El sabor del café y la sal

El sabor del café y la sal

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas de madera, dibujando rayas doradas sobre el piso de parqué desgastado del departamento de la avenida Corrientes. Adriana, con las piernas cruzadas en el sofá de terciopelo verde, miraba cómo Lucas se movía con lentitud frente a la cocina de vitrocerámica. No hacía falta prisa: el reloj marcaba las 20:47, y tenían toda la noche por delante.

—¿Querés otro café, na? —preguntó él, sin voltear, con la tetera en la mano, el humo subiéndole en espiral hacia el techo.

—Sí, na —respondió Adriana, y se levantó sin apuro, acercándose hasta donde él estaba. Se detuvo detrás suyo, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su espalda a través de la franela blanca, lo suficientemente cerca como para oler su colonia antigua, esa de vainilla y tabaco frío.

Lucas dejó la tetera y giró ligeramente, sin apresurarse. Sus ojos, oscuros y quietos, se encontraron con los de ella. No dijeron nada. Sólo se miraron, mientras el silencio se volvía denso, palpable, como si algo pesado y dulce se deslizara entre ellos.

—Tenés un poco de crema en la comisura del labio —murmuró él.

Ella sonrió, lenta, y se pasó la punta de la lengua por ahí, sin romper el contacto visual. Él no apartó la mirada. En cambio, acercó su mano, muy despacio, y le rozó el mentón con el pulgar, limpiando el resto de crema con un gesto tan íntimo que ella sintió un temblor en el estómago.

—Vení —dijo ella, y lo tomó de la muñeca, llevándolo hacia el sofá.

Se sentaron juntos, pero no juntos: con un espacio entre ellos, como si cada uno guardara un pedazo de aire para sí, hasta que él, sin prisa, volvió a tocarla. Esta vez, sus dedos le acariciaron el antebrazo, subiendo despacio, como si temiera que el contacto se disipe si lo hacía de golpe. Y cuando sus yemas llegaron al codo, ella inclinó la cabeza, dejó que su cabello le cayera sobre un lado y cerró los ojos.

—Decime qué querés —le pidió él, voz baja, casi un susurro, pero en ese tono que en Buenos Aires se llama "voz de cama", esa que se usa cuando ya se sabe lo que pasa cuando se usa.

—Quiero que me mires como cuando nos conocimos —dijo ella, abriendo los ojos—. No como ahora, que me mirás con cuidado. Con ganas. Con esa ganada de perra que tenés cuando me querés meter la lengua en la concha y no te alcanza el aire.

Lucas tragó saliva. Le gustaba cómo hablaba ella. No con crudeza vacía, sino con la naturalidad de quien sabe que el cuerpo no tiene vergüenza, que el deseo se llama por su nombre y no se esconde.

—Vas a tener que enseñarme cómo se hace —dijo él, y por primera vez, su mano subió más arriba, rozó la base del cuello, bajó un poco hasta el hueco de la clavícula—. Decime dónde te toco que te gusta.

Ella no respondió con palabras. En cambio, tomó su mano y la llevó hasta su muslo, bajo la falda corta, y la apretó contra su piel desnuda.

—Acaparáme —dijo ella—. Acaparáme hasta que no puedas más.

Y cuando él la besó, fue con lentitud, con hambre contenida, pero sin perder el control. Su boca se abrió apenas, y ella sintió el sabor del café y la sal en sus labios, porque Lucas siempre se lavaba los dientes después de tomarlo, y siempre tenían sal en el labio cuando se besaban después del almuerzo.

Fue un primer beso, sí, pero no el primero. Fue un beso de regreso, de reintegración, de quien volvió a casa y encontró la llave en la puerta. Él le desabotonó la blusa, lento, y cuando el primer botón cayó al suelo, ella se inclinó, le desató la correa del pantalón, y le besó el cuello, ahí donde latía más fuerte.

—Garchame, na —susurró—. Pero con cuidado. Que me duela bien.

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