El sabor del recuerdo
7 minEl sabor del recuerdo
Marcela cerró la puerta del departamento con un suspiro que no era del todo cansancio. El sol de la tarde se colaba por el balcón, bañando el piso de madera en un dorado espeso, como miel corrida. Tenía sesenta y dos, pero al mirarse en el espejo del pasillo —ese espejo que no mentía ni exageraba—, veía una mujer que seguía teniendo presencia: caderas anchas, pechos firmes aunque con la marca del tiempo, piel morena que aún brillaba con calor propio. El pelo, canoso pero no gris, lo llevaba recogido en una coleta suelta, con algunas hebras que se escapaban como invitaciones.
Era jueves. Y los jueves, desde hacía tres años, significaban algo. No era obligación, ni rutina, ni nada que exigiera explicaciones. Era un acuerdo silencioso, un pacto que nació de la necesidad de sentirse deseada, viva, *sentida*.
El timbre sonó a las siete en punto.
Ella ya sabía quién era. Lo escuchó antes de que el paso se detuviera frente a la puerta: la respiración un poco más fuerte, el peso del cuerpo contenido, la seguridad de un cuerpo que no se disculpa por existir.
—¿Venís? —dijo entre dientes, mientras descorría el cerrojo.
Clara entró sin esperar invitación, con una botella de vino tinto en una mano y una sonrisa que le rozaba los ojos antes que la boca. Tenía cincuenta y nueve, pero parecía más joven por dentro, por la forma en que se movía: sin prisa, pero sin dudar. Llevaba una blusa de seda negra abierta sobre una remera blanca, y debajo, Marcela adivinó la forma redondeada de sus pechos, la curva suave del vientre que ya no era tan plano, pero que brillaba con una sensualidad distinta: la de una mujer que ya no tenía que demostrar nada.
—Te traigo un recuerdo —dijo Clara, colocando la botella sobre la mesa baja—. Un Malbec viejo. Del ’09. Lo tenés guardado desde que fuimos a Mendoza, ¿no?
—Lo guardé para vos —respondió Marcela, acercándose lentamente—. Pero no es el vino lo que me está haciendo temblar las manos.
Clara la miró, y en sus ojos no había fingida juventud, sino una intensidad que sí, sí, sí: la de quien ya ha deshecho muchos nudos internos y sabe que el cuerpo no miente.
—Then, ¿no me invitás a sentarme? —y al decirlo, puso una mano sobre la cintura de Marcela, con el pulgar rozando la curva de su hueso ilíaco—. ¿O preferís que arranque vos?
Marcela no respondió con palabras. Se inclinó, y con la lengua lamió el borde de su oreja, descendiendo hasta su cuello, donde el pulso latía más rápido.
—Vos siempre sabés dónde estoy más sensible —susurró, mientras sus dedos se deslizaban bajo la remera de Clara, buscando el borde de su sosten.
Clara se estremeció. No una sacudida brusca, sino un temblor profundo, como si el cuerpo entero recordara algo que la mente había olvidado.
—Acá —dijo, tomando la mano de Marcela y llevándosela a su pecho—. Acá sigue igual. No sé si es bueno o malo… pero sigue igual.
—Es bueno —murmuró Marcela, mordiendo suavemente el botón de su sosten—. Porque significa que lo que sentís por mí no se fue con los años.
Clara soltó un quejido, corto, contenido, como si no quisiera perder el control tan rápido. Pero ya era tarde. Porque Marcela la había agarrado de la cintura y la estaba empujando hacia el sofá, sin violencia, pero con una firmeza que Clara conocía bien: era la del que sabe que hay que esperar, pero también la del que sabe cuándo es hora de *Coger*.
Se sentaron lado a lado, sin soltarse, y entonces Marcela se inclinó para desabrocharle la blusa de seda. Cada botón era una promesa deshecha, un deseo que se desenrollaba con paciencia. Cuando la tela se abrió, Clara no se cubrió. Se quedó quieta, con los pechos al descubierto, redondos, firmes, con areolas oscuras y más grandes que antes, marcadas por el tiempo y por la maternidad.
—Mirá qué hermosas —dijo Marcela, acariciándolas con la palma, luego con los dedos—. Me encantan.
—Y a mí me encanta que vos las veas así —respondió Clara, llevando una mano a su entrepierna—. No como esas mujeres que se ponen pálidas cuando les decís “concha”.
—¡Ah, no me digas eso! —exclamó Marcela, riendo entre dientes—. Porque si decís “concha”, yo ya siento ganas de meterte la lengua adentro.
Clara no respondió. Simplemente se inclinó hacia adelante, tomó el puño de Marcela y lo llevó a su entrepierna. Allí, bajo el tejido suave de su remera, sentía el calor, la humedad, la urgencia.
—Estoy garchada, ¿sabés? —dijo, mirándola directo a los ojos—. Pero no por vos. Por el hecho de estar acá, de saber que vos me querés así, con mi vientre, con mis canas, con mis cicatrices.
Marcela sonrió. Le gustaba esa frase: *garchada*. No era vulgar, era precisa. Como un cuchillo que corta sin ensuciar.
—Entonces voy a garcharte bien —dijo, y la tiró suavemente sobre el sofá—. Con calma, para que remember cada segundo.
Se quitó su propia remera, dejando al descubierto sus pechos, más caídos, más reales, pero con una belleza que no se negaba: la de una mujer que ya no tiene miedo de verse.
Clara la siguió con la mirada, y luego con las manos. Se inclinó, tomó uno de sus pechos en su boca, y chupó con fuerza, lamiendo el borde del pezón, que ya se endurecía bajo la lengua cálida. Marcela arqueó la espalda, soltando un grito contenido, mientras sus dedos se hundían en el pelo de Clara, no para jalar, sino para sostener, para agradecer.
—Me gusta cómo te pones —dijo Clara, deslizando la lengua hacia abajo, hacia su vientre—. Tan sensible. Tan tuya.
Se sentó de nuevo, y entonces se quitó la remera y los pantalones, dejando al descubierto su cuerpo entero: piernas fuertes, muslos con un poco de grasa, pero firmes, una tripa blanda pero no flácida, y entre las piernas, un vello canoso que aún brillaba con humedad.
—¿Ves? —dijo, sonriendo—. Ya no soy la chica de antes.
—No —respondió Marcela, acercándose—. sos *más*.
Se acostaron una frente contra la otra, respirando el mismo aire, y entonces Clara puso su mano entre los muslos de Marcela, rozando su concha, sin entrar aún.
—¿Te acordás de cómo te gustaba que te tocase ahí? —preguntó, en voz baja—. Que no te diera prisa. Que te hiciera esperar.
—Sí —respondió Marcela—. Me gustaba que me hicieras *suplicar*.
—Entonces… —Clara sonrió, y lentamente, lentamente, metió dos dedos dentro de ella—. Pedí.
Marcela cerró los ojos, soltó un gemido largo, que se transformó en un quejido cuando Clara comenzó a mover los dedos con un ritmo que conocía de memoria: hacia arriba, con un ángulo que le hacía temblar la cadera, acariciando ese punto interno que solo Clara sabía dónde estaba.
—Clara… —murmuró, con la voz rota—. Me voy a venir sin que me toques el clítoris.
—No te preocupes —dijo Clara, acercándose para morderle el hombro—. Que eso lo dejo para el final.
Y entonces Marcela, con una fuerza que no esperaba, la volteó sobre su espalda y se metió entre sus piernas. Con la lengua, comenzó a lamerla: primero despacio, como si probara el sabor, luego con más intensidad, arrancándole quejidos que resonaban en el aire como notas de una canción antigua. Clara le agarró la cabeza, no para detenerla, sino para guiarla, para que supiera que sí, que así estaba bien, que así la quería.
—Aca… ahí —gimió, cuando Marcela encontró su clítoris hinchado—. No lo sueltes.
Y no lo soltó.
Hasta que Clara se vino, con un grito que no fue más que un sollozo de alivio, de placer puro, de cuerpo que se dejaba llevar.
Marcela se levantó entonces, se quitó el sosten, y se subió encima de Clara, con su miembro ya duro, húmedo, listo.
—Ahora soy yo la que va a meter la lengua —dijo, besándola—. Pero antes, querés que te entre lento?
—Sí —respondió Clara, abriendo las piernas—. Pero si te tard
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