El sabor del café y tu lengua
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Apenas cerré la puerta del apartamento, aún con el abrigo puesto, ella me agarró por la cintura desde atrás y me jaloneó contra su cuerpo. Sentí el calor de su pecho a través de la lana, el ritmo acelerado de su respiración en mi nuca. Me giré despacio, con una sonrisa que apenas contenía, y le pasé los dedos por el cuello hasta enredarlos en su cabello. Su piel olía a café recién hecho y a mi jabón de lavanda —una mezcla que se había convertido en nuestro perfume particular.
—Me tardaste veintidós minutos —dijo, y su voz temblaba, no de impaciencia, sino de ganas.
No respondí. En su lugar, bajé una mano hasta su entrepierna y apreté con suavidad. Sentí el bulto duro bajo el pantalón, el latido de su deseo. Ella suspiró, cerró los ojos y se inclinó hacia adelante, presionando su pubis contra mi palma.
—Dime qué quieres —le susurré al oído, mientras con la otra mano le desabotonaba la camisa con lentitud deliberada.
—Tus manos. Tu boca. Que me toques hasta que me olvide de mi nombre —respondió, abriendo los ojos con una mirada que no pedía permiso, sino que lo exigía como un derecho.
La camisa cayó al suelo. Me incliné para besarle el ombligo, luego deslicé los dedos por los costados de su cuerpo hasta deslizarle los pantalones y la ropa interior por las caderas. Su cuerpo quedó expuesto: piel morena y ligeramente sudorosa, pechos firmes con pezones hinchados y oscuros, y entre sus piernas, el vello rubio y húmedo que ya olía a mí.
Me arrodillé frente a ella. No esperé más. Abrió las piernas al instante, sin vacilación, y yo ya le tenía separados los labios con los pulgares. La entrada brillaba, húmeda y tensa, entrepliegues rojizos que se contraían al ritmo de su respiración. Bajé la cara y le pasé la lengua por encima, de abajo hacia arriba, lamiendo su clítoris ya erecto, pequeño y apretado como una perla.
Ella soltó un grito ahogado, agarró mi cabello con fuerza, no dolorosa, sino como quien se aferra a un salvavidas.
—Sí… sí, así… —murmuró, balanceando las caderas contra mi boca.
Le metí un dedo, luego otro, curvándolos hacia adentro, buscando su punto sensible. Se estremeció, arqueó la espalda, y sus dedos me apretaron el pelo con más fuerza. La lengua no dejaba de moverse, chupando su clítoris, rozando el borde de su entrada mientras sus músculos internos se tensaban y soltaban, impotentes ante el ritmo que yo imponía.
—Quiero verte venir —le dije, sacando los dedos con un sonido húmedo y arrastrado.
Me puse de pie, la tomé de la cintura y la senté sobre el sofá, de espaldas, con las piernas separadas. Me deslicé sobre ella, acariciándole los pechos con la boca, mordisqueándole los pezones hasta que jadeó con un sonido gutural. Luego, con una mano le separé los labios de su vagina y con la otra me pasé la punta de mi pene por su humedad, recogiéndome en el glande el líquido que ya producía.
—Ahora —le pedí, y ella me tomó las caderas con fuerza, jalándome hacia ella.
Entré poco a poco. Primero el prepucio, luego el glande, rozando su clítoris aún sensible. Sentí cómo su cuerpo se abría, cómo sus músculos me acogían con una fuerza cálida y húmeda. Me hundí hasta la base. Ella soltó un grito, no de dolor, sino de satisfacción pura, como si hubiera estado esperando ese momento toda la semana.
Empecé a moverme. Golpeaba su vagina con cada empuje, sentía sus paredes contraerse, apretándome como un puño. Le agarré los muslos y le elevé las caderas un poco más, cambiando el ángulo, buscando su punto más profundo. Ella me abrazó, me besó el cuello, me mordió el hombro cuando sentí que sus piernas empezaban a temblar.
—Voy a venir —dijo, voz rota, sudorosa.
—Yo también —respondí, y le metí los dedos en la boca para que los mordiera y no gritara demasiado.
Ella se corrió con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Sus músculos internos se contrajeron una y otra vez, chupando mi pene, y yo la seguí empujando hasta que sentí el calorcío que me invadía, hasta que expulsé todo dentro de ella, con fuerza, con ganas, con la certeza de que no había nada más que el momento.
Cuando todo terminó, seguimos abrazados, sudorosos, con el corazón latiendo al unísono. Ella me acarició la cara con una sonrisa tonta y me besó en la frente.
—Mañana volvemos a hacerlo —dijo, y yo asentí, sabiendo que era cierto.
¿Qué tanto te calentó?
Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.