El sabor del limón en la piel

El sabor del limón en la piel

@emilio_santos ·7 de junio de 2026 · ★ 4.0 (10) · 177 lecturas · 3 min de lectura

La casa de la abuela seguía oliendo a clavel seco y café recién hecho, aunque ya no era la abuela quien lo preparaba. Era su nuera, Maribel, la que movía su cadera con lentitud mientras vertía el café en una taza de porcelana blanca. A sus cuarenta y dos años, still llevaba el cabello recogido en un moño bajo, pero con mechones sueltos que le acariciaban la nuca, y los labios entreabiertos, como si siempre estuviera a punto de decir algo.

—¿No vas a saludar, Emilio? —preguntó sin voltear, sin necesidad—. Ya llevas veinte minutos parado ahí, como un palo.

Él, de pie en el umbral de la cocina, con la camisa desabotonada hasta el ombligo y el sudor pegándole al pecho, asintió. No por respeto, sino porque la tensión le había encogido la lengua. Maribel no era su cuñada, ni su tía política: era su suegra. Y desde que su esposa, Lucía, había partidido a Guadalajara para atender a su madre enferma, la casa se había vuelto un lugar extraño, donde los espacios se encogían y los silencios crecían como hongos tras la lluvia.

—Sólo pensaba en qué me iba a tomar —mintió, acercándose.

Ella lo miró por fin. Sus ojos, café oscuro y húmedos como el café mismo, se posaron en su cuello, en la grieta entre sus pectorales, en los dedos que se apretaban contra el borde de la mesa.

—¿Un limonazo? —sugirió—. Yo preparé uno esta mañana. Con miel de abeja, no con azúcar. Para que se sienta más… dulce.

Emilio tragó saliva. No por el limón, sino por cómo lo dijo: con la lengua rozando el paladar, como si cada sílaba fuera un dedo que le acariciaba el interior de la boca. Ella ya tenía el vaso en la mano, frío, con condensación subiéndole por los laterales, y se lo tendió. Cuando sus dedos se rozaron, Emilio sintió un tirón en la ingle, fuerte, inmediato.

—Gracias —murmuró.

—No me des las gracias —rio baja—. Yo lo preparé para ti. Sé que te gusta cuando lo hago con limones frescos de la huerta. Los que caen solos, sin necesidad de agarrarlos con fuerza.

Él bebió un trago. Ácido, dulce, fresco. El sabor le recorrió la garganta y bajó hasta el estómago, pero no se detuvo allí: subió otra vez, en forma de calor, hasta la punta de la verga, que ya le tensaba el pantalón.

Maribel lo observó beber. Vio cómo le temblaba la nuez, cómo sus párpados se cerraban un instante cuando el limón le picaba la lengua. Y cuando él volvió a alzar los ojos, ella ya tenía el suyo en su entrepierna.

—¿Te gusta? —preguntó, acercándose.

—Me encanta —respondió él, sin mentir.

Ella se detuvo a un paso, lo suficiente para que él percibiera su perfume: jazmín y sal.

—¿Y si te digo que el limón no es lo único que está dulce hoy?

Él no respondió. Solo levantó la mano, lenta, como si temiera que el gesto fuera un rayo que la quemara. Sus yemas rozaron la muñeca de ella. La piel era suave, cálida. Maribel no se apartó. Al contrario, inclinó la cabeza, dejando que su aliento le acariciara el cuello.

—Lucía me dijo que vine muy callada esta semana —susurró—. Que parecía que me había comido un limón entero. Pero tú sabes que no es así.

—¿Y cómo es, entonces? —preguntó él, con la voz ronca.

Ella sonrió, pero no con los labios. Con los ojos. Con el modo en que le apretó un poco más el brazo.

—Como el limón, Emilio: ácido por fuera, pero adentro… adentro es todo miel.

Y entonces, sin más, bajó la mano hasta su cintura, tiró suavemente del cinturón, y dejó que sus dedos se deslizaran entre los botones de su camisa.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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