de golpe, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera del pantalón, sacó su pene. Estaba duro, grueso, la cabeza roja, la punta húmeda. Se frotó la mano por el glande y la sostuvo frente a sus ojos.

—Míralo. Míralo bien.

Lucía lo hizo. Lo miró con sus ojos húmedos, con su respiración entrecortada. Él se acercó, puso la punta del pene en su entrada, la rozó, la empujó un poco, sin fuerza. Ella sintió la forma de él, la粗さ, la magnitud, y se abrió, se dejó ir, se relajó.

Él se metió un poco. Sólo un poco. Lo suficiente para que ella sintiera su grosor, su calor, su forma. Luego se retiró. Volvió a empujar, más profundo. Lucía soltó un quejido, no de dolor, sino de plenitud. Él la sujetó por las caderas, la levantó un poco, y la follió con lentitud, con precisión, cada estocada una promesa, un recuerdo, un regreso.

—Tú eres la última cosa que veo antes de dormir —dijo él, con la frente pegada a la suya, la respiración entrecortada—. La primera que pienso al despertar.

Lucía le pasó las piernas por la cintura, lo atrajo hacia ella, y él la empujó contra la pared, con fuerza ahora, con un ritmo que la hacía temblar, que le hacía perder la cuenta de las veces que la había hecho venir, que le hacía sentir su pene como una extensión de su propio cuerpo, como algo que siempre había estado ahí, en su piel, en su mente.

—Más —suplicó ella, con la voz rota.

Él la giró, la puso de espaldas a la pared, le levantó una pierna y la follió desde atrás, con el pene hundido hasta la raíz, con la mano en su vientre, con la otra en su cuello, tirando suavemente para que inclinara la cabeza. Lucía se mordió el labio, no quería gritar, pero no pudo. Él la follió sin pausa, sin cansancio, con una fuerza que era ternura disfrazada de furia, con una intensidad que lo hacía parecer un hombre que había estado sin comer diez días y finalmente se abalanzaba sobre la comida.

—Me estás matando, Lucía —murmuró él, con la boca pegada a su oreja—. Me estás matando de tanto esperarte.

Ella se tensó, sintió cómo su cuerpo se apretaba, cómo su vientre se contrajo, cómo su clítoris se volvía sensible al roce de su cuerpo. Él lo notó, y se inclinó, le chupó el lóbulo de la oreja, y la follió con un ritmo frenético, desesperado, hasta que Lucía gritó, un grito largo, agudo, desgarrado, y su cuerpo se estremeció, su vagina se contrajo alrededor de su pene, y él la siguió, con un grito que le salió del pecho, con la mano apretada contra la pared, con la cabeza hacia atrás, con el cuerpo temblando.

Se quedaron así, él dentro de ella, ella con la frente apoyada en la pared, los dos sudados, sin aliento, con las rodillas temblando.

Él se retiró despacio, y la humedad que salió con él se deslizó por su muslo. Él la miró, la tomó de la cintura, la llevó hacia la cama. La acostó con suavidad, y se tendió a su lado. Con un dedo, trazó el contorno de su boca.

—Te amo —dijo él.

—Te amo —respondió ella, y le pasó la mano por el pecho, por el vello, por el corazón que le latía bajo la piel.

Él se giró sobre ella, la besó, lento, sin apuro, con la lengua, con los labios, con la boca que ya conocía mejor que su propio aliento.

—¿Te acuerdas del primer día que nos vimos? —preguntó, mientras le acariciaba el vientre, bajaba la mano, separaba sus labios con los dedos, y volvía a meter dos dedos en ella—. Me dijiste que no tenías planes para la noche.

—Tenía planes contigo —dijo ella.

—¿Y ahora qué planeas?

—Tenerte dentro de mí otra vez.

Él sonrió, se levantó, se puso de rodillas entre sus piernas, y se introdujo en ella con un movimiento lento, constante, hasta que su cuerpo se juntó con el de ella.

Ella lo sintió, húmedo, caliente, vivo, como si nunca se hubieran separado.

Y la follió otra vez, con la misma intensidad, con la misma desesperación, con la misma certeza de que esto era lo único que importaba: el calor de su cuerpo, el sonido de su respiración, el sabor de su piel.

Y cuando Lucía se vino otra vez, con los ojos cerrados, con la boca abierta, con una sonrisa que no podía contener, él la siguió, con un gemido que no era palabra, sino puro sonido, y la abrazó, y la mantuvo pegada a su pecho, y la volvió a folliar, y otra vez, y otra más, hasta que el sol se puso, hasta que la habitación se llenó de sombras, hasta que el aire se volvió pesado y cálido, y ellos dos, juntos, sin nombre, sin tiempo, sin nada más que el cuerpo del otro, se quedaron dormidos, entrelazados, como si nunca hubieran estado separados.

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