El sabor del fuego en la piel
6 minEl sabor del fuego en la piel
La habitación olía a incienso indio y sudor. Lucrecia lo había prendido antes de entrar, un palito delgado que arrojaba humo azulado y denso, cargado de cardamomo y canela. El aire se volvía espeso, casi sólido, y cada respiración era una inmersión. Estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda straight, los hombros relajados, el pecho alzado con cada inhalación. Llevaba una túnica transparente de seda negra, ajustada hasta la cintura, de donde colgaba una falda corta con flecos que se mecían con el movimiento de sus muslos. Sus pechos, redondos y firmes, se veían casi enteros bajo la tela fina, los pezones oscuros y hinchados como frutos maduros al sol.
Aldo entró sin hacer ruido. Dieciocho centímetros más alto que ella, piel café oscuro, casi chocolate, con una textura áspera de sol y trabajo manual. Su cuerpo era una escultura viva: bíceps marcados, pecho ancho, vientre plano que descendía hasta el vello rizado que cubría su entrepierna. Llevaba un pantalón de lino suelto, pero ya se le marcaba el bulto bajo la tela, una protuberancia firme y pesada que prometía estirar el tejido en cuanto quitara la ropa.
—Te esperaba hace rato —dijo Lucrecia, sin mirarlo directamente. Su voz era grave, con un tono de voz que no pedía permiso, apenas informaba.
Aldo no respondió con palabras. Se detuvo a tres pasos, las manos en los bolsillos, los ojos recorriendo su cuerpo como si leyera un mapa de piel y deseo. Su mirada bajó lentamente desde sus pechos hasta la línea de sus muslos, luego subió de nuevo, deteniéndose en sus ojos. Lucrecia sonrió, pequeña, casi invisible, pero suficiente para que Aldo sintiera el primer calorcillo en la entrepierna.
—¿Y bien? —preguntó ella, levantándose con lentitud. La seda se deslizó por su piel como agua, dejando al descubierto su cuerpo entero: caderas anchas, vientre plano, pechos grandes y firmes con areolas grandes y oscuras, pezones ya endurecidos. Sus piernas eran largas, musculosas, con los tobillos finos y las uñas pintadas de rojo oscuro.
Aldo sacó las manos de los bolsillos. Se quitó la camiseta, dejando al descubierto su torso, con manchas oscuras de vello que descendían en una línea recta hacia el ombligo. Luego, sin prisas, desabrochó el cierre del pantalón y bajó la tela, revelando su pene. No estaba duro, pero tampoco flácido: un órgano pesado, grueso, de color marrón rojizo, con la cabeza ligeramente hinchada y cubierta por un prepucio que se retraía apenas cuando se movía.
Lucrecia no parpadeó. Caminó hacia él, pasos cortos, seguros. Se detuvo frente a él, tan cerca que sus pechos casi tocaban su pecho. Con una mano, acarició su vientre, luego subió lentamente, rozando los pezones de Aldo con la yema de los dedos, hasta llegar a su cuello. Con la otra, tomó su pene a través de la tela del calzoncillo.
—Está caliente —murmuró.
—Lo estás haciendo estarlo —respondió Aldo, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Lucrecia soltó una risa baja, vibrante. Tiró del calzoncillo de Aldo con un movimiento firme. Su pene saltó hacia adelante, pesado y húmedo, con una gota clara que ya asomaba en la cabeza. Lucrecia lo miró sin vergüenza, como si lo estuviera evaluando, midiendo, inspeccionando. Luego, lentamente, bajó de rodillas.
No fue un gesto de sumisión. Fue un acto de dominio. Sus rodillas tocaron el suelo de madera con un golpe seco. Sus manos quedaron sobre sus muslos, los dedos clavados en la carne dura. Con la lengua, rozó el prepucio de Aldo, una caricia húmeda y cálida. Luego, con la mano izquierda, empujó suavemente el prepucio hacia atrás, revelando la cabeza completamente: lisa, brillante, sensible. Aldo exhaló un suspiro largo, con los dedos apretados en los brazos de Lucrecia.
Ella no lo tomó de golpe. Lo besó. Primero la cabeza, con los labios suaves, luego el glande con la lengua, lamiéndolo de abajo hacia arriba, en un movimiento lento y deliberado. Aldo cerró los ojos. Sintió el calor de su boca, el roce de sus pestañas contra su piel, el sabor de su propia piel, salado y dulce.
—Mírame —dijo Lucrecia, sin soltarlo.
Aldo abrió los ojos. Ella lo miraba fijamente, con los ojos medio cerrados, los labios entreabiertos. Con la mano derecha, tomó su pene con firmeza, la palma contra su vientre, los dedos envolviendo el tronco grueso. Lo apretó una vez, despacio, y Aldo sintió un hormigueo que le subió por la columna y le quemó en el coxis.
Lucrecia lo llevó a su boca. La cabeza entró primero, con un movimiento firme pero sin forzar. Aldo sintió la presión cálida de su garganta, el leve estremecimiento de su cuello. Ella lo tomó todo, hasta la raíz, y lo sostuvo ahí un segundo, con los ojos fijos en los de Aldo. Luego lo retiró con lentitud, dejando que los labios se separaran con un sonido húmedo.
—Tú también —dijo Lucrecia.
Aldo se puso de pie y la levantó con facilidad, como si fuera un pañuelo ligero. Ella soltó un pequeño grito, una risa ahogada. Él la llevó hasta la cama y la dejó sentada en el centro, con las piernas abiertas, la túnica aún puesta. Con las dos manos, Aldo tiró de la tela hasta que se deslizó por su cuerpo y cayó al suelo. Lucrecia quedó desnuda, sentada, con las manos apoyadas detrás de ella, los codos flexionados, los pechos alzados, los pezones oscuros y duros.
Aldo se arrodilló entre sus piernas. Las miró. La vulva de Lucrecia era amplia, labios mayores oscuros, hinchados, que se abrían como pétalos negros alrededor de una abertura húmeda. El clítoris, pequeño pero elevado, sobresalía con una forma redondeada y brillante, como una perla bajo la luz tenue del incienso.
—¿Estás mojada? —preguntó Aldo, con la voz más grave.
—Mira —dijo ella, y separó los labios con los dedos, revelando su entrada, ya brillante de humedad.
Aldo no dudó. Inclinó su cabeza y lamió. Una lenguada larga, de abajo hacia arriba, pasando por el clítoris, rozándolo con la punta de la lengua, luego bajando hacia la entrada, metiéndose un poco, solo un centímetro, lo justo para sentir el calor de su interior. Lucrecia soltó un gemido, agudo, corto, como un latigazo.
—Sí —dijo—. Ahora sí, sí.
Aldo volvió a lamer. Esta vez, con más fuerza. Metió la lengua dentro, profundamente, como si la estuviera chupando, mientras con los dedos separaba los labios y presionaba el clítoris, moviéndolo suavemente con el pulgar. Lucrecia arqueó la espalda, los pechos saltando con el movimiento. Sus manos se cerraron en los muslos de Aldo, apretando con fuerza, como si intentara clavar sus uñas en la carne.
—Más —suplicó—. Dime cuando vayas a meterme los dedos.
Aldo la obedeció. Introdujo dos dedos, juntos, en su vagina. La piel estaba caliente, húmeda, apretada. Lucrecia jadeó, con la boca entreabierta, los ojos cerrados. Aldo movió los dedos con lentitud, primero entrando y saliendo, luego curvándolos hacia arriba, buscando el punto blando que ella le había dicho que le gustaba. Lucrecia gemía más fuerte, con los muslos temblando.
—Ahora —dijo ella—. Quiero tu pene. Quiero sentirte adentro.
Aldo se levantó. Tomó su pene, que estaba completamente erguido, grueso, brillante de presemen, con la cabeza roja y sensible. Lucrecia lo miró, con los ojos vidriosos, la respiración agitada. Con una mano, lo guió hacia su entrada.
—Abre —dijo ella.
Ella separó los labios con los dedos y Aldo empujó. La punta entró, lenta, rozando el clítoris, presionando contra el fondo de su vagina. Lucrecia soltó un grito largo, con los ojos cerrados, los dientes apretados. Él siguió empujando, cada centímetro era un fuego nuevo, cada pulgada un sudor que le corría por las sienes.
Cuando su vientre tocó el su
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.