El sabor del café y el sal en la piel
4 minEl sabor del café y el sal en la piel
La primera vez que noté su mirada fue a las 9:47 de la mañana, entre el estruendo de la cafetería del centro y el olor a café recién hecho y pan frances recién sacado del horno. Estaba yo, con mi traje dos tallas más grande del que debería usar —el jefe se negaba a darme aumento y el dinero en la billetera se hacía más delgado que un cero al final del mes—, agarrando una taza de plástico con café negro, sin azúcar, sin piedad. Y ahí, a dos mesas de distancia, estaba él: sentado cerca de la ventana, con los codos apoyados en la madera rayada, los dedos entrelazados, los ojos oscuros como el fondo de un pozo profundo y una sonrisa que no le llegaba del todo, pero que sí me sonreía a mí.
Me llamó la atención porque no me miraba como quien mira una mujer cualquiera. No con deseo bruto, ni con fastidio, ni con la urgencia de quien quiere coger sin saber ni el nombre. Lo hacía con calma, como si ya nos hubiéramos conocido antes, como si en otra vida hubiéramos compartido cigarros y confesiones a las tres de la madrugada, cuando el mundo duerme y el alma se desnuda.
—¿Te importa si me siento aquí? —preguntó, apareciendo detrás de mi silla con una taza de espresso en la mano, la voz baja, con ese matiz de quien sabe lo que dice y no lo dice por casualidad.
Asentí, sin poder hablar. Me sentía tonta. No por él, sino por cómo me temblaban las manos al levantar la taza.
—Soy Raúl —dijo, ya sentado, sin soltar la taza, sin apartar los ojos.
—Mía —respondí, como si eso fuera suficiente. Y lo era.
Entre sorbo y sorbo de café, hablamos de todo y de nada: del calor que se venía encima, de cómo el metro se llenaba como sardinas en lata los lunes, de la canción de Chava Flores que pasaba por los altavoces del lugar y que él conocía al dedillo. Me gustó su forma de mover las manos mientras hablaba, como si estuviera escribiendo en el aire, como si cada palabra fuera un trazo de tinta que se quedaba flotando.
—¿Y por qué vienes a este lugar, Mía? —preguntó de pronto, inclinándose un poco hacia mí—. No pareces de aquí. Tu ropa, tu forma de caminar… No tienes prisa. Aunque sí tienes hambre.
Me sonreí. Me gustaba que notara esas cosas. Me gustaba que no me tratara como un objeto, sino como alguien que merece ser descubierta.
—Tal vez vengo porque aquí, por lo menos, el café no se enfría antes de que lo bebas —dije—. O porque me gusta que me lean.
—Entonces déjame leerte otra vez —dijo, y esta vez su sonrisa sí llegó hasta los ojos—. Pero esta vez, sin prisa.
Me tomó una mano, sin pedir permiso, sin esperar respuesta. Sus dedos eran grandes, con venas que subían como ramas viejas por la muñeca. Me dio la vuelta a la palma y me rozó con el pulgar una línea que no sabía que tenía. Me miró, y yo le devolví la mirada, y en ese instante, el mundo se hizo pequeño, de nuevo.
—¿Tienes planes esta noche? —preguntó.
—No —dije, y no mentí.
—Entonces te voy a llevar a un lugar que conozco. No es un club. No es una fiesta. Es un departamento en la Roma. Tiene una cama vieja, una lámpara de pie que parpadea, y una ventana por donde entra el viento y el sonido de la ciudad. Y… —pausa—. Y yo.
No dudé. Me levanté, dejé la taza vacía en la mesa, y le dejé que tomara mi mano. No fue un gesto atrevido, ni una locura. Fue un movimiento natural, como cuando el cuerpo sabe que el alma ya lo decidió.
Subimos en el elevador en silencio. Él no me tocó más que la mano. Pero en cada piso que marcaba, sentía cómo se aceleraba el pulso en mi cuello, cómo se ponía más húmeda la piel entre las piernas, cómo se me erizaba la nuca con el olor a jabón de su cuello.
Cuando la puerta se abrió, el aire estaba cálido, cargado de algo que no era solo el calor de junio. Había luz tenue, un sofá desordenado, una botella de tequila en la mesa baja y, sobre todo, silencio. El tipo de silencio que se siente cuando ya no hace falta hablar.
—¿Te sientes bien? —me preguntó, con esa voz de nuevo.
—Sí —dije—. Pero si no te gusta que te diga las cosas de forma sencilla, mejor no continuamos.
Se rió, suave, sin burla. Me tomó la cara entre sus manos y me besó.
Fue un beso lento, profundo, con sabor a café negro y a sal, como si hubiera llorado antes, o como si estuviera llorando por dentro, por algo que no nombramos.
Y cuando se separó, me susurró:
—Voy a cogerme tu tiempo. Pero solo si tú me lo das.
No respondí con palabras. Solo le tomé la mano, la puse sobre mi cintura, y le tiré de mí.
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