El sabor del humo y el azúcar

@mateo_cruz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (37) · 192 lecturas · 7 min de lectura

El sol se escurría por las ventanas del loft como miel tibia, derritiéndose en los bordes de los muebles viejos y pintando círculos dorados sobre el piso de madera desgastada. Lucía tenía las piernas cruzadas sobre el sofá, el pelo recogido en un nudo torcido, una taza de café medio vacía en la mano. Mateo la observaba desde la cocina, donde estaba preparando un mate cocido en la vieja cacerola de aluminio que no había servido desde que su abuela lo dejó en herencia. No era un lugar cualquiera: era *su* lugar, el que compartía con Lucía desde hacía dos años, desde que se conocieron en una feria de libros usados, ella con un ejemplar de *El laberinto de la soledad*, él con una edición agotada de *Cuentos de la selva*, ambos riéndose por lo mismo pero de cosas distintas.

—¿Viste que llovió esta mañana? —preguntó Lucía sin mirarlo, como si el silencio ya hubiera dicho más que las palabras.

—Sí, pero hace rato que se paró —respondió Mateo acercándose, apoyando la cacerola en la mesa baja—. Apenas se secó el asfalto, volvió a brillar como si nadie hubiera pasado.

Ella le sonrió, esa sonrisa que a veces guardaba para sí misma, como un secreto que no estaba listo para ser contado. Mateo se sentó a su lado, no muy cerca, pero tampoco lejos. Sabía que Lucía tenía el cuerpo agigantado por dentro, que cuando la miraba fijo —y no con esa mirada de siempre, la que usaba para buscarle el pelo a los detalles, la que usaba para recordarle que la amaba——, veía algo más. Algo que no era suyo, o sí, o tal vez sí lo era, pero no lo había nombrado nunca.

—Hoy vine por la ruta de la costanera —dijo ella de pronto, tomando un sorbo del mate—. Vi una moto negra estacionada en el puente. Tenía una banderita blanca clavada en el espejo retrovisor. Me recordó a cuando éramos chicos, vos y yo, en la casa de tus tíos en Colonia.

Mateo sintió un cosquilleo en la nuca. Sabía a qué se refería. A los veranos largos, a los días que se alargaban hasta que la luz se volvía amarilla y espesa, como miel que no se termina nunca. A los piquetes de hielo que compartían en la vereda, a los besos rápidos, furtivos, entre risas y la promesa de no decir nada.

—¿Te acordás si la moto era de tu primo?

—No —dijo ella, y esta vez sí lo miró—. Pero me dijeron que era de un chico de Buenos Aires. Que venía a pasar el mes. Que se quedaba en la quinta del final.

Mateo no respondió de inmediato. Se limitó a pasar el dedo por el borde de la taza, sintiendo la textura áspera de la cerámica. Lucía tenía la piel suave, siempre lo había tenido, pero hoy parecía más tersa, como si el sol le hubiera dado un brillo interior. Él la observó mientras se acomodaba el pelo detrás de la oreja, el gesto que hacía siempre antes de decir algo importante. O algo que le costaba decir.

—¿Viste que ya no uso los pendientes de plata? —preguntó.

—Sí —respondió Mateo—. Los guardaste en la cajonera, al lado del reloj de pulsera de tu viejo.

—Sí —repitió ella—. Pero ayer los saqué. Me los puse para salir a caminar. Me sentí rara. Como si me hubiera olvidado de algo.

—¿Y?

—Y nada. Sólo que… a veces pienso que no conocí todo lo que tenía que conocer.

Mateo no se movió. No dijo nada. Simplemente esperó, como lo hacía siempre cuando Lucía necesitaba deshacerse de algo que no le cabía más. Ella suspiró, bajó la cabeza, y por un momento, el silencio fue más fuerte que cualquier palabra. Luego, con la voz un poco más baja, casi un murmullo:

—Me gustó la moto.

—¿La moto?

—Sí. El silencio que hacía cuando se paró. El humo que soltaba por el escape. El tipo que la montaba —agregó, y ahora sí lo miró directo—. Tenía los ojos claros. Como el café sin azúcar.

Mateo sintió un calor en el pecho, pero no de celos. No de eso. Era otra cosa. Algo que venía desde atrás, desde los tiempos en los que aún no lo nombraban, en los que aún no lo reconocía. Él la conocía bien. Conocía sus miedos, sus rutinas, sus manías. Pero también conocía sus grietas, esas que apenas se abrían cuando el viento soplaba del lado equivocado. Y ahí estaba, con los ojos fijos en él, como si le estuviera ofreciendo una llave.

—¿Querés que vayamos?

—¿A dónde?

—A la quinta. A ver si la moto sigue ahí.

Lucía no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la ventana, se quedó unos segundos con la frente apoyada en el vidrio, como si estuviera buscando algo en el horizonte. Luego se volvió, sonrió de nuevo —esa sonrisa distinta, la que no guardaba— y le dijo:

—Vení.

El camino a la quinta era corto, pero el calor ya empezaba a pesar. El sol del mediodía golpeaba el asfalto y las hojas de los árboles temblaban como si tuvieran miedo de moverse. Mateo iba al volante, Lucía a su lado, las manos entrelazadas sobre el asiento del medio. No hablaban. No hacían falta las palabras. Todo lo que había entre ellos, ahora, era más fuerte que antes.

La quinta estaba al final de la calle, entre dos casas altas con rejas verdes y jardines desordenados. La moto estaba ahí, como ella había dicho. Negra, brillante, con la banderita blanca ondeando suavemente en el viento. Y al lado, un chico con una camiseta blanca manchada de aceite, limpiando el espejo con un pañuelo.

—Hacé un favor —dijo Lucía, bajando la voz—. Pará el auto un poco más adelante. Yo bajo ahí, me acerco a ver si lo conozco, y vos… vos venís después.

—¿Y si no está?

—Entonces me quedo a tomar un café con él.

Mateo sonrió. No sabía si era celos, o curiosidad, o simplemente el deseo de verla así, libre, decidida, sin excusas. Le dio un beso en la mejilla, rápido, sin quitarle los ojos de encima.

—Cuidado —dijo.

—Tranqui —respondió ella, abriendo la puerta—. No soy una piba nueva.

Bajó del auto, caminó hasta la moto con una seguridad que Mateo no le había visto nunca. El chico la miró, dejó el pañuelo en el suelo, se limpió las manos en los pantalones y le sonrió. Lucía le dijo algo que Mateo no alcanzó a escuchar, pero vio cómo el chico se ruborizaba, cómo sus ojos se abrían un poco más, cómo asentía. Entonces, Lucía se volvió hacia él, hacia Mateo, y le hizo un gesto con la mano: *vení*.

Él se acercó, no con prisa, pero tampoco con lentitud. Cuando llegó, el chico le tendió la mano.

—Soy Lucía —dijo ella, presentándolo—. Éste es Mateo. Mi… novio.

—Sí —asintió el chico—. Me dijo que eran de aquí.

—Sí —repitió Lucía—. Y vos, ¿venís de la ciudad?

—De Palermo —respondió él—. Estoy de vacaciones.

—¿Y qué te trajo hasta acá?

El chico se encogió de hombros, sonrió, y por un momento, Mateo lo sintió como un espejo. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Por la forma en que miraba a Lucía, con esa mezcla de respeto y curiosidad, como si supiera que algo importante estaba por suceder.

—Me trajo el silencio —dijo él—. Y el humo. Y el azúcar.

Lucía se rió, una risa corta, dulce, como un chiste que solamente ellos entendían. Luego, sin mirar a Mateo, le tomó la mano.

—¿Te gustaría ir a tomar un café? —le preguntó al chico—. Hay uno al final de la calle. Tiene mesas afuera, y el dueño hace un flan que es un milagro.

—Sí —respondió él—. Me encantaría.

Y así, los tres se pusieron en marcha, bajo el sol que ya empezaba a bajar, con el viento suave del atardecer acariciándoles los brazos. Mateo caminaba entre ellos, la mano de Lucía en la suya, y la del chico al otro lado, como si siempre hubiera sido así.

No sabía qué iba a pasar. No tenía certezas. Pero sabía que Lucía estaba feliz. Y eso, en ese momento, era lo único que importaba.

La luz del sol se colaba por las ventanas del café, pintando líneas doradas en la mesa de madera. Mateo miraba cómo Lucía y el chico

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